Cuando el novelista inglés Charles Dickens murió en 1870 víctima de un derrame cerebral sufrido 24 horas antes, dejó inconclusa "El misterio de Edwin Drood". Llevaba escritas dos terceras partes de la novela y acababa de hacer desaparecer a su protagonista.
La rapidez de la muerte impidió que el autor finalizara la novela o dejara claves sobre el desenlace, pero poco tiempo antes había dado a su amigo y biógrafo John Forster una breve reseña de la historia de Edwin Drood y le había explicado que tenía en mente una idea "muy curiosa" sobre el tema, que no le podía contar para mantener el misterio.
Los capítulos escritos se publicaron, y desde entonces muchos han intentado adivinar cual sería ese desenlace que Dickens quería plasmar. El último autor que ha trabajado en este sentido ha sido Gwyneth Hughes, que acaba de completar la historia para la BBC.
Como parte de las commoraciones del bicentenario del nacimiento del escritor, la BBC está emitiendo programas de radio y televisión dedicados al libro y la literatura. A finales de año exhibirá una adaptación de "Grandes esperanzas" y la dramatización creada por Hughes. No se sabe nada a ciencia cierta pero los rumores apuntan a que es John Jasper, tío del protagonista, el culpable de su desaparición.
María olía a pan, a pan recién sacado del horno. María me miraba y sonreía. Sonreía y después reía con la boca bien abierta.
María tenía los dientes un poco separados y los labios gruesos. Mis amigos decían que era un poco fea, pero a mí me parecía que tenía los dientes más bonitos de toda la panda, la boca más preciosa del pueblo y la cara más guapa del mundo entero. Y además, María siempre me sonreía y luego se reía y, por encima de todo, olía a pan reciente, un olor que evocaba calor, compañía, ternura; mañanas de hacer los recados a la abuela y tardes de lluvia bajo los soportales de la plaza.
Aquel verano fue el último que pasé en el pueblo, fueros mis últimas carreras por las eras, las últimas batallas de cantazos, los últimos baños en el río, los últimos tirones de orejas de mi abuelo y el primer y el último beso de María. María no se rió a carcajada limpia después de sonreírme, sino que se acercó muy rápido, me besó y echó a correr como alma que lleva el diablo, cuando oyó que su madre le llamaba.
Era el día que regresaba a mi casa, el final de las vacaciones, y no sabía aún que no volvería a verla. No sabía que ese beso que no terminó, sería el último que me diera. Desconocía también que mis padres ya no se querían y pronto dejarían de soportarse. Nadie me dijo que jamás regresaríamos al pueblo ni que mi abuelo estaba subiendo poco a poco a una nube de la que nunca más bajaría hasta morir, ajeno a todo, en una residencia con gente que se subía a las nubes para vivir en ellas y no volver a bajar.
Ahora, cuando ya ha pasado mucho tiempo de casi todas las cosas, siento añoranza de momentos que no estoy seguro de haber vivido o tan sólo he imaginado. Ahora quiero volver a lugares donde quizás jamás haya estado. Ahora quiero reencontrarme con gente con la puede que sólo haya soñado.
Pero mientras circulo despacio por esta carretera que ya en nada se parece al viejo camino que conducía al valle, sé que María existió, que me sonreía y se reía, que olía a pan reciente y que me empezó a besar, que aún siento su pequeño beso y percibo su olor. Ahora que llego al pueblo, noto que es distinto pero que las cosas más importantes no han cambiado: las vigilantes montañas que lo rodean, los viejos árboles de la ribera, el campanario de la iglesia o la luz y las sombras de esos días medio nublados que hacen mirar al cielo, desconfiadamente, a los labradores. No ha cambiado la mirada de las ancianas, sentadas en la puerta de su casa ni la cara de sorpresa de los críos cuando el balón va hacia la carretera.
Creo que cuando vamos cumpliendo años nos vamos llenando de dudas y de incertidumbres, nos volvemos escépticos y nos sentimos escarmentados tras muchas decepciones. Creo también que necesitamos alguna certeza, algo a lo que agarrarnos sin miedo a caer, que anhelamos verdades inalterables en este mundo virtual. Por eso vuelvo al valle, por eso y por María. Por su sonrisa, su risa, su olor y por ese beso inconcluso que tanto me ha hecho soñar.
Vuelvo y no sé si la encontraré, y si lo hago no sé si la reconoceré, y si la reconozco no sé si tendré el valor para decirle quién soy, porque, de eso estoy bien seguro, María no se acordará de mí ni será capaz de encontrar detrás de estas pintas de oficinista, a aquel muchacho que temblaba como una hoja cada vez que la veía.
El pueblo debe haber crecido mucho, ya que me dicen en el bar que si quiero encontrar a María, pregunte en el ayuntamiento y allí me darán razón de donde buscarla.
La puerta del despacho de la alcaldía está abierta y mis nervios hacen que sin apenas dar los buenos días me dirija a la alcaldesa atropellando mis palabras: que si soy nieto de Juan el estanquero, que si me fui del pueblo siendo mozo, que si la panda de chiquillos, que si María, que si la nieta de Adela la morruda, que dónde la puedo encontrar, que no se crea usted que busco nada malo, que sólo quiero encontrarla, que puede que lo que necesite sea encontrarme a mi mismo ,que…….Casi me ahogo de tanto hablar sin respirar y ¿para qué?...Para nada. Para darme cuenta de que también en los pueblos la gente se ha vuelto antipática y rancia. La “señora” alcaldesa me corta en seco y me dice sin levantar los ojos de los papeles, que no tiene tiempo de atenderme y que en su agenda de trabajo no está previsto ocuparse de los melancólicos de la capital.
Tendría que haber dado un portazo al marcharme, aunque si lo hubiera hecho puede que no hubiera oído como la alcaldesa me decía “Para asuntos de besos inacabados tendrá que esperar a que den las siete y a que me arregle un poco”, mientras yo me pegaba un tropezón en la escalera y escuchaba el sonido de una risa acompañada de un suave olorcillo a pan recién hecho.
(Este relato fue el ganador del concurso “Mi pueblo. Nuestro Pueblo”)
Del mismo autor que Jesús me quiere (que os reseñé la semana pasada) se presentaba estas navidades en los centros comerciales como el regalo estrella. No se si habrá sido el libro más vendido pero lo cierto es que sí ha sido un buen regalo. A veces se echa en falta un libro como este, lleno de humor y momentos surrealistas, que perfectamente podría ser el guión de una serie al estilo de Me llamo Earl. Quizá surgió así porque David Safier era guionista e incluso consiguió un Emmy con una de sus series (Mi vida y yo, Mein leben und ich)
El resumen que plantean desde la editorial es: "La presentadora de televisión Kim Lange está en el mejor momento de su carrera cuando sufre un accidente y muere aplastada por el lavabo de una estación espacial rusa. En el más allá, Kim se entera de que ha acumulado mal karma a lo largo de su vida: ha engañado a su marido, ha descuidado a su hija y ha amargado a cuantos la rodean. Pronto descubre cuál es su castigo: está en un agujero, tiene dos antenas y seis patas… ¡es una hormiga! Kim no tiene ganas de ir arrastrando migas de pastel tras haber eludido los hidratos de carbono toda su vida. Además, no puede permitir que su marido se consuele con otra. Sólo le queda una salida: acumular buen karma para ascender por la escala de la reencarnación y volver a ser humana. Pero el camino para dejar de serlo está plagado de contratiempos"
No me digáis que no os llama la atención...
Nuestra protagonista, presentadora de televisión pija y superficial muere de una forma muy ridícula y se encuentra un personajillo de lo más curioso que la reencarna en hormiga y que va a ser su guía a lo largo de las reencarnaciones y sus intentos de mejorar su karma: Buda.
Me di la vuelta lentamente: mi primer giro de 180 grados sobre seis patas, y coordinarlas era bastante más difícil que aparcar un camión marcha atrás con un nivel de alcohol en la sangre que haría peligrar el carné de conducir.
Cuando logré desenredar mis patas posteriores, reconocí un poco mejor el lugar donde me encontraba: estaba cerca de la superficie de la tierra, en un túnel sin duda escarbado por hormigas. Y en ese túnel había una hormiga. Una hormiga gordísima. Me sonreía con dulzura. Como Papá Noel. Cuando se ha atiborrado de galletas María.
Bueno, podría ser peor, a Hitler lo reencarnó en una bacteria estomacal...
La cuestión es que a lo largo de las páginas Kim va descubriendo lo mala persona que ha sido y trata de conseguir buen karma por poder volver a estar con su familia, intenta conseguir reencarnarse en humano. El punto de partida para mi tiene lo mismo de romántico que de egoísta, porque sobre todo lo hace para que su marido, del que ha pasado totalmente estando en vida, no se enamore de su mejor amiga. Desde luego, tesón tiene.
En sus intentos de acumular buen karma cuenta con un compañero: Giacomo Casanova. El pobre lleva reencarnado en hormiga desde que murió hace doscientos años pero se anima a ayudarla, más por tratar de ligar con ella (a ver, que es Casanova...) que por otra cosa. Es un seductor y un juerguista y durante todo el libro se comporta como tal.
Los dos caímos por el agujero. Justo encima de la reina, que se encontraba en plenos escarceos amorosos con unas cuantas hormigas voladoras macho.
La queen was not amused.
-¡Tú! -gritó mirando a Casanova.
-Veo que su Majestad me recuerda -dijo Casanova sonriendo con una majestuosidad impresionante, si teníamos en cuenta que acabábamos de encaramarnos a una reina a la que habíamos provocado un coitus interruptus.
-Tú... Tú... Tú pronto estarás muerto -balbuceó la reina, enfurecida.
-Y veo que sigue expresándose de un modo magnífico -se burló Casanova.
Él es el personaje que más me gustó y con el que más me reí. A pie de página es posible encontrar parte de las "memorias" de Casanova que son siempre divertidísimas.
Sobre el final os digo que bueno, tenía varias alternativas en la cabeza y esa solo la valoré fugazmente. Esperaba que no terminase así, pero supongo que es el más correcto. Os propongo que a medida que lo vayáis leyendo (y este libro tenéis que leerlo!) vayáis imaginando cual es el final, a ver si acertáis. Creo que aún no he conocido a nadie que lo haya hecho, y sí he conocido varios finales alternativos. Yo habría apostado por otra pareja más, pero por no hacer un spoiler lo dejo así.
También os digo que el libro da para varios debates: amor, religión, prioridades... así que como toda fábula, el que quiera encontrar una moraleja, la encontrará, y el que no, simplemente tendrá en sus manos un libro muy divertido.
Alguna amiga desde que lo ha terminado se dedica a calcular el karma de las acciones que ve a su alrededor, es otra idea que os planteo. Si vais un día en el autobús y os habéis olvidado el libro en casa, esto puede ser muy entretenido.
Y en fin, resumen resumido que me voy por las ramas: libro muy divertido, historias disparatadas, personajes graciosísimos. Se hace corto, en un par de tardes se termina. Muy fresco y muy muy recomendable. A leerlo!
Un total de 170 textos inéditos del poeta Miguel Hernández, principalmente octavas inacabadas o tachadas, así como metáforas y versos sueltos, han sido hallados en el Archivo Histórico de Elche por la profesora titular de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Alicante, Carmen Alemany.
El material ahora hallado está relacionado con distintas etapas de la vida de Miguel Hernández, mayoritariamente con su juventud, cuando publicó "Perito en lunas", y con el periodo de la Guerra Civil, según han informado hoy fuentes académicas.
Una de las principales novedades del hallazgo, cuyo contenido ya fue adelantado durante un reciente congreso hernandiano, es, según la profesora, "el insistente y voluntarioso trabajo de creación" de Miguel Hernández, con "páginas y páginas en las que traza imágenes y escribe metáforas y versos sueltos".
"En definitiva, ejercicios literarios que le servían de aprendizaje poético y de referente para componer sus poemas", ha explicado Alemany, directora del Centro de Estudios Iberoamericanos Mario Benedetti de la Universidad de Alicante y autora de varias ediciones sobre la obra poética de Miguel Hernández.
Los textos, que se hallaban en el Archivo Histórico de Elche, desvelan, a juicio de Alemany, "la riqueza del proceso creativo del poeta", cuya obra, "al contrario de lo que mantenían los investigadores, "es fruto de una profunda meditación y de un trabajo exhaustivo hasta llegar a la versión definitiva del poema".
Quizá no sean sus mejores versos, pero seguro que es muy interesante conocer los comienzos de este gran poeta.

Algunos han ganado un placer salvaje,
Por arriesgarse ante el salvaje dolor,
Yo podría esta noche ganar tu amor
Y sufrir mañana el peligro de la muerte.
Podría estremecerte en la batalla,
y arrancar una mirada de tu ojo.
¡Qué frágil es el corazón que arde,
Embriagado de intentos y anhelos!
Bienvenidas las noches de sueños rotos,
Y los días de crueles matanzas.
