
- ¿El panchito o el negro?
Los dos hombres, arrodillados uno al lado del otro, con los brazos cruzados tras la nuca, dirigieron involuntariamente la vista a la voz uniformada que acababa de formular la
pregunta.
- ¡¿Os he dicho que me podáis mirar?! ¡La vista al suelo si no queréis que os suelte una hostia! – les gritó el policía, quien seguidamente miró a su compañero con
sonrisa bufona.
- Entonces qué, ¿el panchito o el negro? – repitió.
- Me da un poco igual. ¿Hacemos el juego?
Un finísimo hilo de crueldad dilató la sonrisa del primero y más joven de los dos policías; su compañero se aproximó a los dos individuos, que se miraron de reojo con expresión de
absoluto desconcierto.
- Hoy habéis tenido suerte. Mejor dicho, uno de vosotros va a tener suerte. Nos queda uno para el cupo de este mes y, mira por dónde, tenemos aquí dos
candidatos.
El agente desfilaba con férreo paso militar: cuatro pasos, media vuelta. Los inmigrantes, con su rostro vuelto al solitario suelo del descampado, sólo alcanzaban a ver las
bocanadas de polvo que ascendían de las botas del policía.
- Esto es como en los concursos de la tele… pero al revés. Os vamos a hacer unas preguntas. Preguntas sobre España – su pecho hinchado subrayó cada uno de los
fonemas de la palabra España. – El primero que conteste dos bien, gana. Pero 2 aquí el viaje se lo lleva el que pierde. Un viaje con todos los gastos pagados, todo incluido en el calabozo, a la aldea de mierda de la que nunca debería haber salido.
¿A que os mola?
El agente frenó en seco su marcha, colocándose con un ágil giro frente a ellos.
- Tú, negro, ¿cómo te llamas?
El hombre pronunció su nombre de manera firme, sin levantar la vista de los pies de su interlocutor.
- Essambo.
- Kunta Kinte has dicho, ¿no?, es que no te he oído bien.
El policía más joven lanzó una carcajada que reprimió abruptamente en el momento en que su compañero se dirigió al segundo de los hombres.
- ¿Y tú, cómo te llamas?
Los labios temblorosos del sudamericano se prepararon para pronunciar su nombre, pero el policía ahogó el intento.
- Tú tienes cara de llamarte Wilson, ¿a que sí Wilson?
Sin esperar una respuesta, el policía reinició su compás procesional, mientras su compañero recuperó la carcajada que se había tragado veinte segundos atrás.
- Primera pregunta, Kunta Kinte. ¿Quién escribió el Quijote?
El africano permaneció impasible y sin pronunciar palabra, la mirada anclada en el suelo; su nervudo cuerpo inmóvil brillaba bajo el intenso sol del mediodía.
- ¿No lo sabes? A ver si lo sabes tú Wilson. ¿Quién escribió el Quijote?
- Miguel de Cervantes. 3
La respuesta brotó como un reflejo. Sencilla. Había estudiado Historia en Ecuador. Una desafortunada sucesión de acontecimientos le había llevado a emigrar a España, donde un albañil podía cobrar diez veces más que un licenciado en Ecuador.
- Mira por dónde, nos ha salido un intelectual. Uno cero para el pichincha –
anunció el policía con desdén.
La nueva pregunta la lanzó el policía más joven.
- A ver si sabes la siguiente: ¿cuál es el pico más alto de España?
Cerró los ojos. Se concentró en la pregunta. No lo sabía. Le sonaba que era un volcán, pero le resultaba imposible concretar el nombre. Su mente le trajo en cambio la imagen
del Chimborazo, en su Guayaquil natal. En ese instante añoró la presencia del majestuoso volcán, en los raros días de invierno en que se despojaba de su velo etéreo.
- No lo sé – contestó con voz quebrada.
El mayor de los policías le observó con desprecio durante cinco segundos que se antojaron eternos. A continuación se dirigió al africano.
- A ver tú, negro. ¿Lo sabes?
- El Teide – contestó desapasionadamente.
Un gesto de asombro apareció en la cara del agente. Apretó los labios, asintió levemente con la cabeza y cruzó una mirada con su compañero.
- Correcto. Seguro que lo viste cuando llegaste en la patera, a que sí.
De repente, los ojos del senegalés se ensombrecieron, como si un conjuro hubiese transportado su mente al fondo de un abismo insondable. Su amigo reconoció al instante esa mirada carente de vida. Fue un año atrás al calor de una hoguera, en el almuerzo de un frío día de invierno en la obra. Hacía ya varios meses que se conocían y habían 4 comenzado a intimar. Acababa de contarle cómo llegó de Ecuador a Madrid, la emoción de su primer viaje en avión. Entonces le preguntó a su amigo cómo había llegado él a España. Un denso silencio sucedió a la pregunta. Algo iba mal, se dio cuenta de que acababa de tocar un resorte doloroso; sintió profundamente haber formulado aquella pregunta. La expresión del senegalés se marchitaba a cada palabra de su historia, como chorros de sangre que lo vaciaran por dentro. Un viaje en patera de dieciocho horas. Iba con uno de sus hermanos. El mar los engulló poco antes de llegar a la orilla. El gélido abrazo del océano entumeció cada fibra de su cuerpo. Consiguió aferrar el brazo de su hermano. Con el brazo libre intentó bracear con fuerza. Tras encajar el violento golpe de una ola dejó de sentir a su hermano. Lo buscó desesperado, aterrorizado, devastado, sin éxito. No recordaba cómo consiguió llegar a tierra, pero consiguió llegar a España…
- Siguiente pregunta. El que la acierte gana. Los Reyes Católicos fueron Isabel y…
La reanudación del siniestro juego, con la nueva pregunta del más viejo, zambulló de lleno al sudamericano de nuevo en la pantomima. Reflexionó un instante. Giró lentamente la cabeza hacia la derecha hasta encontrar la imagen derrotada de su amigo. Clavó intensamente sus pupilas en el rostro del africano, intentando llamar su atención y contestó con firmeza:
- Yemapel (1)
El senegalés giró la cabeza de un bandazo, entre las risas desdeñosas de los dos policías.
Un fulgor había inundado el vacío de sus ojos. La voz del agente más joven se elevó sobre las carcajadas de su compañero.
- ¿Qué mierda has dicho?
La mirada del ecuatoriano seguía ligada a la de su amigo cuando repitió el nombre, esta vez de forma mucho más suave. En los ojos del africano titiló una lágrima.
- ¿Pero qué te crees, que aquí le ponemos a los reyes los mismos nombres que a los de tu tribu? – le increpó con sorna el agente, antes de dirigirse de nuevo al senegalés.
- A ver si ésta la sabes tú, negro.
- Fernando – Essambo pronunció el nombre de su amigo con voz ligeramente temblorosa.
La expresión de su rostro, ahora suavizada, y su mirada conmovida transmitían una gratitud infinita.
- ¡Ya tenemos ganador! – exclamó el policía con histriónico entusiasmo.
La pareja de policías se acercó al sudamericano, uno a cada lado, levantándolo por las axilas. Fernando se incorporó, desatando una fina nube de polvo que se interpuso entre él y Essambo mientras caminaba escoltado por los dos agentes hacia al coche patrulla.
Mientras el automóvil aceleraba, Fernando intentó fijar en su mente la imagen de su amigo, consciente de que jamás se volverían a ver. Essambo permanecía inmóvil, los
brazos sobre la nuca, mirando en su misma dirección.
Al cabo de un instante ya no fue capaz de distinguir la oscura silueta. Enderezó el cuello, cerró los ojos y apoyando la cabeza contra el asiento dejó escapar un profundo suspiro.
En su rostro se dibujó una sonrisa.
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(1) Nota del autor: Yemapel es la transcripción fonética al español de “Je m’apelle”, que significa “Me llamo” en francés. El francés es el idioma oficial de Senegal.
Que tengáis una buena salida y entrada de año!
Resumen de la editorial: "Es el año 824 cuando tres curiosos personajes: el ermitaño Paio, el obispo Teodomiro y su ayudante Martín de Bilibio “hallan” una tumba cuyos restos, aseguran, pertenecen a Santiago Apóstol. Crean así, en el bosque Libredón, cerca del fi nis terrae o fi n del mundo, el Iocus Sancti Jacobi para mayor Gloria de Dios. Dos siglos después, una joven noble, Mabilia, que por una traición a su padre se ve obligada a meterse en un mundo de hombres, descubre de la mano de un cantero una marca en una piedra que conduce hasta La Inventio, un pergamino escrito por el monje Martín de Bilibio en el que se cuenta el “milagroso” hallazgo. Mabilia decidirá acompañar a Arno, el cantero, en busca de la verdad. En su peregrinaje conocerá la bondad que produce esa ruta, la construcción de ciudades, monasterios, caminos y puentes, así como el lado más oscuro de los canteros y su extraña labor de “arrancarle el alma a las piedras”, con el fi n de evitar el olvido."
Para finalizar el año os voy a hablar de una historia a medio camino entre novela histórica y una de aventuras.
