Todos somos salmones, nunca he tenido la más mínima duda.
He vivido toda mi vida en una bonita ciudad catalana. De niño tuve que marchar con mis padres porque la economía familiar no era muy boyante. Aún así, me llevé en forma de estigmas las indomables cuestas de mi antiguo barrio, los socavones de sus calles, la caza de los vencejos con caña y pluma, los carros de cojinetes que nos hacíamos de niños o, incluso, las macocas que de vez en cuando nos daba el panadero por robarle el pan que iba dejando en las puertas de las vecinas. Qué nostalgia. A veces pienso que moriré de ella.
Cehegín es el nombre de mi pueblo, posiblemente el más hermoso de la Región de Murcia. Hasta los catorce añitos jamás salí de él, aunque pronto me pasaría sesenta más sin poder sacármelo de la cabeza. Una tarde de verano tuve que decirle adiós, prometiendo volver algún día como el salmón que vuelve al río que le vio nacer. No sé si ha llegado el momento, pero sé que cada vez está más cerca. Espero que mi vuelta no sea en una caja de pino, con los pies palante.
He sido muy feliz donde ahora vivo. Es una barriada tranquila, llena de gente trabajadora que no tiene más ilusión en sus vidas que ver telenovelas, tomar carajillos en el bar con los amigos o ganar el campeonato de dominó que se celebra todos los años. Cada vez que alguno de ellos se me chulea, diciendo que es el mejor jugador de dominó de toda la historia, siempre contesto lo mismo: “Cómo se nota que no conoces al Botía; ése sí que ha sido y es la persona que mejor entiende este juego. Un genio de las fichitas”.
Deseo volver a vivir en esas calles empinadas, con ese olor a viejo, con esas vistas increíbles en las que todo cabe. Me gustaría volver a comer los cañamones del Barras, cazar ranas en las balsas, fumar cáñamo en el río, coger caracoles cuando llueve, meterme en las cuevas de la Peña Rubia y comerme un chamorro como los que hacía mi pobre madre. Las cosas buenas, cuestan tan poco...
Una vez oí, o leí, no recuerdo bien, que al lugar donde has sido feliz jamás debieras tratar de volver. Pero es que mi mente nunca salió de este pueblo. Todos y cada uno de los días que he pasado fuera de él, lo he sentido más en mis carnes. Una sensación que con el paso de los años se me ha ido acentuando. Quizás sea una mala pasada que me está jugando la edad, pero no tengo más afán en mi vida que ése: volver.
Ahora mi familia ya no me necesita. Mi prole está emancipada y el destino me hizo quedar viudo hace tres años. Quizás sea ahora el momento para regresar, pero, y si cuando vuelva ya no queda nadie de la gente que yo conocía, o, peor aún, y si los que quedan ya no se acuerdan de mí. Seguro que la Virgen de las Maravillas me reconoce y me dice, sólo con su mirada: “Bienvenido hijo mío a tu casa”. Sólo por eso cruzaría los mares nadando.
He pensado que voy a vender mi negocio y voy a volver al lugar del que nunca debí salir. Compraré una casa vieja y la iré arreglando poco a poco. Pasearé por la calle Mayor y por la Tercia. Bajaré al río a mojar mis pies en el agua. Escucharé misa en la capilla del Hospital de la Real Piedad y, al salir, compraré un chambi o un cuerno del Motolite y me lo comeré en el Paseo. Lloraré en la procesión de la Virgen y tomaré el sol en la Plaza del Castillo. Jugaré a las cartas en el Club del Pensionista. Saldré a andar por la antigua vía del tren, donde tantas monedas puse para que el ‘caballo de hierro’ las doblara. Me haré socio del Casino, si aún existe, y subiré todos los días allí a leer el periódico y a tomar café. Comeré peros de alcuza y guardaré algunos en mi armario ropero para que mantengan mi escasa vestimenta fresca como el primer día. Bajaré a San Ginés a darme capones y, ya de paso, le daré las gracias a Juan Maravillas por habernos estado llevando aceite a Mataró durante tantos años. Creo que me desmayaré nada más parar la alsina en el pueblo de mis amores, de mis sueños y desvelos, de mis alegrías y tristezas, de mi valentía y mis temores.
No hay nada que me haga sentir mejor que pensar que voy a volver a Cehegín, que podré visitar y llevarles flores a mis padres. Pienso llamar a la puerta de la casa en la que nací y les diré a sus actuales inquilinos que allí crecí yo, que esa casa la levantaron mis abuelos, que allí fui muy feliz cuando era crío, que allí me dejé un pedazo de mi que ahora venía a recuperar. Les diré que me gustaría verla por dentro para comprobar que no soy yo el único que ha cambiado en estos años. Les diré que el tejado lo cambiamos mi padre y yo porque una tormenta invernal se llevó todas las tejas tres calles más abajo. Les diré que estoy llorando porque se me ha metido algo en el ojo. Y me iré.
El día que yo vuelva a Cehegín volveré para no salir ya nunca más de él. El día que yo vuelva a Cehegín volveré para ser feliz. El día que yo vuelva a Cehegín volveré para morir allí.