¿Puedo considerar que llorarías
Al oír mis acechantes tribulaciones?
Dime si con errantes peregrinos
Deambulas lejos de todo,
¿Vagas tú por aquellos campos distantes
Sin extraviar tu espíritu?
Salvaje, profundo, suena un cuerno en la distancia,
Dejádme, dejádme ir,
Dónde el sheik y el británico luchan,
Sobre las márgenes de los ríos.
La sangre ha teñido aquellas riberas
Con manchas escarlatas, lo sé;
Las fronteras se cubren de tumbas,
Y sin embargo, dejádme ir.
Aunque la crueldad del holocausto
Suba como el vapor de las naciones,
Con placer me sumaría a las huestes muertas,
Si la orden me fuese dada.
La esencia de la pasión debe templar mi brazo,
Su ardor agita mi vida,
Hasta que la fuerza humana tema el encanto
Deberán sucumbir entre gritos de alarma,
Como los árboles abatidos luchan con la tormenta.
Si yo, excitada por la guerra, buscase tu amor
¿Te atreverías a estar a mi lado?
¿Te atreverías a reprobar mi pasión,
Presa del desprecio, del orgullo más exasperante?
No, mi voluntad sometería la tuya,
Tan alta y libre,
Y el amor domaría esa alma altiva.
Si, con ternura me amarías.
Leeré mi victoria en tus ojos,
Contemplando, y probando el cambio;
Luego dejaré, indiferente, mi noble premio
En manos de las armas distantes.
Desearía morir cuando se alce la espuma,
Cuando el vino resplandezca alto;
Sin esperar que en la copa exhausta
Caiga la abúlica vida en hediondas mentiras.
Entonces el amor será coronado con dulces recompensas,
Bendecido con esperanza y plenitud.
Desearía montar aquel corcel, desenvainar la hoja,
Y perecer entre los aullidos de la batalla.
Un poco de historia...
Cesare Battisti es el ex líder de los Proletarios Armados por el Comunismo, grupo terrorista que cometió varios homicidios en los años setenta. Battisti ha sido condenado dos veces a cadena perpetua pero como pasa algunas veces, cuando salió la sentencia ya estaba en otro país y meterle en la cárcel pasaba por extradiciones y acuerdos. La cuestión es que ha día de hoy aún no ha cumplido esta condena. En este momento se encuentra en una cárcel en Brasil, desde hace cuatro años. Y desde entonces se está discutiendo si se le extradita a Italia. Las últimas noticias, de hace tres semanas, es que no, aunque con la llegada de la nueva presidenta se están abriendo las negociaciones de nuevo. Mientras tanto parece ser que se está haciendo rico participando en revistas y escribiendo libros.
En algún momento indeterminado (para mi, que acabo de conocer toda esta historia) algunos escritores firmaron una apelación a favor de Battisti. Ni estoy a favor ni en contra, es un caso que no conozco y solo os lo cuento para poneros en antecedentes. Toda esta historia podéis seguirla en el blog de Wu Ming Foundation o simplemente buscando en cualquier buscador. Ahora os cuento lo que me ha preocupado.
Me llegaba el titular "En Venecia, lacayos de Berlusconi quieren poner en marcha la quema de libros"
Y cito "El consejero de Cultura de la provincia de Venecia, el ayer-neofascista-hoy-berlusconiano Speranzon, acogió la sugerencia de un colega de partido e intimará a las bibliotecas venecianas a:
1) quitar de las estanterías los libros de todos los autores que en el año 2004 firmaron una apelación donde se pedía la excarcelación de Cesare Battisti;
2) renunciar a la organización de iniciativas con tales escritores (son declarados “persona no grata”, dice)."
Volvemos a los tiempos de la censura. Berlusconi nunca me ha caído especialmente bien (como persona, no le conozco como político) pero creo que un gobernante que puede sopesar censurar libros o personas por sus ideas políticas debería estar fuera del gobierno de cualquier país democrático. No es la primera vez que se producen listas negras, da igual que sean escritores o artistas o personas de barrio humilde con un trabajo manual. Creo firmemente que nadie tiene derecho a dictar quién puede hablar y quién no, y menos por cuestiones de afinidad política. Aparte de lo peligroso que me parece. Los ciudadanos nos convertiríamos en títeres, leyendo solo lo que los políticos nos dejasen leer por ser lo apropiado y lo correcto.
Cada uno de nosotros debe ser capaz de acceder a cualquier texto y tener la capacidad para analizarlo y criticarlo. Cada uno de nosotros debe ser capaz de hablar con libertad y de decidir libremente, sin coacciones, sin guías espirituales que nos lleven por el buen camino, como borregos. Cada uno de nosotros debe ser capaz de formarse su propia opinión, y no seguir la que otros le dictan. ¿Cómo en el siglo XXI podemos seguir teniendo personas que piensan así, y como es posible que ostenten cargos tan poderosos?
Que razón tenía mi madre cuando decía que aunque la política no me gustase no podía ignorarla: nos afecta a todos.
Sobre mi país y mi familia tengo poco que decir. Un trato injusto y el paso de los años me han alejado de uno y malquistado con la otra. Mi patrimonio me permitió recibir una educación poco común y una inclinación contemplativa permitió que convirtiera en metódicos los conocimientos diligentemente adquiridos en tempranos estudios.
Pero por sobre todas las cosas me proporcionaba gran placer el estudio de los moralistas alemanes; no por una desatinada admiración a su elocuente locura, sino por la facilidad con que mis rígidos hábitos mentales me permitían detectar sus falsedades. A menudo se me ha reprochado la aridez de mi talento; la falta de imaginación se me ha imputado como un crimen; y el escepticismo de mis opiniones me ha hecho notorio en todo momento. En realidad, temo que una fuerte inclinación por la filosofía física haya teñido mi mente con un error muy común en esta época: hablo de la costumbre de referir sucesos, aun los menos susceptibles de dicha referencia, a los principios de esa disciplina. En definitiva, no creo que nadie haya menos propenso que yo a alejarse de los severos límites de la verdad, dejándose llevar por el ignes fatui de la superstición. Me ha parecido conveniente sentar esta premisa, para que la historia increíble que debo narrar no sea considerada el desvarío de una imaginación desbocada, sino la experiencia auténtica de una mente para quien los ensueños de la fantasía han sido letra muerta y nulidad.
Después de muchos años de viajar por el extranjero, en el año 18... me embarqué en el puerto de Batavia, en la próspera y populosa isla de Java, en un crucero por el archipiélago de las islas Sonda. Iba en calidad de pasajero, sólo inducido por una especie de nerviosa inquietud que me acosaba como un espíritu malévolo.
Nuestro hermoso navío, de unas cuatrocientas toneladas, había sido construido en Bombay en madera de teca de Malabar con remaches de cobre. Transportaba una carga de algodón en rama y aceite, de las islas Laquevidas. También llevábamos a bordo fibra de corteza de coco, azúcar morena de las Islas Orientales, manteca clarificada de leche de búfalo, granos de cacao y algunos cajones de opio. La carga había sido mal estibada y el barco escoraba.
Zarpamos apenas impulsados por una leve brisa, y durante muchos días permanecimos cerca de la costa oriental de Java, sin otro incidente que quebrara la monotonía de nuestro curso que el ocasional encuentro con los pequeños barquitos de dos mástiles del archipiélago al que nos dirigíamos.
Una tarde, apoyado sobre el pasamanos de la borda de popa, vi hacia el noroeste una nube muy singular y aislada. Era notable, no sólo por su color, sino por ser la primera que veíamos desde nuestra partida de Batavia. La observé con atención hasta la puesta del sol, cuando de repente se extendió hacia este y oeste, ciñendo el horizonte con una angosta franja de vapor y adquiriendo la forma de una larga línea de playa. Pronto atrajo mi atención la coloración de un tono rojo oscuro de la luna, y la extraña apariencia del mar. Éste sufría una rápida transformación y el agua parecía más transparente que de costumbre. Pese a que alcanzaba a ver claramente el fondo, al echar la sonda comprobé que el barco navegaba a quince brazas de profundidad. Entonces el aire se puso intolerablemente caluroso y cargado de exhalaciones en espiral, similares a las que surgen del hierro al rojo. A medida que fue cayendo la noche, desapareció todo vestigio de brisa y resultaba imposible concebir una calma mayor. Sobre la toldilla ardía la llama de una vela sin el más imperceptible movimiento, y un largo cabello, sostenido entre dos dedos, colgaba sin que se advirtiera la menor vibración. Sin embargo, el capitán dijo que no percibía indicación alguna de peligro, pero como navegábamos a la deriva en dirección a la costa, ordenó arriar las velas y echar el ancla. No apostó vigías y la tripulación, compuesta en su mayoría por malayos, se tendió deliberadamente sobre cubierta. Yo bajé... sobrecogido por un mal presentimiento. En verdad, todas las apariencias me advertían la inminencia de un simún. Transmití mis temores al capitán, pero él no prestó atención a mis palabras y se alejó sin dignarse a responderme. Sin embargo, mi inquietud me impedía dormir y alrededor de medianoche subí a cubierta. Al apoyar el pie sobre el último peldaño de la escalera de cámara me sobresaltó un ruido fuerte e intenso, semejante al producido por el giro veloz de la rueda de un molino, y antes de que pudiera averiguar su significado, percibí una vibración en el centro del barco. Instantes después se desplomó sobre nosotros un furioso mar de espuma que, pasando por sobre el puente, barrió la cubierta de proa a popa.
La extrema violencia de la ráfaga fue, en gran medida, la salvación del barco. Aunque totalmente cubierto por el agua, como sus mástiles habían volado por la borda, después de un minuto se enderezó pesadamente, salió a la superficie, y luego de vacilar algunos instantes bajo la presión de la tempestad, se enderezó por fin.
Me resultaría imposible explicar qué milagro me salvó de la destrucción. Aturdido por el choque del agua, al volver en mí me encontré estrujado entre el mástil de popa y el timón. Me puse de pie con gran dificultad y, al mirar, mareado, a mi alrededor, mi primera impresión fue que nos encontrábamos entre arrecifes, tan tremendo e inimaginable era el remolino de olas enormes y llenas de espuma en que estábamos sumidos. Instantes después oí la voz de un anciano sueco que había embarcado poco antes de que el barco zarpara. Lo llamé con todas mis fuerzas y al rato se me acercó tambaleante. No tardamos en descubrir que éramos los únicos sobrevivientes. Con excepción de nosotros, las olas acababan de barrer con todo lo que se hallaba en cubierta; el capitán y los oficiales debían haber muerto mientras dormían, porque los camarotes estaban totalmente anegados. Sin ayuda era poco lo que podíamos hacer por la seguridad del barco y nos paralizó la convicción de que no tardaríamos en zozobrar. Por cierto que el primer embate del huracán destrozó el cable del ancla, porque de no ser así nos habríamos hundido instantáneamente. Navegábamos a una velocidad tremenda, y las olas rompían sobre nosotros. El maderamen de popa estaba hecho añicos y todo el barco había sufrido gravísimas averías; pero comprobamos con júbilo que las bombas no estaban atascadas y que el lastre no parecía haberse descentrado. La primera ráfaga había amainado, y la violencia del viento ya no entrañaba gran peligro; pero la posibilidad de que cesara por completo nos aterrorizaba, convencidos de que, en medio del oleaje siguiente, sin duda, moriríamos. Pero no parecía probable que el justificado temor se convirtiera en una pronta realidad. Durante cinco días y noches completos -en los cuales nuestro único alimento consistió en una pequeña cantidad de melaza que trabajosamente logramos procurarnos en el castillo de proa- la carcasa del barco avanzó a una velocidad imposible de calcular, impulsada por sucesivas ráfagas que, sin igualar la violencia del primitivo Simún, eran más aterrorizantes que cualquier otra tempestad vivida por mí en el pasado. Con pequeñas variantes, durante los primeros cuatro días nuestro curso fue sudeste, y debimos haber costeado Nueva Holanda. Al quinto día el frío era intenso, pese a que el viento había girado un punto hacia el norte. El sol nacía con una enfermiza coloración amarillenta y trepaba apenas unos grados sobre el horizonte, sin irradiar una decidida luminosidad. No había nubes a la vista, y sin embargo el viento arreciaba y soplaba con furia despareja e irregular. Alrededor de mediodía -aproximadamente, porque sólo podíamos adivinar la hora- volvió a llamarnos la atención la apariencia del sol. No irradiaba lo que con propiedad podríamos llamar luz, sino un resplandor opaco y lúgubre, sin reflejos, como si todos sus rayos estuvieran polarizados. Justo antes de hundirse en el mar turgente su fuego central se apagó de modo abrupto, como por obra de un poder inexplicable. Quedó sólo reducido a un aro plateado y pálido que se sumergía de prisa en el mar insondable.