La autora mezcla personajes reales e imaginarios de una forma muy hábil. Nos cuenta dos historias al mismo tiempo, que suceden con 300 años de diferencia.
En la primera historia el monje Martín de Bilibio en el año 824 vive una época de dificultades para la iglesia, especialmente por la cantidad de ritos paganos que han ido surgiendo, pero un descubrimiento milagroso le llevará a cambiar su forma de entender el mundo y la religión.
Por otro lado un relato que se desarrolla en los inicios del siglo XI, cuando Mabilia de Montmerle encuentra los restos de Martín de Bilibio y unos documentos de gran importancia. Pero lejos de poder investigarlos tranquilamente, se verá forzada a huir a España, disfrazada de hombre y como un peregrino más siguiendo el camino de Santiago para escapar de las garras de un familiar codicioso.
Uno de los aspectos más interesantes para mi ha sido precisamente esta peregrinación, llena de dificultades y de descripciones interesantes sobre el camino, las paradas, la distinta forma de peregrinar de ricos y pobres, el cuidado a los enfermos... Es muy curioso poder compararlo con las peregrinaciones que se hacen hoy en día, mucho más cómodas que antaño.
También es interesante atender a la cantidad de leyendas e historias que enmarcan el camino, al mito Xacobeo y a la historia que circula alrededor del santo, y plantea incógnitas muy sugerentes.
Es una novela entretenida y amena, y aunque es tan extensa como suelen serlo las novelas históricas, lo cierto es que el ritmo hace que se lea rápidamente y no se haga nada pesada en ningún momento. Continuamente sucede algo, cuando parece que la situación de la protagonista se calma, aparece algún detalle nuevo que mantiene el interés. Es dinámica y sencilla, interesante para todo tipo de lectores.
El único "pero" que se podría poner al libro es que en algunos momentos los personajes tienden a hablar de manera similar, pero son momentos puntuales que no ensombrecen la novela, así que si aún no habéis pensado qué libro regalar este año, puede ser una buena opción.
Os dejo también el Book trailer, a ver qué opináis
Hoy os traigo una noticia de educación pero la verdad, no he podido contenerme, y me gustaría saber vuestras opiniones sobre ésto.
La cuestión es que en Oregon realizan algunas pruebas evaluativas online. Una de ellas, escritura, consiste en redactar un pequeño ensayo mediante ordenador. A partir de ahora los estudiantes podrán utilizar el corrector ortográfico antes de presentar el examen. En principio la medida debe beneficiarlos, puesto que podrán centrarse en lo que quieren escribir, la estructura y el modo en que lo van a contar, y se centrarán menos en los errores ortográficos. O esa es la idea al menos.
¿Y por qué a mi no me convence? Es obvio que todos a veces dudamos cómo se escribe una palabra, y a todos se nos va algún acento, y que todos tiramos de corrector ortográfico en momentos de necesidad, pero tener la posibilidad de utilizarlo ¿debería servir como excusa para no centrarnos en su estudio?
Personalmente me parece que si los niños no llegan a un nivel de conocimientos mínimos, sea ortografía, matemáticas o cualquier otra asignatura y tema, en vez de bajar el nivel y permitirles "ayudas" creo que se debería mejorar el proceso de enseñanza para que todos alcancen esos mínimos.
No se, chicos, entiendo que cuando tienes que hacer una raiz cuadrada en un examen puedas utilizar calculadora por temas de tiempo (¿se hacen aún raices cuadradas en el colegio?) pero no comprendo ésto, sería como poder utilizar un traductor online en un examen de inglés...
Cuando tenía doce años me suspendían un examen si tenía más de tres faltas o acentos olvidados. Ahora me encuentro currículums con faltas de ortografía. ¿Cómo es que ya no se da importancia a algo que dice tanto de una persona?
Tu pupila es azul, y cuando ríes
Su claridad suave me recuerda
El trémulo fulgor de la mañana
Que en el mar se refleja.
Tu pupila es azul y cuando lloras
Las transparentes lágrimas en ella
Se me figuran gotas de rocío
Sobre una violeta.
Tu pupila es azul y si en el fondo
Como un punto de luz radia una idea,
Me parece en el cielo de la tarde
Una perdida estrella.
Y antes de que lleguen los reyes magos, nueva selección de libros para regalar...
El cementerio de Praga (Umberto Eco): Novela que no ha gustado a diversos sectores de la Iglesia católica y la comunidad judía, con un personaje irónico y antipático (en palabras del autor) y con la clara intención de echar por tierra todos los bestseller de aeropuerto surgidos en los últimos años. Para los amantes de Eco.
«Me da vergüenza ponerme a escribir, como si desnudara mi alma.»
Así empieza el relato vital del capitán Simonini, un piamontés afincado en París que desde joven se dedica al noble oficio de crear documentos falsos. Estamos en marzo de 1897 pero las memorias de este curioso individuo abarcarán todo el siglo XIX. La infancia de Simonini transcurre en Turín, con la permanente disputa entre su abuelo, un conservador monárquico antisemita, y su padre, un revolucionario dispuesto a luchar por las causas más nimias. Muy pronto, el joven demuestra sus habilidades para el engaño y se convierte en espía. A través de sus investigaciones descubriremos lo más insólito, incluso a un Garibaldi al servicio de la masonería. Obligado a dejar Italia por ser hombre «que sabe demasiado», el capitán se instala en París, y muy pronto el poder francés recurre a sus servicios para que falsifique todo tipo de documentos y espíe las maniobras prusianas, pero también a ciertos personajes influyentes de la política del país. Lo ayuda en esta tarea el Abate Della Piccola, un clérigo extravagante y ambiguo, el alter ego de Simonini. Así, sirviendo a uno y otro, Simonini se ve involucrado en todo tipo de intrigas políticas y acontecimientos sociales, desde el surgir de la Comuna hasta una incursión en las sectas satánicas. Glotón empedernido y misógino hasta la médula, se convertirá en un viejo astuto e hipócrita pero hay que estar atentos a su relato porque solo descubriendo qué pasó en el cementerio de Praga conseguiremos entender ese siglo confuso que ha sido el xx y descubrir verdades incómodas del xxi. Pasando por muchos de los grandes episodios que marcaron el siglo xix, Eco construye un gran homenaje a la novela propia de la época, el folletín. Es más, son las novelas de Dumas y Sue las que inspiran al falsario en la creación de sus documentos, de lo cual se deduce que es la realidad la que copia a la literatura y no viceversa. En El cementerio de Praga, nada es lo que parece y nadie es quien realmente dice ser: todo es según convenga, pues, bien mirado, la diferencia entre un hada y una bruja es solo una cuestión de edad y encanto…
Riña de gatos (Eduardo Mendoza): Mendoza combina el humor con la tragedia para crear un libro dedicado a los nostálgicos de la época. Galardonado con el Premio Planeta.
Un inglés llamado Anthony Whitelands llega a bordo de un tren al Madrid convulso de la primavera de 1936. Deberá autenticar un cuadro desconocido, perteneciente a un amigo de José Antonio Primo de Rivera, cuyo valor económico puede resultar determinante para favorecer un cambio político crucial en la Historia de España. Turbulentos amores con mujeres de distintas clases sociales distraen al crítico de arte sin darle tiempo a calibrar cómo se van multiplicando sus perseguidores: policías, diplomáticos, políticos y espías, en una atmósfera de conspiración y de algarada.
El pasaje (Justin Cronin): Un thriller escalofriante, fantasía y horror a partes iguales.
"Una epidemia irrefrenable, desatada por un desastroso experimento militar, inunda el planeta. Los infectados por el virus ya no son seres humanos, sino eficaces e invulnerables máquinas de matar. Sólo una niña, una huérfana llamada Amy, parece compartir con los infectados muchos de sus poderes, pero no su sed de sangre. Cuando el mundo tal y como lo conocemos llega a su fin, es Amy la única que cruzará el pasaje entre un planeta moribundo y un planeta nuevo, donde tribus dispersas de humanos sobreviven como pueden en un mundo hostil que ya no les pertenece. Escrita por un autor multipremiado, El pasaje es la primera parte de una fantástica trilogía que se ha convertido, incluso desde antes de su aparición, en la novela más comentada de los últimos tiempos, al mismo tiempo una formidable aventura llena de acción y suspense y una épica de la resistencia humana frente a a la peor de las catástrofes."
El sueño del celta (Vargas Llosa): Uno de los libros más vendidos de los últimos meses, con 50000 ejemplares en tan solo 5 días. Novela con tintes de ensayo y artículo periodístico y que dará que pensar sobre algunas prácticas abusivas de la sociedad actual.
