viernes, 24 de junio de 2011

No sé que pensó él, yo sólo seguí corriendo manteniendo el ritmo, ahora impetuoso, impuesto por los SEIS HERMOSOS TOROS DE LA PRESTIGIOSA GANADERÍA DE Dª…, según constaba en los carteles. Tenía miedo de que él se percatara de mi inexperiencia. No sé cómo ni por qué yo mismo me dije: «Sí que eres nuevo, sí, si en estas te pones a pensar… ¡Corre y calla, y concéntrate!»


 No hago del todo caso de mi advertencia y sigo pensando en la distancia, en la línea recta, en la velocidad constante. Al poco, la manada se torna reflexiva −o quizá fue una sensación mía−, la carrera precipitada se convierte en una armonía de pasos cadenciosos y me da tiempo a leer en mi memoria las crónicas del periódico fechado hace veinticinco años, el mismo día  del mismo mes de cinco lustros antes, doblado con esmero en el cajón  de la mesilla vigía de mi sueño juvenil. Después de hoy, mañana mismo, lo enmarcaré como una reliquia que es: testigo recibido de mi padre en su último adiós a los encierros. Encierro tras encierro la misma resolución: «Éste es el último», aseguraba a mi madre; a continuación, dirigiéndose a mí: «Juan,  antes de que cumplas los treinta tienes que continuar la saga aunque sea por una sola vez, ¿prometido?» «Sí, prometido», le contestaba sin eludir esa responsabilidad  −en parte heredada− íntimamente deseada y guardada en ese cofre en el que cada uno va depositando los sueños o, simplemente, los grandes anhelos pendientes, esperando su momento.


Aquí estoy, al trote por las calles de mi infancia, dichoso de cumplir con mi promesa, feliz de tener tan cerca la imagen de mi padre corriendo con la autoridad de la experiencia rebosante de cordura… Aparecer por primera vez en ese periódico, con sus dobleces, repleto de las mismas correrías.


Corría, corría, y por mi cabeza pasaban caras, colores, risas, gritos, y nombres (Adolfo, Julián, Andrés y Cristina) de los amigos de mi calle, con los que nunca corrí ni delante ni detrás: otra espina clavada… Entonces, yo, acurrucado, al amparo de mi hermano ya decidido a relevar a nuestro progenitor. «El siguiente seré yo», vaticinaba. Soñaba ese momento a mi manera pegado al toro más bonito, con más pitones, de más trapío, conduciéndolo a la plaza hasta  el redondel… y allí despidiéndome de él con un pesar y un hasta luego: «Que tengas suerte, y yo también». Y los sueños me llevaban hasta el mismo ruedo, a las cinco en punto, esperando al negro mulato a puerta gayola…


A continuación otro lance, ya de pie, recto como una vela, sin enmendarme: quieto, ahí, hablándole al toro del encierro de la mañana… «¿Qué tal lo hicimos? ¿Te acuerdas?», preguntaba yo al tiempo que él se dejaba instrumentar unos  naturales de los que atruenan  la plaza con oles rotundos, de aficionado cabal. Y otra vez: «¿Cómo me mirabas esta mañana, eh? Y yo a ti… ¿qué? Si pudieras venir para el próximo año, o para el siguiente… Haríamos como si  no nos conociéramos» Aún sueño, despierto, con lo mismo; repito las escenas; las sensaciones cada vez más intensas, no hay resquicios para la duda: quiero sentir el resoplido cálido, la punta del pitón casi rozando mi mano tendida, guiadora, inmutable, como la de mi padre. «¡Va por ti!», ceremoniosamente, brindaba yo emocionado. «¡Volveré!, para el año que viene, te lo prometo», hablaba con mi padre.


Llegamos al ruedo sin dejar de rememorar: «Ahora pendiente del gentío, que siempre quiere apurar el último cartucho. ¡Atento!, échate a un lado para que los toros enfilen su camino», recomendaciones precisas. Si se heredase la sabiduría adquirida… Si el tesón se transmitiese en su totalidad y no por partes alícuotas para no enfadar a la mitad de la prole mermada en esa facultad, ¡veríamos de lo que sería capaz!; pero no, no sucedió así, no debe ser: «Lo poco o lo mucho debemos repartirlo», me decían en casa. 
A estas alturas me conformo con repetir unos añitos más, ¿cinco o  seis? De acuerdo.


Disfrutaré a tope cada metro corrido a cinco milímetros del pitón derecho. Con el rabillo de mi ojo izquierdo escudriñar en la negrura del bravo, del toro hecho y derecho dispuesto a jugarse la vida; ahondar en su naturaleza fraguada en las noches estrelladas llenas de susurros acompañando el crujir del quejigo, de la retama y de la jara aún sin florecer… ¡Y al alba! Otra vez la luz. Venus, por el Este, con su extraordinario brillo de mayo, resplandeciendo en cada  una de las miles de gotas diminutas que cubren el campo, espejo del cielo: ¡la gloria del toro!, del negro mulato que corre a mi vera. Antes lo hizo con mis mayores.