Esperamos en vano la llegada del sexto día -ese día que para mí no ha llegado y que para el sueco no llegó nunca. A partir de aquel momento quedamos sumidos en una profunda oscuridad, a tal punto que no hubiéramos podido ver un objeto a veinte pasos del barco. La noche eterna continuó envolviéndonos, ni siquiera atenuada por la fosforescencia brillante del mar a la que nos habíamos acostumbrado en los trópicos. También observamos que, aunque la tempestad continuaba rugiendo con interminable violencia, ya no conservaba su apariencia habitual de olas ni de espuma con las que antes nos envolvía. A nuestro alrededor todo era espanto, profunda oscuridad y un negro y sofocante desierto de ébano. Un terror supersticioso fue creciendo en el espíritu del viejo sueco, y mi propia alma estaba envuelta en un silencioso asombro. Abandonarnos todo intento de atender el barco, por considerarlo inútil, y nos aseguramos lo mejor posible a la base del palo de mesana, clavando con amargura la mirada en el océano inmenso. No habría manera de calcular el tiempo ni de prever nuestra posición. Sin embargo teníamos plena conciencia de haber avanzado más hacia el sur que cualquier otro navegante anterior y nos asombró no encontrar los habituales impedimentos de hielo. Mientras tanto, cada instante amenazaba con ser el último de nuestras vidas... olas enormes, como montañas se precipitaban para abatirnos. El oleaje sobrepasaba todo lo que yo hubiera imaginado, y fue un milagro que no zozobráramos instantáneamente. Mi acompañante hablaba de la liviandad de nuestro cargamento y me recordaba las excelentes cualidades de nuestro barco; pero yo no podía menos que sentir la absoluta inutilidad de la esperanza misma, y me preparaba melancólicamente para una muerte que, en mi opinión, nada podía demorar ya más de una hora, porque con cada nudo que el barco recorría el mar negro y tenebroso adquiría más violencia. Por momentos jadeábamos para respirar, elevados a una altura superior a la del albatros... y otras veces nos mareaba la velocidad de nuestro descenso a un infierno acuoso donde el aire se estancaba y ningún sonido turbaba el sopor del "kraken".
Nos encontrábamos en el fondo de uno de esos abismos, cuando un repentino grito de mi compañero resonó horriblemente en la noche. "¡Mire, mire!" exclamó, chillando junto a mi oído, "¡Dios Todopoderoso! ¡Mire! ¡Mire!". Mientras hablaba percibí el resplandor de una luz mortecina y rojiza que recorría los costados del inmenso abismo en que nos encontrábamos, arrojando cierto brillo sobre nuestra cubierta. Al levantar la mirada, contemplé un espectáculo que me heló la sangre. A una altura tremenda, directamente encima de nosotros y al borde mismo del precipicio líquido, flotaba un gigantesco navío, de quizás cuatro mil toneladas. Pese a estar en la cresta de una ola que lo sobrepasaba más de cien veces en altura, su tamaño excedía el de cualquier barco de línea o de la compañía de Islas Orientales. Su enorme casco era de un negro profundo y sucio y no lo adornaban los acostumbrados mascarones de los navíos. Una sola hilera de cañones de bronce asomaba por los portañolas abiertas, y sus relucientes superficies reflejaban las luces de innumerables linternas de combate que se balanceaban de un lado al otro en las jarcias. Pero lo que más asombro y estupefacción nos provocó fue que en medio de ese mar sobrenatural y de ese huracán ingobernable, navegara con todas las velas desplegadas. Al verlo por primera vez sólo distinguimos su proa y poco a poco fue alzándose sobre el sombrío y horrible torbellino. Durante un momento de intenso terror se detuvo sobre el vertiginoso pináculo, como si contemplara su propia sublimidad, después se estremeció, vaciló y... se precipitó sobre nosotros.
En ese instante no sé qué repentino dominio de mí mismo surgió de mi espíritu. A los tropezones, retrocedí todo lo que pude hacia popa y allí esperé sin temor la catástrofe. Nuestro propio barco había abandonado por fin la lucha y se hundía de proa en el mar. En consecuencia, recibió el impacto de la masa descendente en la parte ya sumergida de su estructura y el resultado inevitable fue que me vi lanzado con violencia irresistible contra los obenques del barco desconocido.
En el momento en que caí, la nave viró y se escoró, y supuse que la consiguiente confusión había impedido que la tripulación reparara en mi presencia. Me dirigí sin dificultad y sin ser visto hasta la escotilla principal, que se encontraba parcialmente abierta, y pronto encontré la oportunidad de ocultarme en la bodega. No podría explicar por qué lo hice. Tal vez el principal motivo haya sido la indefinible sensación de temor que, desde el primer instante, me provocaron los tripulantes de ese navío. No estaba dispuesto a confiarme a personas que a primera vista me producían una vaga extrañeza, duda y aprensión. Por lo tanto consideré conveniente encontrar un escondite en la bodega. Lo logré moviendo una pequeña porción de la armazón, y así me aseguré un refugio conveniente entre las enormes cuadernas del buque.
Apenas había completado mi trabajo cuando el sonido de pasos en la bodega me obligó a hacer uso de él. Junto a mí escondite pasó un hombre que avanzaba con pasos débiles y andar inseguro. No alcancé a verle el rostro, pero tuve oportunidad de observar su apariencia general. Todo en él denotaba poca firmeza y una avanzada edad. Bajo el peso de los años le temblaban las rodillas, y su cuerpo parecía agobiado por una gran carga. Murmuraba en voz baja como hablando consigo mismo, pronunciaba palabras entrecortadas en un idioma que yo no comprendía y empezó a tantear una pila de instrumentos de aspecto singular y de viejas cartas de navegación que había en un rincón. Su actitud era una extraña mezcla de la terquedad de la segunda infancia y la solemne dignidad de un Dios. Por fin subió nuevamente a cubierta y no lo volví a ver.
Un sentimiento que no puedo definir se ha posesionado de mi alma; es una sensación que no admite análisis, frente a la cual las experiencias de épocas pasadas resultan inadecuadas y cuya clave, me temo, no me será ofrecida por el futuro. Para una mente como la mía, esta última consideración es una tortura. Sé que nunca, nunca, me daré por satisfecho con respecto a la naturaleza de mis conceptos. Y sin embargo no debe asombrarme que esos conceptos sean indefinidos, puesto que tienen su origen en fuentes totalmente nuevas. Un nuevo sentido... una nueva entidad se incorpora a mi alma.
Hace ya mucho tiempo que recorrí la cubierta de este barco terrible, y creo que los rayos de mi destino se están concentrando en un foco. ¡Qué hombres incomprensibles! Envueltos en meditaciones cuya especie no alcanzo a adivinar, pasan a mi lado sin percibir mi presencia. Ocultarme sería una locura, porque esta gente no quiere ver. Hace pocos minutos pasé directamente frente a los ojos del segundo oficial; no hace mucho que me aventuré a entrar a la cabina privada del capitán, donde tomé los elementos con que ahora escribo y he escrito lo anterior. De vez en cuando continuaré escribiendo este diario. Es posible que no pueda encontrar la oportunidad de darlo a conocer al mundo, pero trataré de lograrlo. A último momento, introduciré el mensaje en una botella y la arrojaré al mar.
Ha ocurrido un incidente que me proporciona nuevos motivos de meditación. ¿Ocurren estas cosas por fuerza de un azar sin gobierno? Me había aventurado a cubierta donde estaba tendido, sin llamar la atención, entre una pila de flechaduras y viejas velas, en el fondo de una balandra. Mientras meditaba en lo singular de mi destino, inadvertidamente tomé un pincel mojado en brea y pinté los bordes de una vela arrastradera cuidadosamente doblada sobre un barril, a mi lado. La vela ha sido izada y las marcas irreflexivas que hice con el pincel se despliegan formando la palabra descubrimiento.
Últimamente he hecho muchas observaciones sobre la estructura del navío. Aunque bien armado, no creo que sea un barco de guerra. Sus jarcias, construcción y equipo en general, contradicen una suposición semejante. Alcanzo a percibir con facilidad lo que el navío no es, pero me temo no poder afirmar lo que es. Ignoro por qué, pero al observar su extraño modelo y la forma singular de sus mástiles, su enorme tamaño y su excesivo velamen, su proa severamente sencilla y su popa anticuada, de repente cruza por mi mente una sensación de cosas familiares y con esas sombras imprecisas del recuerdo siempre se mezcla la memoria de viejas crónicas extranjeras y de épocas remotas.
He estado estudiando el maderamen de la nave. Ha sido construida con un material que me resulta desconocido. Las características peculiares de la madera me dan la impresión de que no es apropiada para el propósito al que se la aplicara. Me refiero a su extrema porosidad, independientemente considerada de los daños ocasionados por los gusanos, que son una consecuencia de navegar por estos mares, y de la podredumbre provocada por los años. Tal vez la mía parezca una observación excesivamente insólita, pero esta madera posee todas las características del roble español, en el caso de que el roble español fuera dilatado por medios artificiales.
Al leer la frase anterior, viene a mi memoria el apotegma que un viejo lobo de mar holandés repetía siempre que alguien ponía en duda su veracidad. «Tan seguro es, como que hay un mar donde el barco mismo crece en tamaño, como el cuerpo viviente del marino."
Hace una hora tuve la osadía de mezclarme con un grupo de tripulantes. No me prestaron la menor atención y, aunque estaba parado en medio de todos ellos, parecían absolutamente ignorantes de mi presencia. Lo mismo que el primero que vi en la bodega, todos daban señales de tener una edad avanzada. Les temblaban las rodillas achacosas; la decrepitud les inclinaba los hombros; el viento estremecía sus pieles arrugadas; sus voces eran bajas, trémulas y quebradas; en sus ojos brillaba el lagrimeo de la vejez y la tempestad agitaba terriblemente sus cabellos grises. Alrededor de ellos, por toda la cubierta, yacían desparramados instrumentos matemáticos de la más pintoresca y anticuada construcción.
Hace un tiempo mencioné que había sido izada un ala del trinquete. Desde entonces, desbocado por el viento, el barco ha continuado su aterradora carrera hacia el sur, con todas las velas desplegadas desde la punta de los mástiles hasta los botalones inferiores, hundiendo a cada instante sus penoles en el más espantoso infierno de agua que pueda concebir la mente de un hombre. Acabo de abandonar la cubierta, donde me resulta imposible mantenerme en pie, pese a que la tripulación parece experimentar pocos inconvenientes. Se me antoja un milagro de milagros que nuestra enorme masa no sea definitivamente devorada por el mar. Sin duda estamos condenados a flotar indefinidamente al borde de la eternidad sin precipitamos por fin en el abismo. Remontamos olas mil veces más gigantescas que las que he visto en mi vida, por las que nos deslizamos con la facilidad de una gaviota; y las aguas colosales alzan su cabeza por sobre nosotros como demonios de las profundidades, pero como demonios limitados a la simple amenaza y a quienes les está prohibido destruir. Todo me lleva a atribuir esta continua huida del desastre a la única causa natural que puede producir ese efecto. Debo suponer que el barco navega dentro de la influencia de una corriente poderosa, o de un impetuoso mar de fondo.
He visto al capitán cara a cara, en su propia cabina, pero, tal como esperaba, no me prestó la menor atención. Aunque para un observador casual no haya en su apariencia nada que puede diferenciarlo, en más o en menos, de un hombre común, al asombro con que lo contemplé se mezcló un sentimiento de incontenible reverencia y de respeto. Tiene aproximadamente mi estatura, es decir cinco pies y ocho pulgadas. Su cuerpo es sólido y bien proporcionado, ni robusto ni particularmente notable en ningún sentido. Pero es la singularidad de la expresión que reina en su rostro... es la intensa, la maravillosa, la emocionada evidencia de una vejez tan absoluta, tan extrema, lo que excita en mi espíritu una sensación... un sentimiento inefable. Su frente, aunque poco arrugada, parece soportar el sello de una miríada de años. Sus cabellos grises son una historia del pasado, y sus ojos, aún más grises, son sibilas del futuro. El piso de la cabina estaba cubierto de extraños pliegos de papel unidos entre sí por broches de hierro y de arruinados instrumentos científicos y obsoletas cartas de navegación en desuso. Con la cabeza apoyada en las manos, el capitán contemplaba con mirada inquieta un papel que supuse sería una concesión y que, en todo caso, llevaba la firma de un monarca. Murmuraba para sí, igual que el primer tripulante a quien vi en la bodega, sílabas obstinadas de un idioma extranjero, y aunque se encontraba muy cerca de mí, su voz parecía llegar a mis oídos desde una milla de distancia.
El barco y todo su contenido está impregnado por el espíritu de la Vejez. Los tripulantes se deslizan de aquí para allá como fantasmas de siglos ya enterrados; sus miradas reflejan inquietud y ansiedad, y cuando el extraño resplandor de las linternas de combate ilumina sus dedos, siento lo que no he sentido nunca, pese a haber comerciado la vida entera en antigüedades y absorbido las sombras de columnas caídas en Baalbek, en Tadmor y en Persépolis, hasta que mi propia alma se convirtió en una ruina.