"El sueño del celta. La aventura que narra esta novela empieza en el Congo en 1903 y termina en una cárcel de Londres, una mañana de 1916. Aquí se cuenta la peripecia vital de un hombre de leyenda: el irlandés Roger Casement. Héroe y villano, traidor y libertario, moral e inmoral, su figura múltiple se apaga y renace tras su muerte. Casement fue uno de los primeros europeos en denunciar los horrores del colonialismo con argumentos. De sus viajes al Congo Belga y a la Amazonía peruana quedaron dos informes memorables que conmocionaron a la sociedad de su tiempo, pues tras ellos se revelaba una verdad dolorosa: no era la barbarie africana ni amazónica la que volvía bárbaros a los civilizados europeos; eran ellos, en nombre del comercio, la civilización y el cristianismo, quienes cometían los actos más bárbaros. Estos dos viajes y lo que allí vio, cambiarían a Casement para siempre, haciéndole emprender otra travesía, en este caso intelectual, tanto o más devastadora. La que lo llevó a enfrentarse a una Inglaterra que admiraba y a militar activamente en la causa del nacionalismo irlandés. Enplena I Guerra Mundial, viajó a Berlín para conspirar contra el Reino Unido y participó en el Alzamiento de Pascua de 1916, hecho que lo llevaría finalmente prisión. También en la intimidad, Roger Casement fue un personaje múltiple: La publicación de unos diarios, de veracidad dudosa, en los últimos días de su vida, airearon unas escabrosas aventuras homosexuales que le valieron el desprecio de sus compatriotas. En este territorio que se multiplica por cinco (África, la Amazonia, Irlanda, la cárcel, el sexo), El sueño del celta describe una aventura existencial, en la oscuridad humana aparece en su estado más puro y, por tanto, más enfangado. Una novela mayor del Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa."
Viaje a las emociones (Eduardo Punset): Un regalo perfecto para los que no solo buscan leer una historia sino encontrar un libro del que aprender.
"Viaje a las emociones. El viaje que propone Eduardo Punset es el más fascinante de cuantos podamos emprender. Empieza con la búsqueda de la felicidad, una aventura de fi nal incierto a través de todo aquello que nos puede conducir (o apartar) del objetivo, esto es: las emociones, el estrés, los fl ujos hormonales, el envejecimiento, los factores sociales, económicos, culturales, religiosos… Explora acto seguido los fundamentos del amor, el más primordial de los instintos, sus canales de expresión y el secreto de su fórmula; y culmina en lo más íntimo del ser humano, lo que ocurre en el interior de cada uno, y el fi nal de todo viaje: la mente, que es, a la postre, «el único poder». Un recorrido por la felicidad, el amor y el poder: las tres claves que mueven el mundo."
Lo que sé de los hombrecillos (Juan José Millás): Imagina un doble tuyo de tamaño microscópico que hiciera realidad tus deseos más inconfesables. La única novela capaz de hacerte ver el mundo desde perspectivas asombrosas.
"La rutina diaria de un profesor universitario se ve perturbada por la irrupción de perfectas réplicas humanas en miniatura que se mueven con soltura por el mundo de los hombres. Un día, uno de estos hombrecillos, creado a imagen y semejanza del catedrático, establece una conexión especial con él y convierte en realidad sus deseos más inconfesables. En este libro, el académico narra el último de estos encuentros secretos, que resulta también el más intenso y peligroso, pues además de averiguar dónde viven, qué costumbres tienen y cómo se reproducen estos hombrecillos, interviene en su pequeño mundo mientras la vida sin inhibiciones convierte el suyo en una verdadera pesadilla. Piénsalo por un segundo: ¿soportarías ver cumplidos todos tus deseos?."
"El amor por la lectura no puede enseñarse a golpe de látigo, sino que debe introducirse de forma sutil y tentadora." Y una vez que se ha introducido, ya no hay forma de eliminarlo...
Recientemente un conocido me dijo que sólo había leído un libro en su vida, y que éste había sido La Celestina. Por supuesto lo hizo como tarea de colegio, obligado, y desde entonces no había vuelto a abrir uno. Tiene dos empleos y escaso tiempo para la lectura, pero su pareja (que tiene el mismo número de empleos, mantiene a su familia y además acude todos los días al instituto), lee con asiduidad, y devora todo lo que cae en sus manos, ya sean lecturas de clase o los libros de Crepúsculo. Reconocí el clásico caso de lector de extremos, aquel que no tiene acceso a un tipo de lectura mucho más ligera y entretenida que El Lazarillo de Tormes, pero tampoco a algo más elaborada que una saga romántica de vampiros vegetarianos.
Obras de gran éxito comercial, como la ya mencionada saga de Stephanie Meyer, tienen una importancia fundamental. Hablamos de libros cebo, libros que invitan a lectores poco aficionados a la lectura (debido, frecuentemente, a que la lectura que conocen es ardua e innavegable, consumida por obligación) a encontrarse con el placer de lo literario, el gusto por el uso indiscriminado de la imaginación. Otras sagas, como la notable Harry Potter, pueden ir más allá, ya que suman a la habilidad de mantener la intriga y a la creación de personajes con que el lector joven puede sentirse, hasta cierto punto, identificado, una prosa bien construida y una serie de valores que atraen a todo tipo de público, tales como la responsabilidad, la amistad y la compasión. Sin embargo muchas veces encontramos lagunas al buscar obras que vayan más allá de ese cebo, que puedan hacer que el lector avance y se desarrolle, superando el ansia por el mero consumo de intrigas fáciles y emociones baratas, en dirección a obras que realmente puedan enriquecer su inteligencia y conocimiento. Sunshine, de Robin McKinley, lamentablemente sin traducir al español a día de hoy, es un paso literario en el entorno de la fantasía y los vampiros que supera ampliamente a Crepúsculo en todos los sentidos: la prosa es cercana pero más que correcta; el personaje femenino principal, poderoso sin llegar a perder su cariz humano; y el contexto está elaborado de manera seria y detallada, con preocupaciones realistas como una lógica discriminación contra especies no humanas o la dificultad real de vivir aventuras mágicas cuando además tienes que llevar adelante un empleo, una relación estable de pareja y una relación imperfecta con tu familia. Entre Crepúsculo y el Drácula de Stoker podría estar McKinley, al igual que Harry Potter es un paso anterior a Jonathan Strange y el Señor Norrell, o Rebelión en la granja puede ser un preludio interesante tanto al Mein Kampf como al Manifiesto comunista. Uno no se sumerge en el Ulises de Joyce, o en Guerra y paz de Tolstoi, como tirándose a la piscina sin saber nadar: a lo mejor antes convendría leer unos cuentos de Chejov o La metamorfosis de Kafka, y antes de eso, algunos de los relatos más sencillos y amenos de Cortázar. El amor por la lectura no puede enseñarse a golpe de látigo, sino que debe introducirse de forma sutil y tentadora. Hasta los lectores más avanzados y cultos tienen sus libros culpables, aquellos que no confiesan, al igual que todo el mundo tiene un programa de televisión cuyo disfrute no contaría ni bajo tortura, todos tenemos nuestro cebo y es posible que no lo abandonemos nunca. No es que cualquier lectura sea buena, sino que cualquier lectura es buena para incitarnos a seguir leyendo. Sólo nos faltan los medios necesarios para encontrar libros que realmente nos aportarán más como personas y como constantes aprendices, aquellos que nos empujen a salir del ámbito de lo que nos resulta cómodo, fácil y conocido, para adentrarnos en el fantástico terreno del conocimiento.
(Del blog Lecturalia)

Caí y miré a Laura enamorado, su cuerpo débil era ahora perfecto. Asombrado, respiré tranquilo, era lo que esperaba amar.
(Esta composición ha sido la ganadora del concurso de relatos basados en el número "pi" (3,1415926535897932384), convocado por la Facultad de Ciencias de Universidad de Alicante.)
Resumen de la editorial: "A Clarice Starling, joven y ambiciosa estudiante de la academia del FBI, le recomiendan que entreviste a Hannibal Lecter, brillantepsiquiatra y despiadado asesino, para conseguir su colaboración en la resolución de un caso de asesinatos en serie. El asombroso conocimiento de Lecter del comportamiento humano y su poderosa personalidad cautivarán de inmediato a Clarice, quien, incapaz de dominarse, establecerá con él una ambigua, inquietante y peligrosa relación."
Imagino que todos habéis oído hablar de esta gran película, rodada hace casi veinte años y ganadora de cinco premios óscar, a mi modo de verlo, muy merecidos. Pues el libro no desmerece en absoluto. Pensaba que al conocer la historia quizá no me enganchase por completo pero ha sido todo lo contrario, lo he leído en unos pocos días y solo porque no tenía más tiempo para dedicarle...
La historia engancha por si misma, suspense unido a un admirable retrato psicológico de cada personaje. Y todo ésto se ve reforzado por un ritmo rápido y unas descripciones impresionantes. Es espeluznante leer los detalles sobre Anibal Lecter, la frialdad de sus ojos, la información sobre la muerte del compañero de cárcel, su capacidad para psicoanalizar a Clarice...
El personaje de Lécter es uno de los más extraordinarios que me he encontrado en los últimos meses, y es que es un malvado de los de verdad, capaz de dejar a altura del betún a la mayoría de asesinos literarios de los últimos años. Es tan cruel como fascinante, y solo por su presencia merece la pena leer esta novela. La historia, la narración y el resto de personajes acompañan pero Lécter es para mi lo mejor sin duda.
Altamente recomendable, yo estoy en busca y captura ya de Hannibal y El dragón rojo, ya os contaré si son igual de buenas.
