Mi?rcoles, 08 de diciembre de 2010

Mario Vargas Llosa pronunci? ayer en Estocolmo su discurso de recepci?n del Premio Nobel de Literatura, el acto m?s importante para el autor dentro de la Semana del Nobel y junto a la entrega del galard?n de manos de Carlos Gustavo de Suecia el pr?ximo viernes.

En su discurso, titulado "Elogio de la lectura y la ficci?n", el escritor rindi? homenaje a su madre, a su esposa y a sus maestros y habl? del descubrimiento de la lectura a los cinco a?os, que defini? como "lo m?s importante que me ha pasado en la vida", sus lecturas de poemas con su madre,? y critic? la pol?tica y los fanatismos. Fue un discurso emotivo en el que se emocion? el propio escritor.

Pod?is leer su discurso completo a continuaci?n, o seguirlo en v?deo desde youtube, dividido en cuatro partes:
Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
Cuarta y ?ltima parte

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Aprend? a leer a los cinco a?os, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa m?s importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta a?os despu?s recuerdo con nitidez c?mo esa magia, traducir las palabras de los libros en im?genes, enriqueci? mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permiti?ndome viajar con el capit?n Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d?Artagnan, Athos, Portos y Aram?s contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entra?as de Par?s, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convert?a el sue?o en vida y la vida en sue?o y pon?a al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me cont? que las primeras cosas que escrib? fueron continuaciones de las historias que le?a pues me apenaba que se terminaran o quer?a enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crec?a, maduraba y envejec?a, las historias que llenaron mi infancia de exaltaci?n y de aventuras.

Me gustar?a que mi madre estuviera aqu?, ella que sol?a emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y tambi?n el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el t?o Lucho que tanto me anim? a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes as?, que me quer?an y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, tambi?n, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasi?n, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espect?culo pasajero.

No era f?cil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e im?genes desfallec?an. ?C?mo reanimarlos? Por fortuna, all? estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me ense?? que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma ?la escritura y la estructura? lo que engrandece o empobrece los temas.

Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el n?mero y la ambici?n son tan importantes en una novela como la destreza estil?stica y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el hero?smo y la ?pica cab?an en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Il?ada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumir?an en la oscuridad. Son innumerables. Adem?s de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus haza?as y horrorizarme con sus desvar?os. Fueron los amigos m?s serviciales, los animadores de mi vocaci?n, en cuyos libros descubr? que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera s?lo porque sin la vida no podr?amos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunt? si en pa?ses como el m?o, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocaci?n y segu? siempre escribiendo, incluso en aquellos per?odos en que los trabajos alimenticios absorb?an casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que form?, a los deseos y anhelos que inspir?, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantas?a, la civilizaci?n es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus f?bulas. Ser?amos peores de lo que somos sin los buenos libros que le?mos, m?s conformistas, menos inquietos e insumisos y el esp?ritu cr?tico, motor del progreso, ni siquiera existir?a. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida.

Quien busca en la ficci?n lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condici?n humana, y que deber?a ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisi?ramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones ser?amos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideolog?a o una religi?n. Quienes dudan de que la literatura, adem?s de sumirnos en el sue?o de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresi?n, preg?ntense por qu? todos los reg?menes empe?ados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginaci?n discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacci?n, mostrando que el mundo est? mal hecho, que la vida de la fantas?a es m?s rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobaci?n, si echa ra?ces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos m?s dif?ciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven m?s seguros y mejor.

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haci?ndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capit?n Ahab en el mar, se encoge el coraz?n de los lectores id?nticamente en Tokio, Lima o Tombuct?. Cuando Emma Bovary se traga el ars?nico, Anna Karenina se arroja al tren y Juli?n Sorel sube al pat?bulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulper?a de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un mat?n, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro P?ramo, est?n muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Al? o es un agn?stico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideolog?as, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las ?pocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fan?ticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el para?so, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables v?ctimas son inmoladas cada d?a en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Cre?amos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondr?an y el mundo dejar?a atr?s los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicaci?n de armas de destrucci?n masiva, no se puede excluir que cualquier grup?sculo de enloquecidos redentores provoque un d?a un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus cr?menes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga haza?a de la civilizaci?n. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo pol?tico, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la cr?tica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acerc?ndonos ?aunque nunca llegaremos a alcanzarla? a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que s?lo invent?ndola, escribi?ndola y ley?ndola podemos merecer. Enfrent?ndonos a los fan?ticos homicidas defendemos nuestro derecho a so?ar y a hacer nuestros sue?os realidad.