Al mirar a mi alrededor, me avergüenzan mis anteriores aprensiones. Si temblé ante la ráfaga que nos ha perseguido hasta ahora, ¿cómo no horrorizarme ante un asalto de viento y mar para definir los cuales las palabras tornado y simún resultan triviales e ineficaces? En la vecindad inmediata del navío reina la negrura de la noche eterna y un caos de agua sin espuma; pero aproximadamente a una legua a cada lado de nosotros alcanzan a verse, oscuramente y a intervalos, imponentes murallas de hielo que se alzan hacia el cielo desolado y que parecen las paredes del universo.
Como imaginaba, el barco sin duda está en una corriente; si así se puede llamar con propiedad a una marea que aullando y chillando entre las blancas paredes de hielo se precipita hacia el sur con la velocidad con que cae una catarata.
Presumo que es absolutamente imposible concebir el horror de mis sensaciones; sin embargo la curiosidad por penetrar en los misterios de estas regiones horribles predomina sobre mi desesperación y me reconciliará con las más odiosa apariencia de la muerte. Es evidente que nos precipitamos hacia algún conocimiento apasionante, un secreto imposible de compartir, cuyo descubrimiento lleva en sí la destrucción. Tal vez esta corriente nos conduzca hacia el mismo polo sur. Debo confesar que una suposición en apariencia tan extravagante tiene todas las probabilidades a su favor.
La tripulación recorre la cubierta con pasos inquietos y trémulos; pero en sus semblantes la ansiedad de la esperanza supera a la apatía de la desesperación.
Mientras tanto, seguimos navegando con viento de popa y como llevamos todas las velas desplegadas, por momentos el barco se eleva por sobre el mar. ¡Oh, horror de horrores! De repente el hielo se abre a derecha e izquierda y giramos vertiginosamente en inmensos círculos concéntricos, rodeando una y otra vez los bordes de un gigantesco anfiteatro, el ápice de cuyas paredes se pierde en la oscuridad y la distancia. ¡Pero me queda poco tiempo para meditar en mi destino! Los círculos se estrechan con rapidez... nos precipitamos furiosamente en la vorágine... y entre el rugir, el aullar y el atronar del océano y de la tempestad el barco trepida... ¡oh, Dios!... ¡y se hunde ...!
(Formó parte de la banda sonora de La lista de Schindler)
Resumen de la editorial: "Marie tiene un gran talento para enamorase del hombre equivocado. Poco después de que su boda haya sido cancelada, conoce a un carpintero. Es un hombre diferente a todos los que ha conocido antes: sensible, atento, desinteresado.
Desafortunadamente, en su primera cita él le confiesa que es Jesús. Al principio, Marie piensa que está completamente loco, pero poco a poco se da cuenta de que su historia es cierta. Se ha enamorado del Mesías, que ha venido a la Tierra poco antes del Juicio Final. Marie deberá hacer frente no sólo al fi n del mundo, previsto para el próximo martes, sino a la historia de amor más descabellada de todas las que ha vivido."
Como me lo pasé tan bien leyendo Maldito karma (no puede ser! no he publicado la reseña!! pues ya sabéis cual es la reseña del próximo jueves...) me apunté a leerme el segundo libro del autor.
Es una novela corta, totalmente disparatada y para reir un montón. He leído que no es tan buena como el primer libro pero la verdad es que me he reído mucho con los dos. En cualquier caso, recomiendo leer primero éste y después Maldito karma. Aunque son dos historias totalmente diferentes, me parece mejor alterar el orden...
La protagonista de esta novela es una Bridget Jones que vive en Alemania. Sus padres están separados, su padre se ha casado con una Swetlana de la misma edad que su hija, su hermana está enferma, al novio del que está enamoradísima decide que mejor lo planta en el altar porque "toda la vida" (y ahora la esperanza de vida es muy alta) es mucho tiempo y el chico que empieza a gustarle le confiesa que es Jesús. No un Jesús cualquiera, el de la biblia, que además está de visita antes de que llegue la última batalla contra el diablo (el próximo martes).
Jesús es un personaje estupendo, sin una pizca de ironía, bonachón, totalmente ingenuo. Dan ganas de achucharlo. Dios... depende de como cada uno quiera verlo... Lo dejo en un tipo con un sentido del humor muy personal...
Momentos geniales: el diálogo con Dios en el cuerpo de Emma Thompson, o las conversaciones entre los miembros del centro de mando de su cerebro (Kirk y Scotty, ¿os suenan?)
—Scotty, ¿lo conseguiremos?
—La cosa está apretada.
—¿Cómo de apretada?
—¡Como las faldillas de Uhura!
—¡Eso es muy apretado!
O ver a Jesús en un karaoke
Iba a devolverle el micro cuando Joshua intervino:
—Me gustaría cantar. ¿No hay nada más tranquilo en esa máquina?
—No queremos una canción tranquila —exclamó el del banco—. ¡Queremos 99 Luftballons!
Vi que Joshua se proponía realmente cantar. Por lo visto, no quería decepcionarme. ¡Qué ricura!
Así pues, aparté al hombre del banco y le susurré:
—Déjale cantar o te doy una patada donde tú ya sabes y los 99 globos se quedarán en 97.
—Bueno, una canción más calmada no puede hacernos daño —contestó entonces acojonado.
Me acerqué a la máquina, busqué en el catálogo de canciones y encontré Dieser Weg de Xavier Naidoo. Joshua cogió el micrófono y se puso a cantar con su maravillosa voz.
—«El camino no será fácil. El camino será pedregoso y difícil. Con muchos no te entenderás. Pero la vida ofrece mucho más.»
Cuando acabó, media entidad bancaria de Malente lloraba.
Y gritaron:
—¡Otra, otra, otra!
Una chica muy fina se acercó a Joshua y le propuso:
—¿Por qué no cantas We Will Rock You?
—¿Trata de una lapidación? —preguntó Joshua perplejo.
Pero no estaba ni la mitad de perplejo que aquella chica y yo.
Como veis, lenguaje ameno, fresco, directo y ágil, aderezado además por tiras cómicas, escritas por la hermana de la protagonista que refleja su propia vida en sus dibujos y diálogos muy divertidos y a veces un poco impertinentes.
Una novela con muchísimo sentido del humor, apto para creyentes y no creyentes. Tiene su mensaje de fondo, para el que quiera encontrarlo. Para el que no, se divertirá mucho y eso creo que ya es suficiente...
Toshiba ha decidido dar a su próximo gadget un toque ecológico al anunciar que su nuevo lector electrónico funcionará con energía solar. El pequeño solar estará justo debajo de la pantalla, de seis pulgadas, y según comenta el fabricante será capaz con una sola carga de aportar energía suficiente a la batería para leer unas 7500 páginas.
Del resto de características no se sabe mucho. Que tendrá wifi y 2 gb de memoria. Por el momento solo estará disponible en Japón, así que mientras llega a nuestro país, tendremos tiempo para enterarnos de más cosas...

Sed de ti me acosa en las noches hambrientas.
Trémula mano roja que hasta su vida se alza.
Ebria de sed, loca sed, sed de selva en sequía.
Sed de metal ardiendo, sed de raíces ávidas......
Por eso eres la sed y lo que ha de saciarla.
Cómo poder no amarte si he de amarte por eso.
Si ésa es la amarra cómo poder cortarla, cómo.
Cómo si hasta mis huesos tienen sed de tus huesos.
Sed de ti, guirnalda atroz y dulce.
Sed de ti que en las noches me muerde como un perro.
Los ojos tienen sed, para qué están tus ojos.
La boca tiene sed, para qué están tus besos.
El alma está incendiada de estas brasas que te aman.
El cuerpo incendio vivo que ha de quemar tu cuerpo.
De sed. Sed infinita. Sed que busca tu sed.
Y en ella se aniquila como el agua en el fuego.
Gracias a la cuenta en Facebook de Ediciona me entero de que la empresa británica BAE Systems ha anunciado que está desarrollando un sistema de camuflaje de tanques de guerra basado en la tecnología de tinta electrónica en color.
La idea es sencilla, aunque la tecnología sea sofisticada. Solo habría que colocar paneles de tinta electrónica en los laterales de los vehículos militares, que proyectarían imágenes del paisaje donde se encuentran. De este modo el vehículo se confundiría con el paisaje.
En principio la tecnología podría estar disponible en tan solo cuatro años.
Coincido con la conclusión de Ediciona: Esperamos que la tecnología de la tinta electrónica en color llegue antes a los libros que los tanques.
La alcachofa es el único alimento que, no solo no engorda, sino que adelgaza y eso lo saben todos los se han alimentado de ella exclusivamente durante tres días seguidos y han perdido tres kilos así, de golpe y porrazo. A veces, también provoca que la gente cague verduzco, se vaya escaleras abajo gritando sin sentido o se vuelva paranoica perdida como le pasó a mi esposa, que cogió el coche un mal día para ir al trabajo y, al volver, se estampó contra un árbol. Esa tarde llegó echa un mar de lágrimas a casa y, para calmarla, le dije que saliéramos a tomar un café al Colbi de Chueca a ver si de ese modo sentándonos frente a una taza caliente de algo pensábamos qué íbamos a hacer para conseguir el dinero de la reparación del coche.
Estuvimos así, con cara de pavos, mirando los números que hicimos en una servilleta, hasta que se hizo de noche y no supimos qué hacer. Después de fumar mi último cigarrillo de liar le dije a mi esposa que me bajaba un momento al baño y que me esperara en la mesa a que volviera. Ella asintió sin apenas mirarme. A ella siempre le han dado miedo los bares y cafeterías gays de Chueca porque piensa que un día vendrá un chico afeminado de éstos y me raptará cual ave de rapiña para llevarme lejos de ella. No es que mi esposa sea homófoba, ni xenófoba ni nada de eso, pero es desconfiada y paranoica…de todo. Yo me río a escondidas de sus cosas y reconozco que nunca dejará de sorprenderme lo que le sucede producto de su paranoia e inocencia.
Fue llegar a las puertas de casa esa noche y oírla soltar un grito de Mecagoentodoloquesemenea que me erizó los pelillos del bigote. ¡Me han robado la cartera en la cafetería!, gritaba sin parar dando saltitos. Y yo venga a darle vueltas a la cabeza pensando en cómo es posible tener tanta mala suerte en un sólo día. La culpa la tiene la dieta de la alcachofa, pensaba, que cada vez que abro el frigorífico lo veo todo verde y lo cago todo del mismo color y, por culpa de ella (que sueña alcachofas) es que nos pasan estas cosas tan ridículas por su despiste.
Como es natural la dejé a ella dando saltitos y me fui donde la vecina que nos guarda una copia de las llaves de casa.
- ¡Qué me han robado la cartera con todo dentro! ¡Las tarjetas, los últimos setenta euros que tenía para la compra del Mercadona y la cámara con las fotos que hice de la nieve en el Retiro! ¡Dios del cielo que tienen las llaves de casa! – se quejaba.
Fue entrar ella a casa y ponerse a dar vueltas como un pato de Feria en el salón, una y otra vez, sin resolver nada mientras yo llamaba a uno de esos teléfonos 902 que te desangran para cancelar las tarjetas y llamar al otro aquel donde te dicen la comisaría más cercana a tu distrito para poner la denuncia. Al final ella se lió a darle de mordiscos a una alcachofa mientras yo salía por la puerta a la comisaría de Leganitos a denunciar. Entre pitos y flautas regresé a medianoche a casa y me la encontré encerrada en el cuarto y la puerta atrancada con el mueble de la tele. Ella estaba semidormida. Cuando me vio echar a un lado el mueble dio un brinco que creí que clavaba las uñas al techo.
No tardé en acomodarme en la cama, sintiéndola temblar a mi lado, hasta que logre quedarme traspuesto. Fue sonar el teléfono fijo del salón y sentarme de golpe en la cama para verla salir disparada como si nos estuvieran bombardeando, no sin antes clavarme las uñas en la espalda. La seguí como un poseso y la vi de pie junto al teléfono mientras éste sonaba como una serpiente cascabel. Eran las tres de la mañana.
- ¡Que son ellos! – gritaba azorada – ¡Qué son ellos, los ladrones, que nos llaman a casa para saber si estamos aquí y meterse a robar! ¡Cómo no lo coja pensarán que no estamos y nos vendrán a robar hasta el gato!
- ¡Cógelo!, le dije semidormido y muerto de frío.
Ella se negó moviendo la cabeza con los brazos en cruz sobre el cuello. Ni de coña, me dijo, pueden ser los ladrones que llaman para pedirnos rescate. La miré sin dar crédito a lo que estaba escuchando.
- ¿Tu estás tonta? ¡Que es la cartera la que te han robado, no el gato!
Fue hacer el ademán de cogerlo cuando el teléfono dejó de sonar. Nos fuimos a la cama, no sin antes apuntar el teléfono que salía en la pantalla en un papel. “Teléfono de los ladrones” escribió en su agenda. Esa noche ella no durmió.
