Viernes, 10 de diciembre de 2010

En una profunda caverna, cerca del cr?ter de un volc?n, viv?a el Gran Brujo, atormentado por sus maldades.

Era corno el jefe de los brujos menores y de los brujitos. Pasaba inventando diabluras m?s o menos graves.

La gente de los valles le terna miedo porque cre?an que era el causante de todas sus enfermedades y de la muerte de sus reba?os de llamas y guanacos y de sus aves de corral.

Muchas veces suced?an desgracias de las que el Brujo era inocente; pero de todas maneras ?l y s?lo ?l sembraba la mala suerte en los campos.

Para tenerlo contento, le dejaban afuera de sus rucas c?ntaros llenos de "mud?i", especie de chicha que al Gran Brujo le encantaba.

Cuando la noche estaba m?s oscura, sol?a bajar de la cumbre montado en una ventolera. Al pasar por lo m?s espeso del bosque encend?a miles de lamparitas rojas con el fuego que tra?a del volc?n, y as? no perder el camino de vuelta.

-Vendr? muy borracho -murmuraba para s?- y las luces me guiar?n hasta mi caverna.

El Brujo no se med?a para tomar. Vaciaba jarro tras jarro de chicha hasta que no se daba cuenta ni por d?nde andaba. Era la ?nica manera de olvidar todas las maldades que hac?a y la rabia que se le retorc?a como culebra en el coraz?n. Esta rabia no ten?a explicaci?n; tal vez fuera la semilla de su propia brujer?a.

El mud?i lo hac?a volar dulcemente en torno a las rucas y cantaba unas canciones muy tontas y desafinadas:

Soy un gorgorito
que se lleva el viento
y tengo cosquillas
de puro contento.

Hasta los ni?os, envueltos en sus mantas, despertaban y se re?an del Brujo. Sab?an que estando borracho no hac?a da?o a nadie. Y las risas infantiles ca?an como agua pura en el alma negra del Brujo; sent?a una alegr?a rara al escucharlas, una especie de felicidad que le recordaba bosques v?rgenes, frutos maravillosos, el nacimiento de las vertientes, que conoci? cuando ?l era un reci?n nacido y no hab?a hecho ninguna maldad todav?a.

Entonces se preguntaba

-?Por qu? tuve que ser malo? Ay, mi madre fue una serpiente y mi padre un diablo, ?qu? otra cosa pod?a ser yo sino un malvado brujo?

Y luego a?ad?a con sonrisa lagrimosa:

-Pero nac? bueno... Lo recuerdo.

Y como los borrachos pasan de la risa al llanto sin motivo, el Brujo se pon?a a llorar sin consuelo y regresaba con lentos bamboleos a su casa.

Y en el camino de vuelta, olvid?base de apagar las lamparitas que dejara colgando de los ramajes igual que campanillas. As?, durante casi todo el a?o, la selva luc?a hermosas luminarias, hasta que llegaba el invierno con sus lluvias interminables. Una a una las luces se iban apagando y el Brujo, al no tener gu?a, se pon?a a dormir todas sus borracheras en el coraz?n caliente del volc?n.

Los hombres y los animales descansaban de males y terrores.

De este modo pasaron muchos soles y lluvias y el Brujo, con su mala voluntad, se puso m?s y m?s perverso. Tambi?n se puso m?s tonto; y un tonto malo y poderoso es el peor azote que pueden tener los hombres y los seres de la naturaleza.

Y sucedi? que un a?o llovi? m?s de la cuenta y el verano se atras?. El Brujo tuvo que esperar para encender sus l?mparas y como le hac?a falta su bebida favorita, se puso de un genio espantoso. Aullaba en la cima de la monta?a, arrojando piedras y cenizas. Su amigo, el gigante Cheruve, hacia otro tanto, lanzando lava y agua hirviendo a los valles, y robando ni?as peque?as para com?rselas.

Cuando por fin lleg? el buen tiempo, hubo m?s lamparitas que otras veces en el bosque.

Y el Brujo, al no encontrar toda la bebida que necesitaba para apagar su tremenda sed, se veng? de los campesinos enterrando sus dedos negros en las siembras de papas.

-?Qu? peste m?s terrible!- se quejaban las mujeres al recoger las cosechas y encontrar las papas podridas-. ?Qu? comeremos este a?o?

Y pensaban en sus ni?os que pasar?an hambre.

Se reunieron los jefes y due?os de las tierras para decidir qu? hacer con el malvado Brujo.

El m?s joven dijo:

-Dej?mosle el mud?i junto a los matorrales; nosotros estaremos escondidos ah? y cuando est? borracho, le damos la paliza. A ver si as? no regresa.

Algunos dijeron que s? y otros que era muy peligroso apalear al Brujo, porque pod?a convertirlos en ranas o en peces.

-?Y hasta en piedras! - grit? otro m?s miedoso.

El de mediana edad aconsej?:

-Le pondremos algo amargo como el natre en la chicha, una yerba que le d? dolor de est?mago y le quite para siempre las ganas de tomarla.

Pero tambi?n hubo razones en contra: al no hallar la bebida de su gusto, podr?a vengarse de manera terrible, robando los animales o mat?ndolos.

Entonces habl? el m?s anciano:

-Creo que tendremos que juntarnos todas las criaturas de la Tierra para ganarle al gran Brujo del demonio. Quiero decir que tenemos que reunirnos con nuestros animales protectores del aire, de la tierra y del agua. Y tambi?n ser? necesario invocar a los buenos esp?ritus de las selvas. Entre todos, tal vez podamos echarlo para siempre de nuestros valles.