Una de las últimas actividades para conmemorar el año del centenario del nacimiento del poeta Miguel Hernández viene de la mano de Cultura.
El delegado del Gobierno, Ricardo Peralta anunció hace unos días que el Ministerio de Cultura creará el Premio Nacional de Poesía Joven, que se reservará a autores menores de 31 años y que estará dotado con 20.000 euros. El galardón es equiparable al premio nacional de Ensayo, Poesía o el Cervantes que se conceden cada año.
"El Gobierno salda en parte la deuda que tenía con Miguel Hernández", ha dicho Peralta, quien ha destacado también la colaboración de todas las instituciones en el año del centenario.
A lo largo de este año se han llevado a cabo más de 2.500 actos en nuestro país, y en el resto del mundo más de 200.
Y otro acto del que hablar, uno que se celebra con mayor frecuencia: la celebración de la lotería de navidad. Mucha suerte a todos los que juguéis hoy. Por una navidad de cuento...
Vino el que yo quería
el que yo llamaba.
No aquel que barre cielos sin defensas.
luceros sin cabañas,
lunas sin patria,
nieves.
Nieves de esas caídas de una mano,
un nombre,
un sueño,
una frente.
No aquel que a sus cabellos
ató la muerte.
El que yo quería.
Sin arañar los aires,
sin herir hojas ni mover cristales.
Aquel que a sus cabellos
ató el silencio.
Para sin lastimarme,
cavar una ribera de luz dulce en mi pecho
y hacerme el alma navegable.
De vuelta tras unos días de problemas técnicos, vuelvo al blog con una noticia de "sociedad".
Este fin de semana salió al mercado en Colombia el primer cuento infantil de Shakira, "Dora la Exploradora", en el Día Mundial de la Escuela. En el cuento se narran las aventuras por las que pasa Dora y su compañero, Botas, para llevar útiles y otros elementos que no hay habitualmente en las escuelas.

(Imagen del blog Papel en Blanco)
"Dora es una inspiración para todos los niños del mundo, incluso lo es para mí. Fue un honor trabajar con Nickelodeon para escribir esta historia porque la educación es una causa muy cercana a mi corazón", dijo Shakira, según un boletín de prensa de Grupo editorial Norma, que publicó el libro.
La cantante indicó también que le gustaría "que los niños de todas partes del mundo sepan que a través del conocimiento y la educación uno puede embarcarse en grandes aventuras"
En un principio, el libro estará a la venta exclusivamente en Colombia. Parte de las ganancias por sus ventas se destinarán a la Fundación Pies Descalzos, creada por Shakira para apoyar la educación de los niños más pobres en su país.
Shakira es la última de una larga lista de famosas que se han apuntado a la literatura infantil, con más o menos éxito. Madonna, Thalia, Kylie Minogue o Geri Hallywell (ex Spice girl) ya publicaron cuentos dedicados a sus hijos y de paso, al resto de niños del mundo. Gloria Stefan creó cuentos protagonizados por su perrita bulldog “Las mágicas y misteriosas aventuras de una bulldog llamada Noelle”, que se acompaña con un CD llamado “La canción de Noelle” y que ha recibido muy buenas críticas.
Pero no solo las cantantes se han volcado en este género. También destacan los libros infantiles que escribieron Sarah Ferguson (la Duquesa de York, que por cierto, tuvo bastante éxito), Heather Mills (ex de Paul McCartney) o en nuestro país Ana Botella, que más que escribir recopiló relatos de otros autores. ¿Quién será el siguiente?
Pegado a la merced del sábado
Sin angustias u otras consecuencias
Abierto a la hora inútil
Me apiado del sábado y su contigua
Conflagración dominical.
Muy resignado:
El anillo matrimonial y la decencia de orinar en casa propia.
La posibilidad de discernir
Y creer que todo va a ser definitivamente mejor.
Sólo la memoria es sobrehumana o real
Las uñas infamantes
A pesar de que, en ese día, estrictamente,
Se pueda –según norma- recomponer la salud
Y olvidar el trabajo abandonado:
Desestimar las armas las medallas
La idea de la soledad como un revólver
El horror de la cuchara ardiente
O a la acción justiciera del jefe en su mínima actitud.
Sábado de cataclismo demorado.
Establo donde la provisión se conforma y fondea,
En el corazón,
Como la bomba pura.
Es muy complicado recomendar libros si no se conoce a la persona destinataria pero todos hemos tenido que regalar en algún momento uno para un familiar o un amigo del que no teníamos claros los gustos. Os traigo mi pequeña lista de sugerencias con algunos libros que están triunfando y que quizá os ayude a decidir.
La caída de los gigantes (Ken Follet): primera parte de una trilogía centrada en los dramas humanos de tres generaciones de cinco familias de diferentes nacionalidades durante la I Guerra Mundial. Para amantes de la novela histórica.
Una gran novela que narra la vida de unas familias americanas, británicas, rusas y alemanas con el trasfondo de la I Guerra Mundial, la Revolución Rusa y los profundos cambios sociales que éstas conllevaron.
"Esta es la historia de mis abuelos y de los vuestros, de nuestros padres y de nuestras propias vidas. De alguna forma es la historia de todos nosotros." Ken Follett
La historia empieza en 1911, el día de la coronación del rey Jorge V en la abadía de Westminster. El destino de los Williams, una familia minera de Gales, está unido por el amor y la enemistad al de los Fitzherbert, aristócratas y propietarios de minas de carbón. Lady Maud Fitzherbert se enamorará de Walter von Ulrich, un joven espía en la embajada alemana de Londres. Sus vidas se entrelazarán con la de un asesor progresista del presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, y la de dos hermanos rusos a los que la guerra y la revolución les ha arrebatado su sueño de buscar fortuna en América.
Tras el éxito de Los pilares de la Tierra y Un mundo sin fin , Ken Follett presenta esta gran novela épica que narra la historia de cinco familias durante los años turbulentos de la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa y la lucha de hombres y mujeres por sus derechos.
Se lo que estás pensando (John Verdon): Para amantes del suspense y la intriga, a los que les guste pasar horas intentando averiguar quién es el asesino y cómo consigue llevar a cabo sus crímenes sin dejar nada que le incrimine.
Un hombre recibe una carta que le urge a pensar en un número, cualquiera. Cuando abre el pequeño sobre que acompaña al texto, siguiendo las instrucciones que figuran en la propia carta, se da cuenta de que el número allí escrito es exactamente en el que había pensado. David Gurney, un policía que después de 25 años de servicio se ha retirado al norte del Estado de Nueva York con su esposa, se verá involucrado en el caso cuando un conocido, el que ha recibido la carta, le pide ayuda para encontrar a su autor con urgencia. Pero lo que en principio parecía poco más que un chantaje se ha acabado convirtiendo en un caso de asesinato que además guarda relación con otros sucedidos en el pasado. Gurney deberá desentrañar el misterio de cómo este criminal parece capaz de leer la mente de sus víctimas en primer lugar, para poder llegar a establecer el patrón que le permita atraparlo.
«La novela de John Verdon es uno de los mejores thrillers que he leído en años. Lo devoré. Es inteligente, sólido, compulsivo, lleno de giros brillantes, profundidad psicológica y personajes que llenan de vida sus páginas, te entretiene desde la primera escena hasta el tenso final.» John Katzenbach.
«Sé lo que estás pensando es imposible de dejar de leer. En contadas ocasiones, ha llegado a mis manos una primera novela que me haya atrapado de esta manera. Espero volver a encontrarme con este autor y su inteligente protagonista.» Nelson DeMille
Inés y la alegría (Almudena Grandes): Primera parte de un proyecto de seis novelas titulado Episodios de una guerra interminable se centra en un momento poco conocido de la historia, la invasión del Valle de Arán en 1944. Para interesados en la historia española y la novela de tintes políticos.
Inés y la alegría, la nueva novela de Almudena Grandes, cuenta la historia de la invasión del valle de Arán, en octubre de 1944, por parte de un ejército de guerrilleros que se propusieron liberar a España. Una novela irrefrenable, sobre mujeres y hombres que lucharon con convicción por recuperar su país, sobrevivieron luego en el exilio y regresaron, tras la muerte de Franco, a una España desconocida e indiferente con su modesta epopeya.
Inés y la alegría es el primero de los Episodios de una guerra interminable, un proyecto narrativo integrado por seis novelas independientes, que comparten un mismo espíritu y rinden homenaje a los Episodios nacionales de Pérez Galdós. A diferencia de estos, los Episodios de Almudena Grandes no aspiran a relatar grandes batallas, sino a reconstruir, desde la ficción, historias reales igual de heroicas, pero mucho más modestas, de la posguerra, los «momentos significativos» de la resistencia antifranquista.
Maldito Karma (David Safier): Una divertida reflexión sobre las acciones que realizamos a lo largo de nuestra vida. Una fábula fresca y mucho humor. Dentro de unos días podréis ver mi reseña para este libro pero os adelanto que estaría recomendado para gente con ganas de reirse de la vida.
Una desternillante novela sobre el secreto de la felicidad que ya ha hecho reír a un millón de lectores en Alemania.