Al día siguiente gastamos toda la mañana cambiando la chapa de casa hasta que volvió a sonar el teléfono. Mi esposa lo cogió rápido como quien coge una mosca al volar y puso el altavoz para que me enterara de todo y terminara de creerle que hay gente mala en el mundo.
- ¿Quién es? – preguntó ella con la barbilla temblando.
Una voz extraña, algo afeminada y quejumbrosa, preguntó por ella dando su nombre y apellido completo. Mi esposa palideció.
- Tengo su cartera con todo dentro – dijo la extraña voz – Nos gustaría regresársela… ¡cof, cof, cof!… disculpe… ¿Podríamos quedar esta tarde?
- Usted quien es – preguntó mi esposa.
- Soy el que ha encontrado su cartera – insistió la voz – ¿Podemos quedar para dársela?
Debo reconocer que me ponía nervioso escuchar la voz de un hombre tosiendo y hablando en primera persona plural como si hablase en nombre de alguna organización delictiva, pero seguí escuchando atentamente. La voz aquella, ante el silencio de mi esposa, siguió dando instrucciones para la entrega.
- Podemos quedar esta tarde sobre las seis. Vivimos en Chueca. Si no le importa le doy nuestra dirección para que usted se pase y nuestro teléfono móvil.
Los temblores de mi mujer comenzaron a ser violentos. ¿Por qué no quedar en un sitio público? Una persona normal, si se encuentra tirada una cartera en la calle con documentación ajena, pues va y la regresa en una comisaría o, en último caso, llama al afectado y queda con ella en un lugar público… no intenta quedar en un piso. Me eché a temblar yo también. ¡Esto sí era raro y por fin entendía la paranoia de mi mujer! Ella apuntó en un papel la dirección que le dio la voz, cortó el teléfono como una autómata, y se dirigió de cabeza al frigorífico a meterse a la boca una alcachofa.
La miré entre triste y preocupado. Antes de ponerse a dieta para perder esos kilitos de más se pasaba el día entero mirando por la ventana mientras la casa se llenaba de polvo, los ratones se iban de camping al salón y las cucarachas desayunaban tostadas con mantequilla en la cocina. Me moría por dentro de verla aturullada de ese modo y yo mismo la insté a que hiciera la dichosa dieta en su día. Para ayudarle anímicamente a que sólo se dedicara a bajar de peso contratamos una asistenta dominicana para hacerle la vida más fácil pero nos duró poco porque la sorprendí robándonos comida. La doberman, le puse de mote, porque cuando la descubrí me mostró los dientes blanquecinos en una sonrisa cruel y salió de casa dándome un empujón contra el microondas. Desde ese día me prometí no facilitarle en nada el trabajo a mi mujer porque le daba igual lo que hiciera por ayudarla. Estábamos gafados, todo nos salía mal.
Después que la doberman se fue de casa las cucarachas se mudaron y volvieron a instalarse en nuestra cocina como si estuvieran de vacaciones. La casa estaba descuidada, mi esposa estaba en pleno trance de convencerse que jamás adelgazaría y el frigorífico se quedó en blanco, funcionando sin parar, enfriando dos botellas de agua del grifo, los tuppers de las alcachofas y los restos de una lata de paté verduzco. Llegar a casa y abrir la nevera resultaba más triste que oír un tango. Yo creo que mientras tuvimos a la doberman mi esposa fue realmente feliz (porque sólo se dedicaba a la dieta sin hacer nada), pero yo muy desgraciado (porque con dieta o sin ella siempre me tenía que bajar al bar a comer comida decente)
Eran las cinco de la tarde. Mi esposa seguía en la cocina dándole de patadas a las cucarachas y hablando con la policía. Ellos la escucharon atentamente, pero yo no. Yo hacía que escuchaba asintiendo como un mono porfiado, aburrido y resignado a pasar un fin de semana paranoide escuchando todas las invenciones que mi mujer iba soltando por su boca.
-¡He pedido que un par de policías nos acompañen a la cita! ¡Viene una patrulla a casa y nos acompañan a ver al que tiene mi cartera! ¡Nos van a acompañar, nos van a acompañar! ¡Después de esto vuelvo a fumar!
Cada vez que la escuchaba era oírla haciendo rimas y versos ¿O sería que me estaba volviendo tarado? Rebusqué en los bolsillos de mi chaqueta de franela y saqué un paquete de tabaco amarillento que tenía para las emergencias cuando se me acaba el de liar (no fumo más que un cigarrillo al día) y se lo ofrecí. Ella cogió uno desesperada y se calzó sus únicos tacones con el piti sin encender pegado a los labios. Esta vuelve a fumar fijo, pensé.
Salimos a la calle. Allí en la esquina ya nos esperaba una patrulla. Mi esposa se había encargado de pintar la situación poco menos que aterrorizante y la policía, bien por aburrimiento, bien de agonías, se lo había tragado todo a pie juntillas. Y fue así que partimos en el coche patrulla con dos polis, más resguardados que la Princesa de Asturias al barrio de Chueca. Por mi cabeza, luego de ver aquella situación vergonzosa, sólo pasaba el sentimiento que ojalá al bajar del coche patrulla pasara volando sobre mi cabeza un águila real gay de doscientos kilos que me raptara para llevarme lejos. Pero nada, oye.
Fue bajar del coche de los polis y sonar el móvil de mi mujer.
- Hola, somos los que tienen su efectos personales – dijo la voz a través del altavoz activado para que la poli escuchara todo – Mire, que le doy el piso para que suba a recogerlas… ¡cof, cof, argh, cof!
- ¿Pero por qué no baja usted al portal? – preguntó tartamudeando mi mujer.
- … Es que estoy muy enfermo… ¡cof, cof, cof! – Respondió el individuo – ¿No le importa subir, no?
Mi mujer colgó el teléfono realmente asustada y ya fue un no parar: ¡Qué fuerte! ¡Qué quiere esta gente de mí! ¡Qué hubiera pasado si vengo sola e indefensa! ¡Que deben estar armados! ¡Que deben querer darme alguna droga para dejarme tiesa y robarme los órganos! ¡Que deben ser etarras que querrán que les dé todo el dinero de mi cuenta para atentar! ¡Que lo mismo son talibanes! ¡Que el tío ese se está haciendo el enfermo pero lo mismo es todo mentira para que piquemos! ¡Deben ser todos asesinos seriales, que digo, marxistas leninistas! ¡Lo mismo son del partido de la Esperanza Aguirre y quieren comerme el coco para que les de todo mi dinero! ¡Ay, ay, ay! …
Tuve que cogerla de los hombros y meterle un buen meneo hasta despeinarla porque no había modo humano que dejara de soltar teorías conspirativas. Uno de los polis reía pero el otro, el más viejo, estaba realmente preocupado. Tocamos al piso que nos dijeron y una voz como de un muerto nos dijo que al llegar al quinto piso nos bajáramos del ascensor y subiéramos caminando hasta el ático. Fue escuchar esto y cortar el telefonillo para empezar la misma retahíla: ¡Que nos esperan armados, que es una trampa, que nos quieren dar matarile, que son todos drogadictos o del Foro de la familia cristiana, que jamás debimos venir, que a mí qué me importan las llaves de casa y la madre que parió a las tarjetas, que por qué no nos vamos por donde vinimos… ay ay ay!
Nada. La policía poco caso hizo a las quejas y nos empujó al portal para subir al ascensor hasta el quinto piso aquel.
En mi cabeza florecían teorías aun peores que las que sudaba mi esposa. Fijo, pensaba yo, que nos abre la puerta uno de esos locos con un cuchillo en la mano que nos dice, entre risitas, que acaba de tirar al perro por el balcón a la calle o que se está haciendo una sopa con las tarjetas de crédito. Cosas así.
Salimos del ascensor los cuatro hechos un ovillo y tocamos al piso que nos dijeron. Un hombre pálido, muy pálido, con un perrito en los brazos, de esos que no sirven para nada, abrió la puerta y prácticamente se le cayeron los ojos al suelo al vernos con la pareja de policías.
- ¡Dios mío! ¡Virgen santísima! ¡Porqué me hace esto a mí, que yo soy dominicano y estoy ilegal y me trae a la Migra a la puerta de casa! ¡Que yo sólo quería ayudarla a recuperar su cartera y mire usted lo que me hace! ¡Ramón, Ramóooooon!
El hombrecito se metió en casa y nosotros con él empujados por los policías que empezaron a soltar preguntas a diestro y siniestro a una vieja sentada en una mecedora que no se enteraba de nada. Un chico delgado, con pintas de diseñador de moda, con unos pantalones ajustadísimos, descalzo, los pelos verdes y un piercing que pesaba más que él y su presunto novio salió al dintel de la puerta, donde estábamos, con cara de pocos amigos.
- ¡¡¡Maricóoooon!!! – dijo a viva voz – ¡te dije que dejarás la cartera de esta cabrona tirada en la calle que por ir de buena gente ahora nos van a dar por culo!
El poli más viejo se adelantó y les gritó que le dejaran la cartera a mi mujer. El chico enfermo se metió a uno de los cuartos temblando y salió de él con dos bolsas del Mercadona: una traía dentro la cartera y la otra las tarjetas, las llaves y la documentación. De los setenta euros ni rastro. El chico alargó las dos bolsas a mi esposa y se escondió detrás de su novio temblando de miedo farfullando algo como que mañana mismo se regularizaba.
Mi mujer cogió muerta de miedo las dos bolsas y las vació en el suelo para ver que estuviera todo. El chico enfermo ahora sólo decía para sí mismo que la próxima vez que se encontrara algo en la calle lo dejaba ahí aunque le dieran por culo al dueño.
- ¡Vosotros me habéis llamado anoche a las tres de la mañana a casa! ¡Cómo supisteis mi teléfono! – gritó mi mujer.
- Lo buscamos por Internet… por el nombre salís en la guía residencial – respondió el novio del enfermo.
Los polis verificaron que todo estaba en orden y nos conminaron a irnos, aunque se cercioraron que no queríamos denunciar a la pareja por robo de carteras. El rostro de mi esposa se tornó violáceo y, llena de odio respondió que no, que ya extranjería se encargaría de ellos.
- ¡Esto es discriminación, mala persona! – nos gritaron los dos chicos a la cara.
Lleno de vergüenza aparté a mi mujer y le dije que dejara todo como estaba, que a mí me parecía que los chicos eran sinceros y que dejáramos de hacer el ridículo. Pero ella venga a porfiar que había que denunciarles ahora que veía que sacaban las garras. Finalmente el poli viejo nos dijo que si estaba todo en orden que nos fuéramos a casa. Salimos con ellos en medio de gritos de la pareja que cerraron la puerta de un portazo detrás de nosotros. En el descansillo mi mujer tuvo una crisis y se echó a temblar como una gelatina de fresa, con las dos bolsas en la mano y las llaves de casa tintineando dentro de ellas. Al llegar a la puerta del ascensor ella retrocedió y dijo que no se montaba ni loca porque lo mismo estos dos lo bloqueaban o hacían algo para que cayera a la primera planta con nosotros dentro y se me zafó del brazo para bajar corriendo las escaleras con los polis detrás persiguiéndola para que se calmara.
- ¡Que nos van a seguir! ¡Que quien te dice a ti que no hayan hecho copias de nuestras llaves y esta noche manden a unos latin kings a rajarnos la cara! ¡Que lo mismo están armados y ahora estarán llamando a todos sus amigos que nos deben estar esperando en el portal! ¡Que nos vienen siguiendo! ¡Que nos van a seguiiiir!
Llegamos al portal y los polis nos ofrecieron llevarnos a casa en la patrulla. Pero yo no quise. Algo me carcomía dentro. Les pedí que se llevaran a mi esposa y a mí que me dejaran unas calles más allá porque tenía la idea de que algo no cuadraba en esta historia y necesitaba salir de dudas. Los polis me aconsejaron que no regresara y, que si lo hacía, era bajo mi responsabilidad. No quise escuchar consejos. Mi mujer estaba en tal estado de shock que me hacía dudar si dejarla ir a casa sola, pero finalmente ella accedió diciendo que me iba a estar esperando en casa y, que si no abría la puerta, que llamara a la vecina porque seguramente se iba a meter un par de lexatines para quedarse frita lo antes posible. Me bajé de la patrulla convencido que, con las pastillas que se iba a tomar, no me la encontraría enredada entre las cuerdas de la ropa con las pinzas clavadas en los ojos.
La duda me revolvía las úlceras y no me dejaba vivir. ¡Tenía que oír la versión del chico enfermo para quedarme tranquilo!
Caminé de regreso al piso en cuestión, creyéndome Sherlock Holmes, y volví a dar en el timbre. Una voz muy asustada respondió. Cuando le dije que se trataba de mí y de que venía a pedirles disculpas me cortaron en seco.