Esta vez los jefes, los campesinos y los j?venes estuvieron de acuerdo.

-La violencia nunca es una soluci?n -concluy? el anciano-, un golpe acarrea tarde o temprano otro golpe; pero actuar unidos y con astucia traer? un buen final.

Cada familia se preocup? de hablar con su animal protector.

Y unos acudieron a las colinas para conversar con el Guanaco y otros a las selvas para hablar con el Puma. Los de la orilla del mar conferenciaron con los Delfines y los de la monta?a, con el Aguila Blanca.

Los que habitaban cerca de las selvas se internaron para comunicarse con los esp?ritus de los ?rboles, cuyos pensamientos son profundos como ra?ces y amplios como sombras.

El esp?ritu del Canelo aconsej? lo m?s sabio:

-El Brujo de la monta?a necesita sus l?mparas para no perderse en la espesura de la selva; si se las quitamos, no podr? atravesar los bosques y no sabr? encontrar los senderos hacia los valles. S?lo as? nos dejar? en paz.

Los hombres y los animales consideraron que el Canelo hab?a dado la soluci?n mejor y m?s sencilla. Y adem?s, no encerraba ninguna violencia.

En seguida se pusieron a planear lo que cada uno tendr?a que hacer para arrebatar al Brujo sus lamparitas.

Los campesinos juntar?an cientos de jarros de chicha para emborracharlo por largo tiempo. Despu?s de mucho beber, el Brujo regresar?a a trav?s del bosque tan mareado y cegat?n, que ser?a muy f?cil confundirlo y cada hombre, cada ni?o y animal esconder?a una de las brillantes luces, dejando al malvado a oscuras para siempre.

Ese mismo d?a las mujeres y las ni?as se pusieron a fabricar grandes cantidades de la bebida favorita del Brujo. Jarros y jarros de greda se pusieron a fermentar y el olor del mud?i llenaba el aire y se lo llevaba el viento hasta la monta?a. Porque el viento tambi?n quiso participar en la guerra contra el que hac?a tanto da?o.

En torno a cada ruca se alinearon los c?ntaros llenos hasta los bordes. All?, en su gruta, el Brujo, a?n dormido, empez? a oler el agrio perfume con que el viento le hac?a cosquillas, envolvi?ndolo de la cabeza a los pies.

No tard? en despertar, sediento:

-?Qu? olores suben del valle! ?Aaaah! Esos infelices aprendieron bien la lecci?n que les di, al pudrirles sus cosechas de papas. Llevar? un buen fuego para mis l?mparas, porque esta vez s? que la borrachera ser? grande.

Pidi? a su amigo, el Cheruve, que le prestara una de sus teas y a cambio ?l le traer?a una indiecita para la comida. ? Qu? m?s se quer?a el gigante?

Baj? entonces el Brujo agitando su fuego como bandera, de modo que los que estaban esper?ndolo se pusieron alerta.

Encendi? l?mparas iluminando cada sendero del bosque para tener seguras las huellas a su regreso. Y luego se dirigi? hacia los cientos de c?ntaros que rodeaban las rucas.

-Nunca he probado un mud?i tan delicioso como ?ste exclam? el Brujo, tragando sin parar-. La pr?xima vez apestar? todos los manzanos, porque veo que da buen resultado el maltrato.

Ni por un instante se le pas? por la cabeza que tanto jarro lleno pudiera ser trampa.

Poco antes del amanecer, cuando la noche es m?s oscura y tranquila, porque todos los seres, aun los nocturnos, reposan, el Brujo inici? su regreso, olvidando por cierto la indiecita prometida al Cheruve. A medida que se internaba en el bosque, iban desapareciendo una a una las lamparitas que dejara encendidas.

-Vaya, ?qu? pasa con mis luces? -grit? con una voz que parec?a salirle de las orejas, tan mareado se sent?a.

Unas ligeras risas y murmullos sonaron aqu? y all?.

-?Qui?n se r?e? ?Ya ver?n! -aull? furioso, d?ndose encontrones con las ramas.

Los guanacos escondieron las luces detr?s de sus cabezas, los venados, entre sus astas, los pumas, con sus anchas patas, las ?guilas, con sus alas, los hombres, bajo sus mantas. Y los ni?os hu?an por todas partes, como luci?rnagas risue?as, llevando entre sus manos una radiante lamparita.

Hasta las truchas de los riachuelos jugaron a beberse los reflejos, ilumin?ndose en el agua como fuegos fatuos.

El Brujo suplic? que le devolvieran sus luces, d?ndose cuenta de que si consegu?an arrebat?rselas, estaba perdido. Pero los esp?ritus protectores se negaron, porque no se puede creer en las promesas de un borracho.

Solamente logr? que los pensamientos de los ?rboles guiaran hasta su gruta, donde a pesar de su derrota y de la rabia que le herv?a en la cabeza, cay? al suelo echando humos alcoh?licos por boca y orejas.

Nunca m?s pudo bajar a los valles a hacer da?o a los hombres y a las criaturas humildes. Nunca m?s el Cheruve le prest? una tea de fuego por no haberle llevado una indiecita. Pero aquellas luces que entre todos le quitaron, vuelven a iluminar cada a?o los senderos y son las flores del copihue que cuelgan de los ramajes de la selva como campanitas.


Publicado por V @ 8:34  | Microrrelatos y cuentos
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