viernes, 31 de diciembre de 2010


- ¿El panchito o el negro?  
Los dos hombres, arrodillados uno al lado del otro, con los brazos cruzados tras la nuca, dirigieron involuntariamente la vista a la voz uniformada que acababa de formular la
pregunta.  
- ¡¿Os he dicho que me podáis mirar?! ¡La vista al suelo si no queréis que os suelte una hostia! – les gritó el policía, quien seguidamente miró a su compañero con
sonrisa bufona.  
- Entonces qué, ¿el panchito o el negro? –  repitió.
- Me da un poco igual. ¿Hacemos el juego?
Un finísimo hilo de crueldad dilató la sonrisa del primero y más joven de los dos policías; su compañero se aproximó a los dos individuos, que se miraron de reojo con expresión de
absoluto desconcierto.
- Hoy habéis tenido suerte.  Mejor dicho, uno de vosotros va a tener suerte. Nos queda uno para el cupo de este mes y, mira por dónde, tenemos aquí dos
candidatos.  
El agente desfilaba con férreo paso militar: cuatro pasos, media vuelta. Los inmigrantes, con su rostro vuelto al solitario suelo del descampado, sólo alcanzaban a ver las
bocanadas de polvo que ascendían de las botas del policía.  
- Esto es como en los concursos de la tele… pero al revés. Os vamos a hacer unas preguntas. Preguntas sobre España – su pecho hinchado subrayó cada uno de los
fonemas de la palabra España. –  El primero que conteste dos bien, gana. Pero 2 aquí el viaje se lo lleva el que pierde. Un viaje con todos los gastos pagados, todo  incluido en el calabozo, a la aldea de mierda de la que nunca debería haber salido.
¿A que os mola?  
El agente frenó en seco su marcha, colocándose con un ágil giro frente a ellos.
- Tú, negro, ¿cómo te llamas?
El hombre pronunció su nombre de manera firme, sin levantar la vista de los pies de su interlocutor.  
- Essambo.  
- Kunta Kinte has dicho, ¿no?, es que no te he oído bien.  
El policía más joven lanzó una carcajada que reprimió abruptamente en el momento en que su compañero se dirigió al segundo de los hombres.  
- ¿Y tú, cómo te llamas?  
Los labios temblorosos del sudamericano se prepararon  para pronunciar su nombre, pero el policía ahogó el intento.  
- Tú tienes cara de llamarte Wilson, ¿a que sí Wilson?
Sin esperar una respuesta, el policía reinició su compás procesional, mientras su compañero recuperó la carcajada que se había tragado veinte segundos atrás.   
- Primera pregunta, Kunta Kinte. ¿Quién escribió el Quijote?
El africano permaneció impasible y sin pronunciar palabra, la mirada anclada en el suelo; su nervudo cuerpo inmóvil brillaba bajo el intenso sol del mediodía.  
- ¿No lo sabes? A ver si lo sabes tú Wilson. ¿Quién escribió el Quijote?  
- Miguel de Cervantes.  3
La respuesta brotó como un reflejo. Sencilla. Había estudiado Historia en Ecuador. Una desafortunada sucesión de acontecimientos le había llevado a emigrar a España, donde un albañil podía cobrar diez veces más que un licenciado en Ecuador.  
- Mira por dónde, nos ha salido un intelectual. Uno cero para el pichincha –
anunció el policía con desdén.   
La nueva pregunta la lanzó el policía más joven.
- A ver si sabes la siguiente: ¿cuál es el pico más alto de España?  
Cerró los ojos. Se concentró en la pregunta. No lo  sabía. Le sonaba que era un volcán, pero le resultaba imposible concretar el nombre. Su mente le trajo en cambio la imagen
del Chimborazo, en su Guayaquil natal. En ese instante añoró la presencia del majestuoso volcán, en los raros días de invierno en que se despojaba de su velo etéreo.
-    No lo sé – contestó con voz quebrada.
El mayor de los policías le observó con desprecio durante cinco segundos que se antojaron eternos. A continuación se dirigió al africano.
-    A ver tú, negro. ¿Lo sabes?
-    El Teide – contestó desapasionadamente.
Un gesto de asombro apareció en la cara del agente. Apretó los labios, asintió levemente con la cabeza y cruzó una mirada con su compañero.