- ¡Iros a la mierda! ¡Mala gente! ¿Por qué no vas a tocarle el timbre a la bagassa de tu madre? ¡Uno va por la vida intentando hacer bien a todo el mundo y así nos lo pagáis!
Estuve diez minutos intentando convencerles que venía solo y que sólo quería darles disculpas hasta que accedieron y me abrieron el portal. En esta parte de la historia pensaba, incluso, que sería justo que los dos chicos me metieran una paliza y la vieja de la mecedora me diera con ella en la cabeza.
Los chicos abrieron la puerta lentamente. Puse mi mejor sonrisa y les mostré las palmas de mis manos en señal de que venían en son de paz. Me dejaron entrar. La vieja ya no estaba; seguramente le había dado un yuyu con el susto de los policías y la tendrían sentada en el váter.
- Sólo quiero que sepáis que mi esposa y yo queremos pediros disculpas por haber dudado de vuestras buenas intenciones, pero es que todo pintaba tan mal que no nos dejasteis lugar a dudas para pensar de la peor manera posible – les dije – y me senté en uno de los sofás esperando a que se abriera el cielo y me cayera un rayo.
El chico enfermo se me acercó vacilante y se sentó a mi lado con la vena del cuello hinchada como un pez globo. Su novio se mantuvo de pie hurgándose el piercing de la nariz visiblemente molesto y diciendo algo así como que mi esposa era una esquizofrénica sin medicar, pero me tragué los insultos porque estaba convencido que nos los merecíamos.
La historia que el chico enfermo se resume en muy pocas palabras. Dice así…
“Anoche, como todas las noches, bajé sobre las dos de la mañana a sacar al perro a mear a la calle. Aunque estaba malísimo con esta tos lo hice porque mi novio trabaja de noche y, para la hora en que llega, el perro ya no da más y se mea en los sofás (precisamente en el que te has sentado). Bueno, pues salí dándome un paseo abrigado hasta las trancas por la nevada que cayó y, como ya no andaba nadie por las calles, le solté la cadena al chucho para que estirara las patas. El perro olfateó algo en la esquina de la cafetería del Colbi y cuando llegué junto a él se estaba meando sobre una cartera de mujer. La cogí y vi que estaba abierta así que la guardé y la traje a casa. Cuando llegó mi novio, una hora más tarde, yo estaba limpiando lo que había en la cartera en el fregadero para quitarle la peste a meado. Sequé todo y lo puse dentro de dos bolsas distintas y las puse sobre el termo para que con el calor se secaran. Mi chico cogió el DNI y con el nombre logró localizar vuestro teléfono fijo. Yo, por más que le insistí que no llamara a nadie hasta que fuera de día, él os llamó porque pensaba que si había unas llaves en la cartera pues alguien estaría fuera de casa muerto de frío por la nevada. Lo que él no pensó es que quizá sin llaves tu esposa no podría haber entrado a casa y, claro, nadie iba a coger el teléfono. Hoy, cuando os llamamos, nos pareció feo que fueseis tan desconfiados porque no sabíamos que os habían robado y les pedí que vinierais a casa porque estoy malísimo y llevo unos días que no me recupero y salgo lo mínimo. Todo esto convencido de que estábamos haciendo las cosas de puta madre, pero ya veo que no. Cuando abrimos la puerta y vimos a la policía se nos vino el mundo encima porque yo estoy ilegal y teníamos pensado casarnos pronto para tener los papeles. Nos pusimos muy nerviosos. Lo de entregaros todo en bolsas se entiende porque todo apestaba a orina de perro… Esa es toda la explicación. Ahora, si no te importa, nos gustaría estar en casa solos y descansar del mal trago”
Me levanté del sofá. Nunca me había sentido tan avergonzado. Caminé hacia la puerta con el orgullo entre las piernas, pero intacto, y el culo mojado de orina de perro.
En casa seguro mi esposa está esperando por mí, dopada. Es lo único que tengo en la vida y créanme, ¡Dios!, ¡Me está alcachofando la vida!
Me gustaría haber puesto esta crónica el viernes y en la sección de microrrelatos, pero el problema es que los microrrelatos son fantasía esta situación lamentablemente no. Al menos a mi me ha aclarado algunas cosas que no llegaba a comprender sobre este tema. Tal vez a vosotros también os aclare algo, o tal vez no, pero seguro que os hace reflexionar un poco. Copio el artículo íntegro publicado hoy en el blog de Acuarela Libros.
[Amador Fernández-Savater, coeditor de Acuarela Libros, fue invitado (por azar, por error o por alguna razón desconocida) a una reunión con la ministra de Cultura y otras figuras relevantes de la industria cultural española para hablar sobre la Ley Sinde, el tema de las descargas, etc. En este texto cuenta lo que vivió, lo que escuchó y lo que ha pensado desde entonces. Su conclusión es simple: es el miedo quien gobierna, el miedo conservador a la crisis de los modelos dominantes, el miedo reactivo a la gente (sobre todo a la gente joven), el miedo a la rebelión de los públicos, a la Red y al futuro desconocido.]
La semana pasada recibí una llamada del Ministerio de Cultura. Se me invitaba a una reunión-cena el viernes 7 con la ministra y otras personas del mundo de la cultura. Al parecer, la reunión era una más en una serie de contactos que el Ministerio está buscando ahora para pulsar la opinión en el sector sobre el tema de las descargas, la tristemente célebre Ley Sinde, etc. Acepté, pensando que igual después de la bofetada que se había llevado la ley en el Congreso (y la calle y la Red) se estaban abriendo preguntas, replanteándose cosas. Y que tal vez yo podía aportar algo ahí como pequeño editor que publica habitualmente con licencias Creative Commons y como alguien implicado desde hace años en los movimientos copyleft/cultura libre.
El mismo día de la reunión-cena conocí el nombre del resto de invitados: Álex de la Iglesia, Soledad Giménez, Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo, Alberto García Álix, Ouka Leele, Luis Gordillo, Juan Diego Botto, Manuel Gutiérrez Aragón, Gonzalo Suárez (relacionado con el ámbito de los vídeo-juegos), Cristina García Rodero y al menos dos personas más cuyos nombres no recuerdo ahora (perdón). ¡Vaya sorpresa! De pronto me sentí descolocado, como fuera de lugar. En primer lugar, porque yo no ocupo en el mundo de la edición un lugar ni siquiera remotamente comparable al de Álex de la Iglesia en el ámbito del cine o Muñoz Molina en el de la literatura. Y luego, porque tuve la intuición de que los invitados compartían más o menos una misma visión sobre el problema que nos reunía. En concreto, imaginaba (correctamente) que sería el único que no veía con buenos ojos la Ley Sinde y que no se sintió muy triste cuando fue rechazada en el Congreso (más bien lo contrario). De pronto me asaltaron las preguntas: ¿qué pintaba yo ahí? ¿En calidad de qué se me invitaba, qué se esperaba de mi? ¿Se conocía mi vinculación a los movimientos copyleft/cultura libre? ¿Qué podíamos discutir razonablemente tantas personas en medio de una cena? ¿Cuál era el objetivo de todo esto?
Con todas esas preguntas bailando en mi cabeza, acudí a la reunión. Y ahora he decidido contar mis impresiones. Por un lado, porque me gustaría compartir la preocupación que me generó lo que escuché aquella noche. Me preocupa que quien tiene que legislar sobre la Red la conozca tan mal. Me preocupa que sea el miedo quien está tratando de organizar nuestra percepción de la realidad y quien está tomando las decisiones gubernamentales. Me preocupa esa combinación de ignorancia y miedo, porque de ahí sólo puede resultar una cosa: el recurso a la fuerza, la represión y el castigo. No son los ingredientes básicos de la sociedad en la que yo quiero vivir.
Por otro lado, querría tratar de explicar lo que pienso algo mejor que el viernes. Porque confieso desde ahora que no hice un papel demasiado brillante que digamos. Lo que escuchaba me sublevó hasta tal punto que de pronto me descubrí discutiendo de mala manera con quince personas a la vez (quince contra uno, mierda para...). Y cuando uno ataca y se defiende olvida los matices, los posibles puntos en común con el otro y las dudas que tiene. De hecho me acaloré tanto que la persona que tenía al lado me pidió que me tranquilizara porque le estaba subiendo la tensión (!). Tengo un amigo que dice: “no te arrepientas de tus prontos, pero vuelve sobre los problemas”. Así que aquí estoy también para eso.
Quizá haya por ahí algún morboso preguntándose qué nos dieron para cenar. Yo se lo cuento, no hay problema, es muy sencillo. Fue plato único: miedo. El miedo lo impregnaba todo. Miedo al presente, miedo al porvenir, miedo a la gente (sobre todo a la gente joven), miedo a la rebelión de los públicos, miedo a la Red. Siento decir que no percibí ninguna voluntad de cambiar el rumbo, de mirar a otros sitios, de escuchar o imaginar alternativas que no pasen simplemente por insistir con la Ley Sinde o similares. Sólo palpé ese miedo reactivo que paraliza la imaginación (política pero no sólo) para abrir y empujar otros futuros. Ese miedo que lleva aparejado un conservadurismo feroz que se aferra a lo que hay como si fuera lo único que puede haber. Un miedo que ve enemigos, amenazas y traidores por todas partes.
Quien repase la lista de invitados concluirá enseguida que se trata del miedo a la crisis irreversible de un modelo cultural y de negocio en el que “el ganador se lo lleva todo” y los demás poco o nada. Pero no nos lo pongamos demasiado fácil y pensemos generosamente que el miedo que circulaba en la cena no sólo expresa el terror a perder una posición personal de poder y de privilegio, sino que también encierra una preocupación muy legítima por la suerte de los trabajadores de la cultura. Ciertamente, hay una pregunta que nos hacemos todos(1) y que tal vez podría ser un frágil hilo común entre las distintas posiciones en juego en este conflicto: ¿cómo pueden los trabajadores de la cultura vivir de su trabajo hoy en día?
Lo que pasa es que algunos nos preguntamos cómo podemos vivir los trabajadores de la cultura de nuestro trabajo pero añadiendo (entre otras muchas cosas): en un mundo que es y será infinitamente copiable y reproducible (¡viva!). Y hay otros que encierran su legítima preocupación en un marco de interpretación estrechísimo: la industria cultural, el autor individual y propietario, la legislación actual de la propiedad intelectual, etc. O sea el problema no es el temor y la preocupación, sino el marco que le da sentido. Ese marco tan estrecho nos atrapa en un verdadero callejón sin salida en el que sólo se puede pensar cómo estiramos lo que ya hay. Y mucho me temo que la única respuesta posible es: mediante el miedo. Responder al miedo con el miedo, tratar de que los demás prueben el miedo que uno tiene. Ley, represión, castigo. Lo expresó muy claramente alguien en la reunión, refiriéndose al modelo americano para combatir las descargas: “Eso es, que al menos la gente sienta miedo”. Me temo que esa es la educación para la ciudadanía que nos espera si no aprendemos a mirar desde otro marco.
Tienen miedo a la Red. Esto es muy fácil de entender: la mayoría de mis compañeros de mesa piensan que “copiar es robar”. Parten de ahí, ese principio organiza su cabeza. ¿Cómo se ve la Red, que ha nacido para el intercambio, desde ese presupuesto? Está muy claro: es el lugar de un saqueo total y permanente. “¡La gente usa mis fotos como perfil en Facebook!”, se quejaba amargamente alguien que vive de la fotografía en la cena. Copiar es robar. No regalar, donar, compartir, dar a conocer, difundir o ensanchar lo común. No, es robar. Traté de explicar que para muchos creadores la visibilidad que viene con la copia puede ser un potencial decisivo. Me miraban raro y yo me sentía un marciano.
Me parece un hecho gravísimo que quienes deben legislar sobre la Red no la conozcan ni la aprecien realmente por lo que es, que ante todo la teman. No la entienden técnicamente, ni jurídicamente, ni culturalmente, ni subjetivamente. Nada. De ahí se deducen chapuzas tipo Ley Sinde, que confunde las páginas de enlaces y las páginas que albergan contenidos. De ahí la propia idea recurrente de que cerrando doscientas webs se acabarán los problemas, como si después de Napster no hubiesen llegado Audiogalaxy, Kazaa, Emule, Megavideo, etc. De ahí las derrotas que sufren una y otra vez en los juzgados. De ahí el hecho excepcional de que personas de todos los colores políticos (y apolíticos) se junten para denunciar la vulneración de derechos fundamentales que perpetran esas leyes torpes y ciegas.