 No es posible sustraerse a estos empujes que parecen venir de más allá de donde uno viene…


Pero así es; no hay fuerza capaz de detener los ancestros. Seguir los pasos que en su día te guiaron, la mano que te alimentó con abnegación y amor; la mano tendida a la que un día −que parece que fue ayer− te agarraste y te salvó del miedo y de los pavores que nos atormentaron, los mismos que nos atenazan hoy… Mañana, otra vez rondando por mis adentros el eterno recuerdo del negro mulato  pegado a mi vera por las ruas de Sanse. «¡Concentración!», me repito igual que escuché mil veces mil, y alguna más. ¡Qué verdad!, irrefutable. Aunque, ahora, lejos con otro idioma que no sabe de toros en los talones, de almas más asidas al cuerpo que nunca, de sangre como manantial que brota para inyectarte vida, ni de suspiros que se pierden mucho antes  de exhalarlos… En la distancia, espacio y tiempo, necesitas ese jugo que gota a gota te mantiene vivo porque tienes que volver; entonces vas tachando en tu calendario particular, escondido en ese cofre del que te hablé líneas atrás, primero el trescientos sesenta y cuatro y en cuanto  cruzas con ahínco el número cien, respiras hondo, sabes que comienzas a correr; a partir de hoy, todos los días  de diez a quince minutos aumentando el compás de forma paulatina: mañana un poco más fuerte, con algún esprint. ¡Otra vez el hoy y el ayer! Otra vez el tiempo que te devora por dentro, que no te consiente recuperar lo que dejaste por hacer, los sueños que no alcanzaste, las ilusiones pendientes. Y de las alegrías, qué, ¿nos olvidamos? La mirada limpia y profunda del toro aquel que se fijó en ti, y tú en él. Calculas y cuentas: otro día más, otro día menos, faltan treinta y dos; qué fácil, qué complicidad con esa medida imprecisa del tiempo, del ayer, del hoy y del mañana. ¿Quién seguirá nuestros pasos? ¿Quién correrá por mi Sanse?… Tan lejos. El suspiro en ese punto, que me trae de  cabeza: espacio-tiempo. Me levanto y veo el almanaque: en siete días estoy en casa. Aquí, ya, la distancia y el tiempo delante del toro se miden de otra forma, son otra dimensión: miedo y valor, valor y miedo. La línea imperceptible que separa lo uno de lo otro, tan tenue como la quebrada entre la realidad y la ficción.
¿Valor o realidad? ¿Miedo o ficción?

 


La emoción y el júbilo caldean el ambiente. A flor de piel brota la vida abriéndose hueco en cada uno de nuestros incontables poros. La química del cuerpo lo impregna todo, se contagia por doquier, en cada rincón de este pueblo festero.


La fiesta se ve venir, el bullicio se palpa: todos de jarana… El miedo cabalga galopando, para que engañarse. Me preparo desgranando uno a uno los recuerdos. La promesa  pendiente, íntimamente deseada, a punto de cumplir tres días antes de la treintena: justo a tiempo, en orden. En paz con lo poco que nos pertenece: lo lejano que no lo parece, tan presente  que me lleva hasta la emoción recordando: «Con el toro no hay regla infalible», que verdad tenía, en esto y en todo… Y los amigos, Julián, Cristina, Andrés  −falta Adolfo, que en gloría esté−: «¡Venga ya!, que no hay tiempo. Y el chaval, ¿por dónde anda?»


 Ya en la calle, hablo con los de siempre: «Te luce bien el pelo; oye: ¡ya era hora!», y cosas por el estilo. Otros: «… el chaval, ¿se esconde como tú?».  Yo no me escondía, obedecía a mi hermano que a su vez respetaba a mi madre. Pero ellos: «Ya, ya; que sí». Era la verdad. No sentía miedo ni nada parecido. Quería correr delante de aquel negro mulato pero aún no sabía cómo; quería aprender pero nadie me enseñaba: «Todo a su tiempo», disponían. Quería correr de la mano de mi padre: «Agarrado de la mano nunca, ¡jamás!, corras un encierro, ¿enterado?», otra instrucción a retener. Quería ser mayor, como ahora, para ver el encierro desde el balcón de mi casa, la de mis padres… Y soñar con el pitón algo romo pendiente de mi costado izquierdo, y con la manada a la carrera que dura tanto y tan poco como ese muletazo eterno acariciando el ruedo. Delirando con la eternidad que prevalece en nuestra mente, con la letra que imprime los recuerdos perennes.


Luchando contra viento y marea; sobreviviendo en la inmensidad sideral, cada vez un poquito más allá de donde nos encontraremos en el próximo encierro.


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