La presentadora de televisión Kim Lange está en el mejor momento de su carrera cuando sufre un accidente y muere aplastada por el lavabo de una estación espacial rusa. En el más allá, Kim se entera de que ha acumulado mal karma a lo largo de su vida: ha engañado a su marido, ha descuidado a su hija y ha amargado a cuantos la rodean. Pronto descubre cuál es su castigo: está en un agujero, tiene dos antenas y seis patas… ¡es una hormiga! Kim no tiene ganas de ir arrastrando migas de pastel. Además, no puede permitir que su marido se consuele con otra. Sólo le queda una salida: acumular buen karma para ascender por la escalera de la reencarnación y volver a ser humana. Pero el camino para dejar de ser un insecto y convertirse en un ser bípedo es duro y está plagado de contratiempos.
A tres metros sobre el cielo (Federico Moccia): Una historia simple narrada de una forma muy emotiva. Para adolescentes y amantes de las historias románticas.
Babi es una estudiante modelo y la hija perfecta. Step, en cambio, es violento y descarado. Provienen de dos mundos completamente distintos. A pesar de todo entre los dos nacerá un amor fuera de todas las convenciones. Un amor controvertido por el que deberán luchar más de lo que esperaban. Babi y Step se erigen como un Romeo y Julieta contemporáneos en Roma, un escenario que parece creado para el amor.
A tres metros sobre el cielo es la primera obra de Federico Moccia. Publicado por primera vez en 1992 en una edición mínima pagada por el propio autor y que se agotó inmediatamente, fue fotocopiado una y otra vez, y circuló de mano en mano hasta que se reeditó en 2004 y se convirtió en un espectacular éxito de ventas. Se han vendido más de un millón de ejemplares en Italia.
El profesor (John Katzenbhah): Suspense en estado puro, el mejor libro que he leído este año. Eso sí, contiene escenas fuertes. Podéis leer la reseña aquí.
Una chica de 16 años es raptada por una pareja de psicópatas… la encierran en un sótano, la torturan, la maltratan, y no contentos con esto lo retransmiten todo por Internet. Un viejo profesor de Psicología ya jubilado parece ser su única vía de escape…
Periodista penal de gran prestigio del Miami Herald, escritor y guionista de las películas que se han adaptado de sus propias novelas, John Katzenbach, el hombre del apellido impronunciable, nos brinda otra obra maestra del suspense y la tensión, NO APTA PARA MENTES SENSIBLES
En una profunda caverna, cerca del cráter de un volcán, vivía el Gran Brujo, atormentado por sus maldades.
Era corno el jefe de los brujos menores y de los brujitos. Pasaba inventando diabluras más o menos graves.
La gente de los valles le terna miedo porque creían que era el causante de todas sus enfermedades y de la muerte de sus rebaños de llamas y guanacos y de sus aves de corral.
Muchas veces sucedían desgracias de las que el Brujo era inocente; pero de todas maneras él y sólo él sembraba la mala suerte en los campos.
Para tenerlo contento, le dejaban afuera de sus rucas cántaros llenos de "mudái", especie de chicha que al Gran Brujo le encantaba.
Cuando la noche estaba más oscura, solía bajar de la cumbre montado en una ventolera. Al pasar por lo más espeso del bosque encendía miles de lamparitas rojas con el fuego que traía del volcán, y así no perder el camino de vuelta.
-Vendré muy borracho -murmuraba para sí- y las luces me guiarán hasta mi caverna.
El Brujo no se medía para tomar. Vaciaba jarro tras jarro de chicha hasta que no se daba cuenta ni por dónde andaba. Era la única manera de olvidar todas las maldades que hacía y la rabia que se le retorcía como culebra en el corazón. Esta rabia no tenía explicación; tal vez fuera la semilla de su propia brujería.
El mudái lo hacía volar dulcemente en torno a las rucas y cantaba unas canciones muy tontas y desafinadas:
Soy un gorgorito
que se lleva el viento
y tengo cosquillas
de puro contento.
Hasta los niños, envueltos en sus mantas, despertaban y se reían del Brujo. Sabían que estando borracho no hacía daño a nadie. Y las risas infantiles caían como agua pura en el alma negra del Brujo; sentía una alegría rara al escucharlas, una especie de felicidad que le recordaba bosques vírgenes, frutos maravillosos, el nacimiento de las vertientes, que conoció cuando él era un recién nacido y no había hecho ninguna maldad todavía.
Entonces se preguntaba
-¿Por qué tuve que ser malo? Ay, mi madre fue una serpiente y mi padre un diablo, ¿qué otra cosa podía ser yo sino un malvado brujo?
Y luego añadía con sonrisa lagrimosa:
-Pero nací bueno... Lo recuerdo.
Y como los borrachos pasan de la risa al llanto sin motivo, el Brujo se ponía a llorar sin consuelo y regresaba con lentos bamboleos a su casa.
Y en el camino de vuelta, olvidábase de apagar las lamparitas que dejara colgando de los ramajes igual que campanillas. Así, durante casi todo el año, la selva lucía hermosas luminarias, hasta que llegaba el invierno con sus lluvias interminables. Una a una las luces se iban apagando y el Brujo, al no tener guía, se ponía a dormir todas sus borracheras en el corazón caliente del volcán.
Los hombres y los animales descansaban de males y terrores.
De este modo pasaron muchos soles y lluvias y el Brujo, con su mala voluntad, se puso más y más perverso. También se puso más tonto; y un tonto malo y poderoso es el peor azote que pueden tener los hombres y los seres de la naturaleza.
Y sucedió que un año llovió más de la cuenta y el verano se atrasó. El Brujo tuvo que esperar para encender sus lámparas y como le hacía falta su bebida favorita, se puso de un genio espantoso. Aullaba en la cima de la montaña, arrojando piedras y cenizas. Su amigo, el gigante Cheruve, hacia otro tanto, lanzando lava y agua hirviendo a los valles, y robando niñas pequeñas para comérselas.
Cuando por fin llegó el buen tiempo, hubo más lamparitas que otras veces en el bosque.
Y el Brujo, al no encontrar toda la bebida que necesitaba para apagar su tremenda sed, se vengó de los campesinos enterrando sus dedos negros en las siembras de papas.
-¡Qué peste más terrible!- se quejaban las mujeres al recoger las cosechas y encontrar las papas podridas-. ¿Qué comeremos este año?
Y pensaban en sus niños que pasarían hambre.
Se reunieron los jefes y dueños de las tierras para decidir qué hacer con el malvado Brujo.
El más joven dijo:
-Dejémosle el mudái junto a los matorrales; nosotros estaremos escondidos ahí y cuando esté borracho, le damos la paliza. A ver si así no regresa.
Algunos dijeron que sí y otros que era muy peligroso apalear al Brujo, porque podía convertirlos en ranas o en peces.
-¡Y hasta en piedras! - gritó otro más miedoso.
El de mediana edad aconsejó:
-Le pondremos algo amargo como el natre en la chicha, una yerba que le dé dolor de estómago y le quite para siempre las ganas de tomarla.
Pero también hubo razones en contra: al no hallar la bebida de su gusto, podría vengarse de manera terrible, robando los animales o matándolos.
Entonces habló el más anciano:
-Creo que tendremos que juntarnos todas las criaturas de la Tierra para ganarle al gran Brujo del demonio. Quiero decir que tenemos que reunirnos con nuestros animales protectores del aire, de la tierra y del agua. Y también será necesario invocar a los buenos espíritus de las selvas. Entre todos, tal vez podamos echarlo para siempre de nuestros valles.
Esta vez los jefes, los campesinos y los jóvenes estuvieron de acuerdo.
-La violencia nunca es una solución -concluyó el anciano-, un golpe acarrea tarde o temprano otro golpe; pero actuar unidos y con astucia traerá un buen final.
Cada familia se preocupó de hablar con su animal protector.
Y unos acudieron a las colinas para conversar con el Guanaco y otros a las selvas para hablar con el Puma. Los de la orilla del mar conferenciaron con los Delfines y los de la montaña, con el Aguila Blanca.
Los que habitaban cerca de las selvas se internaron para comunicarse con los espíritus de los árboles, cuyos pensamientos son profundos como raíces y amplios como sombras.
El espíritu del Canelo aconsejó lo más sabio:
-El Brujo de la montaña necesita sus lámparas para no perderse en la espesura de la selva; si se las quitamos, no podrá atravesar los bosques y no sabrá encontrar los senderos hacia los valles. Sólo así nos dejará en paz.
Los hombres y los animales consideraron que el Canelo había dado la solución mejor y más sencilla. Y además, no encerraba ninguna violencia.
En seguida se pusieron a planear lo que cada uno tendría que hacer para arrebatar al Brujo sus lamparitas.
Los campesinos juntarían cientos de jarros de chicha para emborracharlo por largo tiempo. Después de mucho beber, el Brujo regresaría a través del bosque tan mareado y cegatón, que sería muy fácil confundirlo y cada hombre, cada niño y animal escondería una de las brillantes luces, dejando al malvado a oscuras para siempre.