Tienen miedo a la gente. Cuando había decidido desconectar y concentrarme en el atún rojo, se empezó a hablar de los usuarios de la Red. “Esos consumidores irresponsables que lo quieren todo gratis”, “esos egoístas caprichosos que no saben valorar el trabajo ni el esfuerzo de una obra”. Y ahí me empecé a poner malo. Las personas se bajan material gratuito de la Red por una multiplicidad de motivos que esos clichés no contemplan. Por ejemplo, están todos aquellos que no encuentran una oferta de pago razonable y sencilla. Pero la idea que tratan de imponernos los estereotipos es la siguiente: si yo me atocino la tarde del domingo con mi novia en el cine viendo una peli cualquiera, estoy valorando la cultura porque pago por ella. Y si me paso dos semanas traduciendo y subtitulando mi serie preferida para compartirla en la Red, no soy más que un despreciable consumidor parásito que está hundiendo la cultura. Es increíble, ¿no? Pues la Red está hecha de un millón de esos gestos desinteresados. Y miles de personas (por ejemplo, trabajadores culturales azuzados por la precariedad) se descargan habitualmente material de la Red porque quieren hacer algo con todo ello: conocer y alimentarse para crear. Es precisamente una tensión activa y creativa la que mueve a muchos a buscar y a intercambiar, ¡enteraos!
Lo que hay aquí es una élite que está perdiendo el monopolio de la palabra y de la configuración de la realidad. Y sus discursos traducen una mezcla de disgusto y rabia hacia esos actores desconocidos que entran en escena y desbaratan lo que estaba atado y bien atado. Ay, qué cómodas eran las cosas cuando no había más que audiencias sometidas. Pero ahora los públicos se rebelan: hablan, escriben, se manifiestan, intervienen, abuchean, pitan, boicotean, silban. En la reunión se podía palpar el pánico: “nos están enfrentando con nuestro público, esto es muy grave”. Pero, ¿quién es ese “nos” que “nos enfrenta a nuestro público”? Misterio. ¿Seguro que el público no tiene ninguna razón verdadera para el cabreo? ¿No es esa una manera de seguir pensando al público como una masa de borregos teledirigida desde algún poder maléfico? ¿Y si el público percibe perfectamente el desprecio con el que se le concibe cuando se le trata como a un simple consumidor que sólo debe pagar y callar?
Tienen miedo al futuro. “¿Pero tu qué propones?” Esa pregunta es siempre una manera eficaz de cerrar una conversación, de dejar de escuchar, de poner punto y final a un intercambio de argumentos. Uno parece obligado a tener soluciones para una situación complejísima con miles de personas implicadas. Yo no tengo ninguna respuesta, ninguna, pero creo que tengo alguna buena pregunta. En el mismo sentido, creo que lo más valioso del movimiento por una cultura libre no es que proponga soluciones (aunque se están experimentando muchas, como Creative Commons), sino que plantea unas nuevas bases donde algunas buenas respuestas pueden llegar a tener lugar. Me refiero a un cambio en las ideas, otro marco de interpretación de la realidad. Una revolución mental que nos saque fuera del callejón sin salida, otro cerebro. Que no confunda a los creadores ni a la cultura con la industria cultural, que no confunda los problemas del star-system con los del conjunto de los trabajadores de la cultura, que no confunda el intercambio en la Red con la piratería, etc.
Eso sí, hablé del papel fundamental que para mí podrían tener hoy las políticas públicas para promover un nuevo contrato social y evitar la devastación de la enésima reconversión industrial, para acompañar/sostener una transformación hacia otros modelos, más libres, más justos, más apegados al paradigma emergente de la Red. Como se ha escrito, “la inversión pública masiva en estudios de grabación, mediatecas y gabinetes de edición públicos que utilicen intensivamente los recursos contemporáneos -crowdsourcing, P2P, licencias víricas- podría hacer cambiar de posición a agentes sociales hasta ahora refractarios o poco sensibles a los movimientos de conocimiento libre”(2). Pero mientras yo hablaba en este sentido tenía todo el rato la sensación de arar en el mar. Ojalá me equivoque, porque si no la cosa pinta mal: será la guerra de todos contra todos.
Ya acabo. Durante toda la reunión, no pude sacarme de la cabeza las imágenes de la película El hundimiento: encerrados en un búnker, sin ver ni querer ver el afuera, delirando planes inaplicables para ganar la guerra, atados unos a otros por fidelidades torpes, muertos de miedo porque el fin se acerca, viendo enemigos y traidores por todos lados, sin atreverse a cuestionar las ideas que les arrastran al abismo, temerosos de los bárbaros que están a punto de llegar...(3)
¡Pero es que el búnker ni siquiera existe! Los “bárbaros” ya están dentro. Me gustaría saber cuántos de los invitados a la cena dejaron encendidos sus ordenadores en casa descargándose alguna película. A mi lado alguien me dijo: “tengo una hija de dieciséis años que se lo baja todo”. Y me confesó que no le acababa de convencer el imaginario que circulaba por allí sobre la gente joven. Ese tipo de cosas constituyen para mí la esperanza, la posibilidad de razonar desde otro sitio que no sea sólo el del miedo y los estereotipos denigratorios. Propongo que cada uno de los asistentes a la próxima cena hable un rato sobre el tema con sus hijos antes de salir de casa. O mejor: que se invite a la cena tanto a los padres como a los hijos. Sería quizá una manera de sacar a los discursos de su búnker, porque entonces se verían obligados a asumir algunas preguntas incómodas: ¿es mi hijo un pobre cretino y un descerebrado? ¿Sólo quiero para él que sienta miedo cuando enciende el ordenador? ¿No tiene nada que enseñarme sobre el futuro? El búnker ya no protege de nada, pero impide que uno escuche y entienda algo.
Amador Fernández-Savater (11-1-11)
Fuente de la fotografía:rocketraccoon
NOTAS
1 Alguien en la cena reveló que había descubierto recientemente que en “el lado oscuro” también había preocupación por el tema de la remuneración de los autores/trabajadores/creadores. ¡Aleluya! A pesar de esto, durante toda la reunión se siguió argumentando como si este conflicto opusiera a los trabajadores de la cultura y a una masa de consumidores irresponsables que lo quieren “todo gratis”.
2 “Ciberfetichismo y cooperación”, por Igor Sadaba y César Rendueles
3 Por supuesto, el búnker es la vieja industria. El “nuevo capitalismo” (Skype, Youtube, Google) entiende muy bien que el meollo de la cosa está hoy en que la gente interactúe y comparta, y en aprovecharse de ello sin devolver más que precariedad.
-La noticia en Menéame
La Comisión Europea (CE) ha iniciado este martes una consulta pública para recabar opiniones sobre la ley comunitaria sobre protección de los derechos de propiedad intelectual, de cara a una posible revisión de esa regulación teniendo en cuenta los retos de la difusión de la cultura en internet y los medios digitales.
En concreto, las partes interesadas podrán pronunciarse sobre los resultados de un informe que evalúa la aplicación de la directiva europea de 2004 referente a los derechos de propiedad intelectual en los estados miembros, indicó la Comisión.
El documento elaborado por la CE muestra que algunas provisiones de la directiva han dado lugar a diferentes interpretaciones y aplicaciones en los países de la Unión Europea (UE), apuntó, y hace referencia al "desafío" que supone fortalecer los derechos de propiedad intelectual en el medio de internet y de las tecnologías digitales.
La CE señaló que las aportaciones de los ciudadanos serán tenidas en cuenta en la evaluación que tiene previsto hacer sobre si es necesario revisar la directiva.
Las partes interesadas podrán pronunciarse y enviar sus comentarios a la Comisión Europea hasta el próximo 31 de marzo. Podéis hacerlo desde este enlace (está en inglés) y que lo que hará será enviar un email a la dirección markt-iprconsultation@ec.europa.eu con vuestra propuesta. También podéis copiar la dirección de email de aquí y escribir desde vuestra cuenta de correo.
El informe en español lo podéis leer aquí, pero ya os digo que lo importante es que ahora llegue nuestra opinión, porque va a ser la única oportunidad que tengamos de que la tomen en cuenta...

(La versión censurada, por si hay niños cerca...)
Ya no soy la niña amarga
que tenía un mar de llanto
y alta ortiga por el alma.
Ya no soy la niña enferma
que al oír risas lloraba;
ya salí del solitario
bosque que me acorralaba.
Ahora soy la niña verde,
porque floreció mi calma.
Ya no soy la loca triste,
ya no soy la niña blanca,
nuevo amor ha traspasado
con el nardo de su lanza
mi corazón, que ahora tiene
un nombre de menta y ámbar.
¡Ay cuánta sonrisa noto
que trepa por mis espaldas!
¡Qué brillo tienen mis ojos
-viudos de siete mil lágrimas-!
La vida me sabe a verso
y los besos a manzana.
-El monte arregla sus pinos,
por las rocas el mar baila-.
El amor danza en mi pecho.
¡Ya me quiere! ¡Ya me aguarda!
Ya no soy la loca triste,
que al oír risas gritaba;
ahora soy la niña dulce,
ya no soy mujer amarga
Según noticia aparecida en La información parece ser que van a realizar modificaciones en estas novelas por su contenido racista. No es que no se entienda ahora lo que quería decir y que cambian la palabra para aclarar el contexto. No, es para no molestar.
"Mark Twain escribió "Las aventuras de Tom Sawyer" y "Las aventuras de Huckleberry Finn" en 1876 y 1884, respectivamente. Son dos novelas que relatan la vida de ambos personajes en una pequeña localidad a orillas del río Misisipi, con la esclavitud y la segregación racial como escenario ineludible.
Sólo en la segunda de ellas aparece un total de 219 veces la palabra "nigger", que puede traducirse como "negrata" o "negro", y que la editorial NewSouth Books quiere sustituir por "slave" (esclavo) en una nueva edición.
Alan Gribben, profesor y especialista en la obra de Mark Twain, lo cuenta a Publishers Weekly. Él es uno de los impulsores de esta versión revisada, por entender que "el racismo importa en estos libros. Es una cuestión de cómo lo expresas en el siglo XXI". "
¿Qué pensáis? En esa época negro era sinónimo de esclavo. Hoy en día no ocurre así, aunque tampoco ha desaparecido el racismo por completo y el término que utiliza la novela en la actualidad se considera despectivo (negrata). Pero ¿eso justifica su modificación?
Creo que el tema de ser políticamente correcto se nos está escapando de las manos. Últimamente encuentro muchos ejemplos de personas que se ven denigrados por temas que hace unos años habrían sido irrelevantes, por ejemplo la familia musulmana que denunció al profesor del niño porque hablaba de jamón en clase. Y el libro Tintín en el Congo se consideró racista hace poco, hasta el punto de que en Bélgica se planteaban solicitar la prohibición de venta incluso en el tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo ¿Hasta dónde debemos llegar en este tema?
Modificar estas palabras en la novela para mi es como hacer un tachón en la historia. Debemos trabajar para que estas situaciones no vuelvan a repetirse, pero no ocultarlas para que nadie se sienta ofendido. La realidad es la que es, ¿qué se gana negándola? Más bien al contrario, se puede aprender mucho leyendo sobre otras épocas, pero leyendo sobre lo que ocurrió, no una versión censurada.
Además, ¿no os parece peligroso que haya personas que se dediquen a decidir qué es moralmente correcto y qué no lo es, y modifiquen la literatura en función de eso? ¿Ese juicio no deberíamos hacerlo cada uno de nosotros después de leer el original? Muchos fanáticos han surgido entre los que se consideran adalid de la moral...
Pero bueno, como os decía, que cada uno saque sus propias conclusiones. Y por si aún no habéis decidido, os dejo el cuento de Caperucita Roja, eso sí, políticamente correcto...
Erase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representa un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.
Sigue aquí
Cuentan que un alpinista, desesperado por conquistar el Aconcagua inicio su travesía después de anos de preparación, pero quería la gloria para el solo, por lo tanto subió sin compañeros.Empezó a subir y se le fue haciendo tarde, y mas tarde, y no se preparo para acampar, sino que decidió seguir subiendo decidido a llegar a la cima, y oscureció.La noche cayo con gran pesadez en la altura de la montaña, ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era negro, cero visibilidad, no había luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes.Subiendo por un acantilado, a solo 100 metros de la cima, se resbaloy se desplomo por los aires... caía a una velocidad vertiginosa, solopodía ver veloces manchas mas oscuras que pasaban en la misma oscuridad y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad.Seguía cayendo... y en esos angustiantes momentos, le pasaron por sumente todos sus gratos y no tan gratos momentos de la vida, el pensaba que iba a morir, sin embargo, de repente sintió un tirón muy fuerte que casi lo parte en dos... Si, como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura.En esos momentos de quietud, suspendido por los aires, no le quedo mas que gritar: "AYÚDAME DIOS MÍO..." De repente una voz grave y profunda de los cielos le contesto: "QUE QUIERES QUE HAGA?"Sálvame Dios mío " REALMENTE CREES QUE TE PUEDA SALVAR? " Por supuesto Señor " ENTONCES CORTA LA CUERDA QUE TE SOSTIENE..."...
Hubo un momento de silencio y quietud. El hombre se aferró mas a lacuerda y reflexiono...
Cuenta el equipo de rescate que al otro día, encontraron colgado a unalpinista congelado, muerto, agarrado con fuerza, con las manos a una cuerda... A TAN SOLO DOS METROS DEL SUELO!!!...