En mi juventud, como muchos escritores de mi generaci?n, fui marxista y cre? que el socialismo ser?a el remedio para la explotaci?n y las injusticias sociales que arreciaban en mi pa?s, Am?rica Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepci?n del estatismo y el colectivismo y mi tr?nsito hacia el dem?crata y el liberal que soy ?que trato de ser? fue largo, dif?cil, y se llev? a cabo despacio y a ra?z de episodios como la conversi?n de la Revoluci?n Cubana, que me hab?a entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Uni?n Sovi?tica, el testimonio de los disidentes que consegu?a escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasi?n de Checoeslovaquia por los pa?ses del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-Fran?ois Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorizaci?n de la cultura democr?tica y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallard?a cuando la intelligentsia de Occidente parec?a, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo sovi?tico, o, peor todav?a, al aquelarre sanguinario de la revoluci?n cultural china.

De ni?o so?aba con llegar alg?n d?a a Par?s porque, deslumbrado con la literatura francesa, cre?a que vivir all? y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudar?a a convertirme en un verdadero escritor, que si no sal?a del Per? s?lo ser?a un seudo escritor de d?as domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, ense?anzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocaci?n como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viv? all? cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los a?os de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Od?on de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bell?simas piezas literarias, de Andr? Malraux, y, tal vez, el espect?culo m?s teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos ol?mpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que m?s le agradezco a Francia sea el descubrimiento de Am?rica Latina. All? aprend? que el Per? era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geograf?a, la problem?tica social y pol?tica, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escrib?a. Y que en esos mismos a?os produc?a una literatura novedosa y pujante. All? le? a Borges, a Octavio Paz, Cort?zar, Garc?a M?rquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua espa?ola y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubr?an que Am?rica Latina no era s?lo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachach?, sino tambi?n ideas, formas art?sticas y fantas?as literarias que trascend?an lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta ?poca, no sin tropiezos y resbalones, Am?rica Latina ha ido progresando, aunque, como dec?a el verso de C?sar Vallejo, todav?a Hay, hermanos, much?simo que hacer. Padecemos menos dictaduras que anta?o, s?lo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia est? funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Per?, Colombia, Rep?blica Dominicana, M?xico y casi todo Centroam?rica, respetan la legalidad, la libertad de cr?tica, las elecciones y la renovaci?n en el poder. ?se es el buen camino y, si persevera en ?l, combate la insidiosa corrupci?n y sigue integr?ndose al mundo, Am?rica Latina dejar? por fin de ser el continente del futuro y pasar? a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en Par?s, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berl?n, en Washington, Nueva York, Brasil o la Rep?blica Dominicana, me sent? en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde pod?a vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin propon?rmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman ?las ra?ces?, mis v?nculos con mi propio pa?s ?lo que tampoco tendr?a mucha importancia?, porque, si as? fuera, las experiencias peruanas no seguir?an aliment?ndome como escritor y no asomar?an siempre en mis historias, aun cuando ?stas parezcan ocurrir muy lejos del Per?. Creo que vivir tanto tiempo fuera del pa?s donde nac? ha fortalecido m?s bien aquellos v?nculos, a?adi?ndoles una perspectiva m?s l?cida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al pa?s en que uno naci? no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espont?neo del coraz?n, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre s?.

Al Per? yo lo llevo en las entra?as porque en ?l nac?, crec?, me form?, y viv? aquellas experiencias de ni?ez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocaci?n, y porque all? am?, odi?, goc?, sufr? y so??. Lo que en ?l ocurre me afecta m?s, me conmueve y exaspera m?s que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es as?. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadan?a cuando, durante la ?ltima dictadura, ped? a los gobiernos democr?ticos del mundo que penalizaran al r?gimen con sanciones diplom?ticas y econ?micas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier ?ndole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganist?n, la de los imanes de Ir?n, la del apartheid de Africa del Sur, la de los s?trapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volver?a a hacer ma?ana si ?el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan? el Per? fuera v?ctima una vez m?s de un golpe de estado que aniquilara nuestra fr?gil democracia. Aquella no fue la acci?n precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos pol?grafos acostumbrados a juzgar a los dem?s desde su propia peque?ez. Fue un acto coherente con mi convicci?n de que una dictadura representa el mal absoluto para un pa?s, una fuente de brutalidad y corrupci?n y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean h?bitos y pr?cticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucci?n democr?tica. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones econ?micas. Es lamentable que los gobiernos democr?ticos, en vez de dar el ejemplo, solidariz?ndose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, tambi?n luchan por la nuestra.