Ese mismo día las mujeres y las niñas se pusieron a fabricar grandes cantidades de la bebida favorita del Brujo. Jarros y jarros de greda se pusieron a fermentar y el olor del mudái llenaba el aire y se lo llevaba el viento hasta la montaña. Porque el viento también quiso participar en la guerra contra el que hacía tanto daño.
En torno a cada ruca se alinearon los cántaros llenos hasta los bordes. Allá, en su gruta, el Brujo, aún dormido, empezó a oler el agrio perfume con que el viento le hacía cosquillas, envolviéndolo de la cabeza a los pies.
No tardó en despertar, sediento:
-¡Qué olores suben del valle! ¡Aaaah! Esos infelices aprendieron bien la lección que les di, al pudrirles sus cosechas de papas. Llevaré un buen fuego para mis lámparas, porque esta vez sí que la borrachera será grande.
Pidió a su amigo, el Cheruve, que le prestara una de sus teas y a cambio él le traería una indiecita para la comida. ¿ Qué más se quería el gigante?
Bajó entonces el Brujo agitando su fuego como bandera, de modo que los que estaban esperándolo se pusieron alerta.
Encendió lámparas iluminando cada sendero del bosque para tener seguras las huellas a su regreso. Y luego se dirigió hacia los cientos de cántaros que rodeaban las rucas.
-Nunca he probado un mudái tan delicioso como éste exclamó el Brujo, tragando sin parar-. La próxima vez apestaré todos los manzanos, porque veo que da buen resultado el maltrato.
Ni por un instante se le pasó por la cabeza que tanto jarro lleno pudiera ser trampa.
Poco antes del amanecer, cuando la noche es más oscura y tranquila, porque todos los seres, aun los nocturnos, reposan, el Brujo inició su regreso, olvidando por cierto la indiecita prometida al Cheruve. A medida que se internaba en el bosque, iban desapareciendo una a una las lamparitas que dejara encendidas.
-Vaya, ¿qué pasa con mis luces? -gritó con una voz que parecía salirle de las orejas, tan mareado se sentía.
Unas ligeras risas y murmullos sonaron aquí y allá.
-¿Quién se ríe? ¡Ya verán! -aulló furioso, dándose encontrones con las ramas.
Los guanacos escondieron las luces detrás de sus cabezas, los venados, entre sus astas, los pumas, con sus anchas patas, las águilas, con sus alas, los hombres, bajo sus mantas. Y los niños huían por todas partes, como luciérnagas risueñas, llevando entre sus manos una radiante lamparita.
Hasta las truchas de los riachuelos jugaron a beberse los reflejos, iluminándose en el agua como fuegos fatuos.
El Brujo suplicó que le devolvieran sus luces, dándose cuenta de que si conseguían arrebatárselas, estaba perdido. Pero los espíritus protectores se negaron, porque no se puede creer en las promesas de un borracho.
Solamente logró que los pensamientos de los árboles guiaran hasta su gruta, donde a pesar de su derrota y de la rabia que le hervía en la cabeza, cayó al suelo echando humos alcohólicos por boca y orejas.
Nunca más pudo bajar a los valles a hacer daño a los hombres y a las criaturas humildes. Nunca más el Cheruve le prestó una tea de fuego por no haberle llevado una indiecita. Pero aquellas luces que entre todos le quitaron, vuelven a iluminar cada año los senderos y son las flores del copihue que cuelgan de los ramajes de la selva como campanitas.
Una de esas canciones que me alegran el alma...
He encontrado en el blog Libros y literatura un concurso de libros muy especial, porque en este caso no es para lectores sino para blogueros. Así que como me consta que más de uno tenéis blog sobre libros os animo a entrar en la página del concurso y ver de qué va. Un extracto:
Con el objetivo de hallar las cuatro mejores reseñas literarias de la blogosfera y premiar a sus escritores con el Marcapáginas de Plata y sendos lotes de libros valorados en total en más de 3.000 €, el Equipo de Libros y Literatura organiza los “Premios Libros y Literatura 2010”.
Para participar en él, todas las personas físicas poseedores de un blog y/o escritores habituales de él deberán inscribirse, antes del sábado 25 de diciembre de 2010, siguiendo los pasos indicados en las bases completas del concurso.
La elección de los ganadores se llevará a cabo mediante dos jurados. Dos de los premiados serán elegidos por un jurado cerrado compuesto por los miembros del equipo de Librosyliteratura.es, escritores, editores y creadores de blogs literarios. Los otros dos ganadores serán escogidos por el público en general, entre los que se sortearán tres lotes de 20 libros cada uno. El período de votación será del lunes 27 de diciembre de 2010 al miércoles 5 de enero de 2011.
También, el blog que haga difusión y consiga más clics en el banner oficial del concurso colocado en su página, será ganador de otro lote de libros. Entre los blogs difusores que no ganen, se sorteará otro lote. La resolución de los premios se hará pública el viernes 7 de enero de 2011, así como los nombres de los ganadores de los sorteos. Para más información sobre el concurso y sus premios, lee las bases completas aquí: http://www.librosyliteratura.es/concurso-libros-2010.html.
Tras largas deliberaciones me han animado a participar con la reseña de Lesbianarium: http://deletras.blogcindario.com/2010/07/00513-lesbianarium-carme-pollina.html pero admito sugerencias, ¿cuál es la que más os ha gustado? Pues aparte de pensar en cual de mis reseñas es vuestra preferida os animo a pensar en vuestras propias reseñas y participar en el concurso, que es muy interesante!! Más información, en el banner a continuación:
Resumen de la editorial: "No hace falta ser un lince para darse cuenta de que Lara Lington no atraviesa un buen momento: su novio le ha dado esquinazo, su mejor amiga se ha largado a Goa y la empresa de cazatalentos que ha montado con ella se va al garete. Ya es hora de que algo le salga bien. Pues no. En plena tormenta existencial, aparece nada menos que el fantasma de su tía abuela Sadie, recientemente fallecida a la edad de 105 años. Con el aspecto y la marcha de una joven de los años veinte, Sadie la apremia para que recupere un misterioso collar desaparecido en extrañas circunstancias, sin el cual nunca podrá disfrutar en paz de su eterno descanso. Y aunque Lara intenta tomárselo con calma, la impulsiva Sadie la empujará a través de un alucinante y laberíntico enredo en el que se verán envueltos personajes como su repelente prima Diamanté, un estirado ejecutivo norteamericano y hasta la misma policía, que se pondrá a husmear ante la sospecha de un improbable asesinato. Así, a lo largo de este hilarante laberinto, Lara acabará convencida de que, si cuentas con la ayuda de un fantasma, al final las cosas siempre se arreglan."
No hay nada como leer un libro fresco y divertido con estos días de invierno fríos y lluviosos que bajan el ánimo hasta límites insospechados. En este caso os traigo una novela de Chik-lit, de la mano de Sophie Kinsella, una de las autoras preferidas para este género junto a Marian Keyes.
Es muy divertida y totalmente surrealista. Pongámonos en situación. La protagonista tiene una de esas temporadas especialmente horribles: su novio la deja, su socia la deja tirada, sus padres empiezan a pensar que necesita un psicólogo... Y de pronto se encuentra con un fantasma, el de su recién fallecida abuela a la que no conoce, que se empeña en acompañarla a todas partes. Pero no como una tierna abuelita de 105 años, sino como la joven de 23 años que fue en su día. Y aún más lejos, es el fantasma de una chica joven con muchas ganas de fiesta, de conocer chicos y de hacer lo que le apetece cuando le apetece. Da pie a diálogos de lo más curioso pero sobre todo, con mucho humor. Y lo más interesante es la mezcla entre el pasado y el presente, y dos mujeres tan diferentes pero que encajan perfectamente.
Como toda historia de Chik-lit es una novela romántica con chica joven como protagonista, líos de pareja y problemas en su vida personal que, en clave de humor, terminan por superarlos. Cuando estéis a unas páginas del final estaréis seguros de saber cómo termina, pero lo cierto es que esta novela sorprende, da unos cuantos giros a lo habitual en este género. Es original, que yo sepa es la única que tiene un fantasma como personaje principal pero este detalle no es lo importante, sino su papel en la trama, divertido y dinamizador y que es una chica de los años 20, con su distinta forma de pensar, sus distintas prioridades y su especial modo de ver la vida. Además, la trama no es única. Paralela a la historia principal hay varios detalles que hacen que la novela sea amena y mantenga enganchada en todo momento.
El lenguaje es muy sencillo, la trama es muy dinámica y está contado en primera persona, por lo que es la historia resulta más cercana. Se lee de un tirón y en poco tiempo. Otro punto interesante de esta historia es que a pesar de ser tan exagerada en los papeles como es habitual, tiene un carácter divertido y no tan extremadamente dulce como se podría esperar. La protagonista por ejemplo está totalmente atada a un ex que ya no la quiere, hasta el punto de que llega a darte penilla. Y el fantasma... pues es una pena que sea un fantasma, la verdad. Pero bueno, surgen un montón de escenas divertidas y momentos peculiares, y el final como siempre en estos libros, da un toque de esperanza y de felicidad, así que recomiendo leerlo sobre todo al que tenga el ánimo bajo, que seguro que después de leerlo, está mucho más animado.