Y tu ?... Que tan aferrado estas de TU cuerda?...
Resumen de la editorial: "Un inglés llamado Anthony Whitelands llega a bordo de un tren al Madrid convulso de la primavera de 1936. Deberá autenticar un cuadro desconocido, perteneciente a un amigo de José Antonio Primo de Rivera, cuyo valor económico puede resultar determinante para favorecer un cambio político crucial en la Historia de España. Turbulentos amores con mujeres de distintas clases sociales distraen al crítico de arte sin darle tiempo a calibrar cómo se van multiplicando sus perseguidores: policías, diplomáticos, políticos y espías, en una atmósfera de conspiración y de algarada."
Esta novela la empecé con reparos, apoyándome en que era de Mendoza pero pensando cuántas páginas leería porque cualquiera que me conoce sabe que a mi la política me aburre sobremanera. Y es una historia centrada en el Madrid del 36... Pero bueno, me lié la manta a la cabeza y a leer.
La novela es entretenidísima, con el tono festivo tan característico de este autor, lo que resulta un poco paradójico pensando en la cantidad de dramas humanos que sucedieron poco después.
De hecho el protagonista es un inglés, experto en pintura española, recién llegado que se queda sin dinero ni pasaporte en una ciudad convulsa. Desorientado, confuso y abrumado es el antihéroe típico de Mendoza, más cerca de lo ridículo que de lo heroico. Y con ese punto de ternura que siempre demuestran.
Más personajes que aparecen y son dignos de atención: Jose Antonio Primo de Rivera (con un papel especial) y la madre del duque (que tiende a pasar desapercibida pero pone el punto de sensatez que tantas veces se echa en falta).
Bien documentada (o a ojos de inexperta en estos temas, eso parece) pero sin abusar de los datos como a veces sucede en la novela histórica. Es interesante leer sobre los últimos días de la república, sin recibir una sobreinformación plana de fechas y nombres que al final deshumanizan la época.
Pero lo mejor, sin duda, los diálogos que Mendoza domina tan bien. Y los cambios de registro que crean un cuadro de personajes de lo más variopinto y de lo más realista con sus curiosas expresiones y muletillas (¿quién no ha usado alguna de ellas?) Y por supuesto, diálogos sarcásticos e ingeniosos que forman tan buen contraste con la situación.
Otra cosa que me destacaría: no leer conclusiones moralistas. Pocos libros y documentales sobre esta época pueden presumir de ser neutrales y centrarse en los hechos. La mayoría aborda el quién tuvo la culpa de qué, quienes fueron "los malos" (¿alguien es bueno en estas cosas?). Así que me ha parecido genial que el libro sea lo que es, una novela de aventuras e intriga, sin más misión que entretener un rato y sin pretender aleccionarnos.
Un buen Premio Planeta, recomendable si tenéis que salir corriendo porque los reyes hayan olvidado dejar algún regalo bajo el árbol e imprescindible para los seguidores de este autor tan especial.

Tal y como os comenté hace un par de meses Amazon por fin ha dado un paso adelante en las posibilidades que ofrece a sus usuarios. A partir de ahora algunos libros podrán prestarse a otros usuarios de Kindle, como si de un libro de papel se tratase.
El catálogo de libros de momento no es muy grande, aunque se prevee que poco a poco vaya creciendo. No es cosa de Amazon, sino que las editoriales decidirán cuales pueden ofrecerse al préstamo, así que habrá que ver qué ocurre con las novedades del próximo año.
El servicio nace con algunas restricciones. Como los libros tradicionales, solo podrá prestarse a una persona cada vez, y durante ese tiempo el propietario no podrá leer el libro. Bastante lógico, en realidad, es un préstamo, no una fotocopiadora. Pero algo que no me parece tan razonable es que el tiempo es de 14 días. Está muy bien para muchos libros, pero se me ocurren unos cuantos que mucha gente no podrá leer en tan solo dos semanas, como La caída de los gigantes sin ir más lejos.
Además, y como suele suceder en estos casos, el préstamo solo será posible en USA. Qué le vamos a hacer, pero bueno, es un referente a nivel mundial y es de esperar que en algún momento empiece a funcionar un servicio similar en nuestro país.
Los libros prestados también se pueden leer en dispositivos que tengan el software de Kindle, por ejemplo un iPad, un iPhone, la Blackberry o un PC. El navegador Google Chrome os serviría.

Las aspas chirrían con el viento
Y el agua sube desde la tierra en sombra
Hasta el charco de luz
Donde apagar la sed
La siesta interminable
Mis ojos y yo mismo en el espejo
Ofreciéndome caminos
Hacia ciudades nuevas
Aún no nacidas
Relámpagos en el cielo nublado
De la tarde
Allá donde tú existías
-tan joven-
Llegada de otra parte
Como el recuerdo de otra vida
Donde andábamos sedientos.
¿Os gusta registrar los libros que vais leyendo? Yo lo he hecho durante todo este año, y os dejo aquí el resultado. Están casi todos, no siempre he podido llevarlo al día así que seguro que en las próximas semanas recuerdo alguno más, pero como propósito de año nuevo me he propuesto llevar al día mi diario. Quizá debería comprarme uno de esos cuadernos, ¿o simplemente apuntarlo en el ereader? ¿qué me recomendáis?
A lo que vamos, han salido 54, otro propósito para 2011: llegar a los 65!
Muchos de ellos tienen su reseña en el blog, podéis buscarla en el menú de la derecha, en la categoría Reseñas.
Estupendo!
Bueno
Pasable
No me ha gustado
No me ha gustado nada...
Todavía lo estoy leyendo
Abandonado
Enero
- Vampiros de Morganville (Rachel Caine)
Novela juvenil, engancha, pero sin más trascendencia
- The host (Stephanie Meyer)
Novela juvenil, la primera mitad es lenta, la segunda parte bastante mejor.
- Tuareg (Alberto Vázquez-Figueroa)
Genial, de los que se leen varias veces
- Armantia (Moisés Cabello)
Ciencia ficción, soft. La historia está bien pero el estilo en algunas partes es mejorable (es el primer libro del autor)
Febrero
- Los grandes misterios de la historia
Muy interesante y sobre todo me ha gustado lo objetivo que es en la información que da, es un libro del Canal Historia (el de la televisión)
- El jardín de Hipatia
Una maravilla, muy recomendable, fijo que lo leeré de nuevo.
- Placeres Prohibidos / Anita Blake, Cazavampiros 1 (Laurell K. Hamilton)
Fracaso absoluto en mi afán de encontrar vampiros con mala leche... Al menos no ha sido novela juvenil, historia descarnada
- Barrabás (Lagerkvist Par)
Leeeeeento
- Garras y colmillos (Jo Walton)
La historia es original pero me ha costado mucho engancharme
Marzo
- Lilith, El Juicio de la Gorgona (Jose Antonio Cotrina)
Entretenido, fantasía
- El juicio del arlequín (Arthur R.G Solmssen)
No he podido pasar de las primeras páginas
- Gente de barro (David Brin)
Una maravilla.
- El compositor de tormentas (Andrés Pascual)
Libro entretenido, demasiado romántico al final.
Abril
- Los idus de Marzo (Manfredi)
Ritmo frenético, ficción histórica.
- Dexter en la oscuridad (Jeff Lindsay)
No tan bueno como los anteriores, se deja leer.
- Expiación (Ian McEwan)
Un gran libro, algunas páginas se hacen más lentas pero merece la pena leerlo y releerlo.
Mayo
- Navegante solar (David Brin)
Ciencia ficción, es muy largo y me está costando acabarlo. Lo tengo un poco parado...
- Muerte de un superhéroe (Anthony McCarten)
Una pequeña maravilla, os remito a la reseña del blog, que éste no se puede explicar en pocas palabras: http://deletras.blogcindario.com/201...-mccarten.html
- ¿Quién te lo ha contado? (Marian Keyes)
Lo empecé un poco porque no tenía otro a mano y lo devoré...
Junio
- La segunda vida de Bree Tanner (Stephenie Meyer)
En la línea de Crepúsculo.
- Lo que esconde tu nombre (Clara Sánchez)
No está mal, entretiene, pero hay algunos momentos muy poco creíbles.
- Verdolagas sobre el trigo (Tessa Donocoe)
Guerra civil, entretenido
- Marcada, primero de la saga La casa de la noche (PC y Kristin Cast)
No recomendado para menores de 13 años, ¡esto promete! -> me creó expectativas que no cumplió, al final terminé decepcionada
- Juegos de ingenio (John Katzenbach) El libro que está sustituyendo al navegante solar, ciencia ficción pero muy realista, nada de marcianitos. Lo que llevo, recomendable. -> Al final me aburrí, lo terminé en septiembre. La historia está bien pero tiene demasiadas páginas.
Julio
- El resto de la saga de La casa de la noche (lo que aguanté, no la he terminado), empeora a medida que avanzan los libros 
- Hitler victorioso (Gregory Benford y otros) Relatos, interesante. Ciencia ficción, todas las historias giran en torno a los alemanes como ganadores de la segunda guerra mundial 
- El pastel de piel de patata () Bueno, no está mal. Entretenido pero tampoco para tirar cohetes. Es curioso por ser epistolar. 
- La cúpula (Stephen King) Estupendo, cuando este hombre se pone a escribir de verdad hace maravillas 
- Lesbianarium (Carme Pollina) Relatos muy divertidos
Agosto
- La invitación (Kim Densalat) Novela de vampiros por un escritor español, muy recomendable. No tiene nada que ver con los vampiros adolescentes que se han puesto de moda, esto es una historia de suspense 
- Maldito baile de muertos (Isabel de Blas)
Historia tranquila de amor y amistad, me ha gustado aunque no suelo leer este tipo de historias
- Manual para el perfecto gaznápiro (Rafael Nebrera Ruiz)
Relatos cortos, muy curiosos
- El diario de una madre estresada (o algo así). No lo terminé...
Septiembre
- Señoras y señores, es muy triste escribir pero peor es llorar (Fra ballena) Relatos cortos, muy recomendabl. Podéis leer alguno de los relatos aquí: http://www.wattpad.com/520690-se%C3%...ibir-pero-peor 
- Diez negritos (Agatha Christie) Novelón de Agatha Christie. Un libro imprescindible para leer al menos una vez en la vida (recomiendo leerla dos).
Estupendo!
- Nunca me abandones (Kazuo Ishiguro) Novela de ciencia ficción, pero que no entra en absoluto en esta cuestión. De hecho se sabe que la historia sucede en el futuro cuando ya ha avanzado la historia y por detalles. Es conmovedor, muy recomendable
- El guerrero número trece (Michael Crichton) También conocido como Devoradores de cadáveres. Con ese título nunca me lo habría leído pero la verdad es que el libro es interesante.
- Absolución por asesinato - Sor Fidelma 1 (peter Tremayne) Al principio no le cogía el truco pero el final está muy interesante. Es como una Miss Marple con cofia 
Octubre
- Snap (Carol Snow): Ufff... facilón facilón, para adolescentes y con mensaje moralista... 
- Criadas y señoras: Mujeres que se superan a si mismas, no está mal aunque no es mi estilo preferido 
- Angelology (Danielle Trussoni) Novela de ángeles al estilo de Dan Brown, primera parte de una trilogía con un final abierto. Entre
y 
- El profesor (John Katzenbach): Duro pero mantiene la tensión en cada una de las páginas. Muy recomendable para los aficionados a los thriller. 
- Gone (Michael Grant): Ameno, más para adolescentes que para adultos, aventuras con toques paranormales 
Noviembre
- Amigas entre fogones (Kate Jacobs): Ameno, sencillo, entretenido 
- ¿Te acuerdas de mi? (Sophie Kinsella): Más chik lit, entretenido, para animar espíritus de mala racha 
- Assassin’s Creed Renaissance (Oliver Bowden): Un libro para pasar el rato pero que no será el libro de vuestra vida con toda seguridad.
- La plata de Judas (Steven Sabile): Se lee rápido, Dan Brown pero bien escrito 
- El sótano (David Zurdo y Ángel Gutiérrez): Bueno... suspense? terror para adolescentes? 
- El hombre de San Petersburgo (Ken Follet): Suspense político con toques románticos, no está mal 
Diciembre
- Una chica años veinte (Sophie Kinsella): Fresca y divertida, chik lit 
- El silencio de los corderos (Tomas Harris): En la linea de la película, Lecter es tan espectacular como Hopkins 
- La caza del Octubre rojo (Tom Clancy): Otro libro para cinéfilos, buena historia, buena narración aunque a veces exceso de datos técnicos 
- El alma de las piedras (Paloma Sánchez-Garnica): Novela histórica, 
- Sin noticias de Gurb (Mendoza): Divertido, irónico, aunque tiene unos años merece la pena leerlo, o releerlo como es mi caso 
Edito: Uihs! olvidé poner los dos iconos positivos!! ya están añadidos