Un compatriota m?o, Jos? Mar?a Arguedas, llam? al Per? el pa?s de ?todas las sangres?. No creo que haya f?rmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A m? me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehisp?nicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chim?, Chan Chan, Kuelap, Sip?n, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los espa?oles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Per? a Grecia, Roma, la tradici?n judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y G?ngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con Espa?a llegara tambi?n el ?frica con su reciedumbre, su m?sica y su efervescente imaginaci?n a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Per?, como el Aleph de Borges, es en peque?o formato el mundo entero. ?Qu? extraordinario privilegio el de un pa?s que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de Am?rica fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y cr?menes fueron, en gran n?mero, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los espa?oles que fueron a Am?rica y all? se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas cr?ticas, para ser justas, deben ser una autocr?tica. Porque, al independizarnos de Espa?a, hace doscientos a?os, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explot?ndolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos pa?ses, diezm?ndolo y extermin?ndolo. Dig?moslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipaci?n de los ind?genas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda Am?rica Latina. No hay una sola excepci?n a este oprobio y verg?enza.

Quiero a Espa?a tanto como al Per? y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por Espa?a jam?s hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andar?a en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso ?triste consuelo? descubrir?a alg?n d?a la posteridad. En Espa?a se publicaron todos mis libros, recib? reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y Espa?a me concedi? una segunda nacionalidad cuando pod?a perder la m?a. Jam?s he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte espa?ol porque siempre he sentido que Espa?a y el Per? son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no s?lo en mi peque?a persona, tambi?n en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los a?os que he vivido en suelo espa?ol, recuerdo con fulgor los cinco que pas? en la querida Barcelona a comienzos de los a?os setenta. La dictadura de Franco estaba todav?a en pie y a?n fusilaba, pero era ya un f?sil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de anta?o. Se abr?an rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad espa?ola absorb?a nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas art?sticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovech? tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivi? una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creaci?n. Se convirti? en la capital cultural de Espa?a, el lugar donde hab?a que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendr?a. Y, en cierto modo, fue tambi?n la capital cultural de Am?rica Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los pa?ses latinoamericanos que all? se instalaron, o iban y ven?an a Barcelona, porque era donde hab?a que estar si uno quer?a ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para m?, aquellos fueron unos a?os inolvidables de compa?erismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes Par?s, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores espa?oles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconoci?ndose due?os de una misma tradici?n y aliados en una empresa com?n y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la Espa?a democr?tica la cultura ser?a la protagonista principal.

Aunque no ocurri? as? exactamente, la transici?n espa?ola de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios pol?ticos aparcan el sectarismo en favor del bien com?n, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo m?gico. La transici?n espa?ola del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes econ?micos y desigualdades tercermundistas a un pa?s de clases medias, su integraci?n a Europa y su adopci?n en pocos a?os de una cultura democr?tica, ha admirado al mundo entero y disparado la modernizaci?n de Espa?a. Ha sido para m? una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojal? que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y tambi?n de Espa?a, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideolog?a ?o, m?s bien, religi?n? provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios ?tnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontol?gico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religi?n, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicer?as de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangr?a actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que Am?rica Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astron?micos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del ?otro?, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sue?os, paisaje familiar de geograf?as, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apod?cticos sobre los h?roes emblem?ticos, sino un pu?ado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los ti?en de melancol?a, la sensaci?n c?lida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.

El Per? es para m? una Arequipa donde nac? pero nunca viv?, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis t?os me ense?aron a conocer a trav?s de sus recuerdos y a?oranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipe?os, se llev? siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban ?el pie ajeno? ?lindo y triste apelativo?, donde descubr? que no eran las cig?e?as las que tra?an los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por m?. Es la esquina de Diego Ferr? y Col?n, en el Miraflores lime?o ?la llam?bamos el Barrio Alegre?, donde cambi? el pantal?n corto por el largo, fum? mi primer cigarrillo, aprend? a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacci?n del diario La Cr?nica donde, a mis diecis?is a?os, vel? mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir m?s, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprend? que el Per? no era el peque?o reducto de clase media en el que yo hab?a vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un pa?s grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las c?lulas clandestinas de Cahuide en las que con un pu?ado de sanmarquinos prepar?bamos la revoluci?n mundial. Y el Per? son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres a?os, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Per? es Patricia, la prima de naricita respingada y car?cter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 a?os y que todav?a soporta las man?as, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino ca?tico y no hubieran nacido ?lvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la econom?a, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me ri?e, me hace el mejor de los elogios: ?Mario, para lo ?nico que t? sirves es para escribir?.