-    Correcto. Seguro que lo viste cuando llegaste en la patera, a que sí.  
De repente, los ojos del senegalés se ensombrecieron, como si un conjuro hubiese transportado su mente al fondo de un abismo insondable. Su amigo reconoció al instante esa mirada carente de vida. Fue un año atrás al calor de una hoguera, en el almuerzo de un frío día de invierno en la obra. Hacía ya varios meses que se conocían y habían 4 comenzado a intimar. Acababa de contarle cómo llegó de Ecuador a Madrid, la emoción de su primer viaje en avión. Entonces le preguntó a su amigo cómo había llegado él a España. Un denso silencio sucedió a la pregunta. Algo iba mal, se dio cuenta de que acababa de tocar un resorte doloroso; sintió profundamente haber formulado aquella pregunta. La expresión del senegalés se marchitaba a cada palabra de su historia, como chorros de sangre que lo vaciaran por dentro. Un viaje en patera de dieciocho horas. Iba con uno de sus hermanos. El mar los engulló poco antes de llegar a la orilla. El gélido abrazo del océano entumeció cada fibra de su cuerpo. Consiguió aferrar el brazo de su hermano. Con el brazo libre intentó bracear con fuerza. Tras encajar el violento golpe de una ola dejó de sentir a su hermano. Lo buscó desesperado, aterrorizado, devastado, sin éxito. No recordaba cómo consiguió llegar a tierra, pero consiguió llegar a España…
-    Siguiente pregunta. El que la acierte gana. Los Reyes Católicos fueron Isabel y…  
La reanudación del siniestro juego, con la nueva pregunta del más viejo, zambulló de lleno al sudamericano de nuevo en la pantomima. Reflexionó un instante. Giró lentamente la cabeza hacia la derecha hasta encontrar la imagen derrotada de su amigo. Clavó intensamente sus pupilas en el rostro del africano, intentando llamar su atención y contestó con firmeza:  
-    Yemapel (1)
El senegalés giró la cabeza de un bandazo, entre las risas desdeñosas de los dos policías.
Un fulgor había inundado el vacío de sus ojos. La voz del agente más joven se elevó sobre las carcajadas de su compañero.  
-    ¿Qué mierda has dicho?
La mirada del ecuatoriano seguía ligada a la de su amigo cuando repitió el nombre, esta vez de forma mucho más suave. En los ojos del africano titiló una lágrima.  
-   ¿Pero qué te crees, que aquí le ponemos a los reyes los mismos nombres que a los de tu tribu? – le increpó con sorna el agente, antes de dirigirse de nuevo al senegalés.
-    A ver si ésta la sabes tú, negro.
-  Fernando – Essambo pronunció el nombre de su amigo con voz ligeramente temblorosa.
La expresión de su rostro, ahora suavizada, y su mirada conmovida transmitían una gratitud infinita.
-   ¡Ya tenemos ganador! – exclamó el policía con histriónico entusiasmo.
La pareja de policías se acercó al sudamericano, uno a cada lado, levantándolo por las axilas. Fernando se incorporó, desatando una fina nube de polvo que se interpuso entre él y Essambo mientras caminaba escoltado por los dos agentes hacia al coche patrulla.  
Mientras el automóvil aceleraba, Fernando intentó fijar en su mente la imagen de su amigo, consciente de que jamás se volverían a ver.  Essambo permanecía inmóvil, los
brazos sobre la nuca, mirando en su misma dirección.
Al cabo de un instante ya no fue capaz de distinguir la oscura silueta. Enderezó el cuello, cerró los ojos y apoyando la cabeza contra el asiento dejó escapar un profundo suspiro.
En su rostro se dibujó una sonrisa.

 

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(1) Nota del autor: Yemapel es la transcripción fonética al español de “Je m’apelle”, que significa “Me llamo” en francés. El francés es el idioma oficial de Senegal.



Publicado por V @ 8:20  | Microrrelatos y cuentos
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