Mario Vargas Llosa pronunció ayer en Estocolmo su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura, el acto más importante para el autor dentro de la Semana del Nobel y junto a la entrega del galardón de manos de Carlos Gustavo de Suecia el próximo viernes.
En su discurso, titulado "Elogio de la lectura y la ficción", el escritor rindió homenaje a su madre, a su esposa y a sus maestros y habló del descubrimiento de la lectura a los cinco años, que definió como "lo más importante que me ha pasado en la vida", sus lecturas de poemas con su madre, y criticó la política y los fanatismos. Fue un discurso emotivo en el que se emocionó el propio escritor.
Podéis leer su discurso completo a continuación, o seguirlo en vídeo desde youtube, dividido en cuatro partes:
Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
Cuarta y última parte

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas.
Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida.
Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.
De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.
Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.
El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida.
La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.
Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.

Música compuesta por John Willians para la banda sonora de Memorias de una geisha
En el fondo de la estancia
un instante nos hallamos;
la sombra nos envolvía
y nadie quiso mirarnos.
Yo sentí que me embriagaba
el perfume de los nardos
que le prendí aquella tarde
sobre su vestido blanco.
Como entonces nos queríamos
nuestros sueños se cruzaron:
yo me encontré sus mejillas
y ella encontró mis labios.
La sombra nos envolvía
y nadie quiso mirarnos;
y sin turbar el silencio,
dulcemente nos besamos.
Aprovechando los días de fiesta y que las navidades están cerca, voy a hacer mío el espíritu navideño consumista de hacer regalos y voy a ofreceros cuatro libros, pero en vez de mediante sorteo, esta vez lo haremos con un juego.
Como es de bien nacidos el ser agradecidos, lo primero que voy a hacer es dar las gracias a Isabel Blas y Neus Arqués, las autoras de los libros, y a la gente de Bubok y Alienta Novela que son los que han posibilitado el concurso y que han querido colaborar en esta ocasión igual que ya lo hicieron en el sorteo del primer aniversario del blog. Gracias!!
Y vamos con las normas:
(Importante, no las pongáis en los comentarios!!)
Y vamos con las preguntas!
Primera pregunta: ¿A qué libro corresponde esta portada y quién es el autor?

Segunda pregunta: El año en el que nació el autor de la pregunta anterior, en el que, por cierto, se hizo la adaptación en español de un programa de radio que pasó a los anales de la historia, se otorgaba el premio Nobel de literatura a un autor estadounidense. ¿Quién fue este autor?
Tercera pregunta: ¿A qué libro corresponde este pasaje?
–¿Recuerdos tristes? –preguntó el señor Smith–. Admito que los campos de trabajo son una mancha en los anales de la Madre Patria. Odio pensar en lo que podría haber ocurrido si no se hubiera firmado la tregua de 1942. Siempre he tenido la sensación de que si hubiera aguardado hasta fines de junio de 1941 para iniciar Barbarroja, como había planeado originalmente, el Führer hubiera repetido el error de Napoleón de tener que enfrentarse con el invierno además de con el Ejército soviético. Se trató de un trueque, por supuesto. Menos tiempo para prepararse, y un cierto rencor por parte de Mussolini, que tenía otros planes..., pero mejor tiempo. ¿Quién puede imaginar lo que hubiera podido hacer en aquel frió enero de 1942, en vez de forjar los inicios de la unificación europea? Ojalá su alma haya encontrado el descanso en el Valhalla, ¡pero el Führer estaba inclinado a una política racial más bien derrochadora!
Cuarta pregunta: Adivina el personaje con estas pistas
A jugar!!!
Actualización: Matizo la segunda pregunta, que como me han indicado, daba lugar a confusiones...
Actualización 2 (07/12/2010): Ya tenemos ganador! pero aún podéis ganar dos ejemplares de Todo tiene un precio
Actualización 3 (09/12/2010): Y ya tenemos los tres ganadores!! Ahora enviaré los emails para la dirección de envío, recordad que tenéis 72 horas para enviarme vuestra dirección o reabriré el juego. En cuanto tenga las direcciones de los ganadores, pondré aquí las respuestas a las preguntas.
Actualización 4: Por fin las respuestas!!
Primera pregunta: ¿A qué libro corresponde esta portada y quién es el autor?
Es Déjame que te cuente, de Jorge Bucay
Segunda pregunta: El año en el que nació el autor de la pregunta anterior, en el que, por cierto, un programa de radio pasó a los anales de la historia, se otorgaba el premio Nobel de literatura a un autor estadounidense. ¿Quién fue este autor?
William Faulkner
Tercera pregunta: ¿A qué libro corresponde este pasaje?
Hitler victorioso (reseña en el blog)
Cuarta pregunta: Adivina el personaje
Kathy, del libro Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro (reseña en el blog)
No es habitual que mi teléfono suene, así que cada vez que lo hace desconfío inmediatamente. La última vez que su vibrar me obligó a contestar pretendían conseguir que cambiara de compañía telefónica. Que no es que uno no quiera cambiar, que puede ser, sino que de decidirlo partiría de mí la llamada para efectuar dicho cambio. Desafortunadamente para la pobre operadora no existe un registro de gaznápiros inidentificables por su número y tuvo que padecerme durante algunos minutos:
- Dígame – dije.
- Hola, buen día. Quería hablar con el titular de la línea.
- Buenos días, hay varios titulares por línea señorita, con cual quiere contactar.
- Pues póngame con uno de ellos entonces.
- De qué línea.
- Pues de ésta, de cual va a ser – la ira comenzaba a notarse a través del teléfono.
- Mire de la línea defensiva tenemos a Capdevila, Puyol, Piqué y Sergio Ramos, en el mediocentro tenemos a…
- No no no, de la línea por la que hablamos jaja.
- Pues no sé a qué línea se refiere. Yo soy el titular del contrato de la línea telefónica, pero no hay ningún titular de la línea…
- Eso eso, el titular del contrato de la línea telefónica. ¿Con quién tiene usted contratado el servicio?
- Con Roca.
- ¿Qué roca? No conozco a esa compañía.
- Yo no me fío de ningún otro y usted debería hacer lo mismo señorita, en cuanto a urinarios se refiere.
- ¡No!, jajaja, que con quién tiene contratado el teléfono.
- Espere que lo miro… Con Alcatel señorita. ¿Pero por qué me preguntó usted entonces por el servicio?
- Eso es la marca del teléfono. Olvide lo del servicio. Necesito saber con qué compañía telefónica tiene contratada usted la línea telefónica a través de la cual estamos hablando caballero – decía perceptiblemente consternada por la situación.
- ¿Para qué lo necesita?
- Para ofrecerle una alternativa.
- ¿Es usted torera?
- ¿Perdone?
- Para darme la alternativa tendrá que ser usted torera señorita.
- Entiendo – un largo silencio continuó a la afirmación – Quisiera ofrecerle una opción más económica a la compañía telefónica con la que tiene usted contratada la línea de teléfono señor.
- ¿Y mi alternativa?
- Ésa es su alternativa, su opción.
- Ah, ya comprendo, y ¿qué es lo que me puede ofrecer usted entonces?
- ¿Tiene usted sólo teléfono o también adesele?
- ¿Qué es eso de adesele señorita?
- Es para conectarse a Internet.
- Pero ¿da corriente?
- Cómo que corriente… - sin duda ya andaba ciertamente desquiciada.
- Sí, señorita – continué – como me dice usted para conectarme pues me da miedo sufrir una descarga.
- Mire, le voy a colgar porque usted no quiere escuchar mi oferta.
- ¿De dónde?
- ¿¿¿Cómo que de dónde???
- De dónde pretende usted colgarme. Me parece de muy mal gusto que me amenace usted por teléfono.
- ¿Quiere oír mi oferta o no?
- No me puedo negar a oír señorita, otra cosa es que la escuche.
- ¿Quiere entonces escuchar la oferta que puedo ofrecerle?
- Por supuesto. Me encantaría.
- Podemos ofrecerle llamadas nacionales ilimitadas y 10 megas de adesele por 19.95 al mes. ¿Le interesa?
- No, lo lamento.
- ¿Y para esto me está haciendo usted perder el tiempo?
- No se equivoque señorita. Usted es la que hace que yo pierda mi tiempo escuchando una oferta que no he solicitado, usted, y los miembros de otras compañías, son los que hacen que muchos usuarios tengan que escuchar largas conversaciones absurdas que no les llevan a ningún lado. Usted es la que ha irrumpido en mi tiempo libre, no yo. Buenos días y hasta otra.
- No se preocupe, no le volveremos a llamar.
- Lo dudo…
Así han ido transcurriendo otras conversaciones similares, por unas u otras compañías y, quizá por eso, cuando el atroz timbre reverbera de pared a pared de mi humilde domicilio el pánico se apodera de mí y cientos de temblores recorren mi centro de gravedad, y aún así al final termino cogiéndolo.
- Dígame – digo estoico, aguardando y preparando mi nueva charla desquiciante.
- Hola Manolo, soy yo – me relajo, es una amiga – Mireya.