Volvamos a la literatura. El para?so de la infancia no es para m? un mito literario sino una realidad que viv? y goc? en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compa?eros de colegio pod?amos reproducir las historias de Tarz?n y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murci?lagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos a?os, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merec?a aplausos, a m?, el nieto, el sobrino, el hijo sin pap?, porque mi padre hab?a muerto y estaba en el cielo. Era un se?or alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una ma?ana piurana, de la que todav?a no creo haberme recobrado, mi madre me revel? que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo d?a nos ir?amos a vivir con ?l, a Lima. Yo ten?a once a?os y, desde entonces, todo cambi?. Perd? la inocencia y descubr? la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvaci?n fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde pod?a sentirme libre y volv?a a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasi?n prohibida.

La literatura dej? de ser un juego. Se volvi? una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi raz?n de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperaci?n, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que se?ala la salida del t?nel, la tabla de salvaci?n que lleva al n?ufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la par?lisis, de la sequ?a de la imaginaci?n, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los a?os construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacen? de alguna experiencia vivida, que se volvi? un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germin? luego en un proyecto y en la decisi?n de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. ?Escribir es una manera de vivir?, dijo Flaubert. S?, muy cierto, una manera de vivir con ilusi?n y alegr?a y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras d?scolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficci?n en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el v?rtigo al que nos conduce una novela en gestaci?n, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, act?an, piensan, sienten y exigen respeto y consideraci?n, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedr?o sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasi?n, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada d?as, semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficci?n, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espect?culo que me dej? traspasado de emoci?n y me precipit? a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habr?a sido dramaturgo antes que novelista. No lo hab?a y eso debi? orientarme cada vez m?s hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca ces?, dormit? acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentaci?n y una nostalgia, sobre todo cuando ve?a alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una t?a abuela centenaria, la Mama?, que, en los ?ltimos a?os de su vida, cort? con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficci?n, me sugiri? una historia. Y sent?, de manera fat?dica, que aquella era una historia para el teatro, que s?lo sobre un escenario cobrar?a la animaci?n y el esplendor de las ficciones logradas. La escrib? con el temblor excitado del principiante y goc? tanto vi?ndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la hero?na, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso s?, nunca imagin? que, a mis setenta a?os, me subir?a (deber?a decir mejor me arrastrar?a) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantas?a, vivir la ficci?n delante de un p?blico. Nunca podr? agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Oll? y la actriz Aitana S?nchez Gij?n, haberme animado a compartir con ellos esa fant?stica experiencia (pese al p?nico que la acompa??).

La literatura es una representaci?n falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jerogl?fico que suele ser la existencia para la gran mayor?a de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos m?s dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el m?s ac? y el m?s all? del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todav?a del animal, reci?n nacido el lenguaje que les permit?a comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas ?rayos, truenos, gru?idos de las fieras?, a inventar historias y a cont?rselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantas?a del contador, comenz? la civilizaci?n, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizar?a y nos llevar?a a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entra?as de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, f?bulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una m?sica nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un ba?o refrescante, un remanso para esos esp?ritus siempre en el qui?n vive, para los que existir quer?a decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a so?ar en colectividad, a compartir los sue?os, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvi? sue?o, goce, fantas?a y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las inc?gnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueci? cuando naci? la escritura y las historias, adem?s de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficci?n es m?s que un entretenimiento, m?s que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el esp?ritu cr?tico. Es una necesidad imprescindible para que la civilizaci?n siga existiendo, renov?ndose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicaci?n y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y contin?a. Para que no pasemos de servirnos de las m?quinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura ser?a un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de aut?matas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de s? mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sue?os.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucci?n masiva, de la vida tautol?gica de la tribu a la era de la globalizaci?n, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignaci?n. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginaci?n y los deseos, como esa vida de mentiras que a?adimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dar?. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a trav?s de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficci?n, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicer?a que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros esp?ritus la inconformidad y la rebeld?a, que est?n detr?s de todas las haza?as que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra ser? siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir so?ando, leyendo y escribiendo, la m?s eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condici?n perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.


Publicado por V @ 8:54  | Actualidad
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