“…olmo, quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida. Mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.”
Antonio Machado.
El aire portugués anunciaba lluvia. Traía negros nubarrones que amenazaban la tarde habitual y escasa de los primeros días de noviembre. Lucio salió de su casa y atravesó un corral desierto de vida camino de lo que había sido la cuadra con el paso lento que le permitían sus ancianos músculos. Abrió la puerta desvencijada que crujió entre chirridos cada vez más apagados a medida que el hueco de la puerta dejaba pasar la luz en un reino de oscuridad y decadencia. Tras unos segundos de ceguera parcial, Lucio acostumbró sus ojos al interior de la cuadra y observó apenado los viejos pesebres aún cubiertos con polvo de paja. Retiró bruscamente la mirada de su pasado y se dirigió a su pequeño taller de carpintería. Se puede decir que trabajar la madera había sido siempre la afición que lo entretuvo en las horas muertas que le dejaban las tareas del campo. Buscó entre los cajones del banco de carpintero hasta que encontró una caja de madera con dimensiones de una de zapatos, la vació y le dio vueltas para observar el fino trabajo que había hecho muchos años antes con la madera de un negrillo, a la que, con enorme paciencia pasó el cepillo para limpiar y alisar cada una de sus caras. A continuación, buscó un punzón entre oxidados destornilladores y escofinas y lo usó para grabar la caja.
Mientras hacía el trabajo de labra se acordó de los viejos tiempos. Perteneció a una generación en la que la mayoría de sus miembros emigraron a las ciudades en cuanto tuvieron la edad suficiente. Él decidió quedarse porque debía cuidar de su madre, viuda desde muy joven, y de dos hermanos menores. Además, las labores del campo, a pesar de ser duras, le gustaban. La comarca de Aliste era su mundo y las ciudades nunca le llamaron la atención. Más aún, a medida que transcurría su vida su antipatía hacia cualquier sinónimo de urbe se hizo cada vez mayor. Las ciudades se llevaron a sus amigos de la infancia y a sus hijos y, también, habían engañado a sus nietos hasta el punto de renunciar a sus orígenes.
“Las ciudades…” – suspiró. Toda su vida luchando por hacerse un hueco en el universo capitalista desde un lejano planeta sustentado en la economía primaria, casi de autoconsumo, y al final, como había pasado con los demás, tenía que emigrar a la ciudad porque todos le decían que ya no se valía por sí mismo en el pueblo y algún día podía ocurrir una desgracia. Su hija lo vendría a recoger a la mañana siguiente y el único consuelo que le quedaba es que regresaría en el verano, fechas en las que el pueblo parecía el de antes.
Cuando era niño, a modo de juego había contado en su pueblo ciento cincuenta y dos habitantes. Puede que se le olvidara alguno o contara de más. Ahora era imposible errar porque sólo quedaban once personas que solían reunirse por las tardes en alguno de los tantos rincones vacíos – los de sombra en primavera y los de sol y “abrigada” en invierno – que dibujaban las vetustas casas de piedra. Charlaban del pasado porque el presente era una línea recta sin sobresaltos y el futuro ya no les pertenecía ni a ellos ni a la tierra que pisaban. Cuando regresaba a casa, Lucio daba un paseo por el pequeño pueblo perdiéndose por las calles y observando amargamente el paso del tiempo en pajares y cortinas. Tejas descolocadas, puertas desarmadas, esquinas a medio caer o zarzales y otra maleza ahogando los bajos de las paredes. Las casas aún parecían aguantar porque sus dueños de vez en cuando venían y le daban una capa de maquillaje.
La última calle que recorría en su vuelta a casa era la de “los negrillos”. Para cualquier forastero leer el cartel de la calle hubiera sido un mar lleno de dudas porque no se veía ninguno. Sin embargo, Lucio sabía que el nombre correspondía al pasado, cuando todos los prados de la calle albergaban decenas de negrillos que refrescaban con su sombra las casas de la otra orilla de la travesía. Cuántas veces se había encaramado a ellos para recoger su hoja que servía de alimento a los cerdos y cuántas noches, linterna en mano, los había iluminado para cazar pardales. Pero un nefasto día, una especie de escarabajo dejó no sólo un hongo que acabó prácticamente con casi todos ellos, sino también la premonición del final de una forma de vida.
Su existencia pasó del carro y el trillo al tractor y la cosechadora, pero poco más. Las modernidades apenas si habían hecho mella en las tradiciones de su tierra, sin embargo, temía que éstas murieran con él y los demás vecinos. Temía que pasaran a ser anécdotas perdidas en el tiempo escritas en libros de historia y de antropología que recordarían el pasado de Aliste, del mismo modo que lo hacía el desgastado y descolocado cartel de la calle de los negrillos.
Terminó el trabajo. Sopló el polvo de serrín desenterrando lo que había grabado en la madera y recorrió sus dedos arrugados por encima de la caja descubriendo, como un ciego, las letras marcadas del poeta. Abrió la caja y guardó en su interior fotografías de antiguas facciones, cartas con remite de ciudad, pequeños objetos de valor simbólico y algunas joyas que tan bien lució siempre su mujer, ya fallecida. Respiró hondamente, cerró la caja y la devolvió al sitio de donde la había rescatado una hora antes. Luego se secó las lágrimas que se hacían ríos por los surcos de su viejo rostro. Había decidido que sería una especie de caja de Pandora llena de recuerdos y evocaciones que no debía abrir fuera de su casa, de su pueblo, porque si los llevaba consigo le matarían de angustia, de pena por echar de menos una manera de vivir que no regresaría. Como la sombra del negrillo.