- Qué susto me has dado pensaba que sería una compañía telefónica para agobiarme con promociones.
- Es peor lo que tengo que contarte.
- ¿Qué ha pasado? – me alarmo, me emociono.
- Nada. Lo del cambio de orden de los apellidos, que me tiene seriamente preocupada – me explica y entonces mi gaznapirismo me lleva a las consecuencias evidentes si se llegara a poner en práctica aquello.
- Eres malvada Mireya, sabes que sacaré punta a algo así llamándome tú.
- Jajajaja – me responde regocijándose, deleitándose con haber sido ella la responsable de la apertura del tarro de las gaznápiras esencias – Espero con ansia el desarrollo que hagas… - y me cuelga.
No puedo más que permitir que mi enfermiza mente se congratule ante el descubrimiento que mi joven amiga me había hecho, pues no en balde su infancia, sin lugar a ningún género de dudas, habría estado cruelmente marcada (todavía más) por los ataques de todos y cada uno de sus compañeros de colegio en el caso de que sus padres no se hubieran puesto deacuerdo en el orden que debería tener los apellidos, pues entonces el desastre habría sido mayúsculo al ser el orden alfabético el que debería predominar según dictan ahora.
Por eso de la equidad (o por la gilipollez incurable de algún individuo) se conseguiría amargar la vida a una chica sin tener ella culpa alguna, no está cargada de poca ironía la situación que por decidir que conservar el apellido paterno (en este caso “Desnudo”) es algo arcaicamente machista y, en consecuencia, optar por un apellido alfabéticamente anterior, el de la madre (en este caso “Amiano”) sería sin duda equitativo para ambos sexos pues así sólo el azar de la primera letra decidiría el debate entre padre y madre (curioso cuanto menos)
Yo desde luego no puedo más que imaginar al profesor del instituto, colegio o institución cualquiera pasando lista a los asistentes cuando tuviera que llegar a la pobre Mireya:
- ¿Mireya Amiano Desnudo?
- Presente (y el rumor de la sala llegando a las carcajadas más dolorosas pasando por todo tipo de estados de alegría contagiosa)
Claro que en función de la crueldad del orador la situación podría ser peor:
- ¿Mire ya a mi ano desnudo? (esto se llamaría: “las pausas para un encabronamiento paulatino” porque sin duda el nivel de enfado de Mireya subiría considerablemente)
- Ve te a to mar por el culo.
- Fuera de clase (encima)
Pero claro, la situación sin duda siempre podría ser peor, pues su padre se apellida Desnudo, pero ¿y si se apellidara Enrojecido o Escocido? Pobre, triste y demoledora infancia y adolescencia le iba a esperar. Luego echaríamos la culpa a los padres, por ponerle a la pobre niña Mireya (que sin duda parte de culpa tendrían, pero no toda)
La lucidez de nuestros reprensentantes es francamente abrumadora pues personas con apellidos normales como Segura Fina podrían pasar a llamarse (Eva) Fina Segura (infinitamente más comercial e inolvidable) u otras composiciones al gusto de cada paladar. Aunque sin duda esto viene ocurriendo desde años inmemoriales y forman parte del anecdotario nacional, sin embargo es ahora cuando la picaresca se agudiza sabiendo que el orden establecido realmente dependería de un mero accidente como la primera letra de cada uno.
La igualdad, no obstante, es un tema complejo y sólo con resoluciones azarosas podremos estar seguros de que no somos sexistas ni parciales, pues puestos a no estar deacuerdo los predecesores en qué apellido debe primar bien podrían haber decidido nuestros representantes que le dieran el del juez que instara el caso por ejemplo (por supuesto se le daría el apellido alfabéticamente anterior de los dos que tenga el juez o la jueza), o el del hospital o clínica que vea nacer al retoño, o el de la villa, ciudad, pueblo o aldea que emita su partida de nacimiento (Entrepiernas o Borrachina entre otros)
Se me ocurre que ciertas familias de tradición y nombre histórico podría establecer como norma para acceder a la herencia de cada uno que cada miembro deba contraer matrimonio con alguien cuyo apellido sea posterior alfabéticamente, esto, que parece una soberana tontería sería indispensable para mantener el apellido eternamente y que jamás se perdiera, pero recortaría seriamente las posibilidades de encontrar marido o mujer (si te apellidas Ximelez lo llevarías jodido jodido)
Es cuestión de tiempo que otro tipo de acontecimientos se vean salpicados por la necesidad de no ser sexistas.
- ¿Qué salió en la moneda? – Susurraría el sacerdote al monaguillo para saber cómo pronunciar la siguiente frase.
- Cruz, padre – respondería.
- Puedes besar al novio – diria entonces rotundo el cura en cuestión recordando que una cruz le obligaba a decir la frase así y no como era tradicionalmente en la prehistoria.
Rafael es el autor de Manual para el perfecto gaznápiro, del que hice la reseña hace unos meses. Ahora podéis conocer su blog entrando aquí.
Resumen de la editorial: "Augusta Simpson, cariñosamente apodada "Gus", es una estrella de la televisión al mando de su programa gastronómico "¡Cocinar con Gusto!". A punto de cumplir los cincuenta años, Gus se encuentra en un momento delicado de su vida profesional y personal. En ese momento, el productor del programa le impone compartir el programa con Carmen Vega, una ex miss deslumbrante y con aires de diva, que le hace todavía más patente su edad. Tras los primeros programas con Carmen, en el que participan sus hijas, un antiguo novio de Sabrina y Hannah, su enigmática vecina, el éxito es tal que el propietario del canal les manda a todos a pasar un fin de semana juntos para conocerse mejor."
Una novela de la editorial Maeva, que ha publicado libros tan conocidos como El club de los viernes, y que se dirige en estas páginas al corazón y el alma.
La protagonista principal es una cocinera televisiva que acaba de entrar en la cincuentena que cuando parece que tiene toda su vida encarrilada, sufre un par de alteraciones que trastocan su mundo perfecto y sin sorpresas. Quizá es con la que he empatizado más porque también me pone de los nervios que mis planes se tuerzan o que simplemente se descontrolen, pero lo cierto es que a la mayoría os resultará un poco cargante su necesidad de dirigir todo y a todos.
A su lado, y para ayudarla a adaptarse Jacobs presenta toda una serie de personajes de lo más variopinto. Por un lado sus dos hijas, la responsable y la impulsiva, la solitaria y la enamoradiza, el ying y el yang, vamos. Si una os gusta seguramente la otra no.
Más personas que pasan por la novela son una amiga a la que Gus puede cuidar (que encarna el espíritu de la autosuperación), un par de hombres (el lado romántico de la novela) y una competidora (para dar un poco de emoción a la historia). La verdad es que me ha dado la sensación durante toda la novela de que las mujeres necesitan protección y seguridad y ahí están los hombres para proporcionársela, y la verdad es que no me parece un gran ejemplo en el siglo XXI pero bueno, todo tiene su público...
La historia es entretenida, sin más. He pasado un buen rato leyéndola, no os digo que no, pero no me ha supuesto un gran reto dejarla para irme a dormir, y estoy segura de que dentro de unas semanas no recordaré el nombre de la protagonista, pero lo he leído en tres días y eso ya signfica algo... Para los que leéis mi blog de forma habitual os diré que me parece un libro de verano. Diálogos amenos, fácil de leer, una trama agradable, personajes peculiares
Y un par de detalles que me han gustado, la portada, monísima, y los capítulos, que tienen un nombre de los más atrayente: patata caliente, freir espárragos, platos de toda la vida... Y a medida que vamos leyendo las páginas el título cobra sentido. Me ha parecido un punto muy curioso.
La idea original nació en Holanda hace poco más de un año, cuando un conocido fabricante de biblias holandés, Jongbloed, buscando nuevas líneas de negocio decidió dar un giro a su negocio y surgió la idea de fabricar los Dwarsligger (la versión holandesa de los Librinos).
No es un libro de bolsillo como los que conocemos ya en nuestro país. Tiene cuatro diferencias que lo convierten en un producto nuevo:

Desde la creación de los Librinos holandeses la editorial ya ha publicado más de 70 títulos y ha vendido unos 400.000 libros. Habrá que ver si tiene el mismo éxito en nuestro país. Por el momento Ediciones B, que tiene la exclusiva sobre el formato, presenta seis títulos de éxito probado: El círculo mágico, de Katherine Neville, El psicoanalista, de John Katzembach, Entrevista con el vampiro, de Anne Rice, Invierno en Madrid, de C. J. Sansom, Postdata, te quiero, de Cecelia Ahern y Africanus, de Santiago Posteguillo.
Entre los libreros parece haber suscitado buenas vibraciones. Ricardo Artola apunta que «la primera reacción de los libreros ha sido entusiasta, la demanda ha hecho que antes de ponerlos a la venta hayamos hecho ya dos reimpresiones, pasando de 12.000 a 20.000 ejemplares por título».
El precio, unos 10 euros por libro.
(Ya se que la noticia ya tiene casi un mes, pero he visto los chistes ayer y me parecieron geniales, ¿a vosotros no?)

