viernes, 03 de diciembre de 2010

No es habitual que mi teléfono suene, así que cada vez que lo hace desconfío inmediatamente. La última vez que su vibrar me obligó a contestar pretendían conseguir que cambiara de compañía telefónica. Que no es que uno no quiera cambiar, que puede ser, sino que de decidirlo partiría de mí la llamada para efectuar dicho cambio. Desafortunadamente para la pobre operadora no existe un registro de gaznápiros inidentificables por su número y tuvo que padecerme durante algunos minutos:

-    Dígame – dije.
-    Hola, buen día. Quería hablar con el titular de la línea.
-    Buenos días, hay varios titulares por línea señorita, con cual quiere contactar.
-    Pues póngame con uno de ellos entonces.
-    De qué línea.
-    Pues de ésta, de cual va a ser – la ira comenzaba a notarse a través del teléfono.
-    Mire de la línea defensiva tenemos a Capdevila, Puyol, Piqué y Sergio Ramos, en el mediocentro tenemos a…
-    No no no, de la línea por la que hablamos jaja.
-    Pues no sé a qué línea se refiere. Yo soy el titular del contrato de la línea telefónica, pero no hay ningún titular de la línea…
-    Eso eso, el titular del contrato de la línea telefónica. ¿Con quién tiene usted contratado el servicio?
-    Con Roca.
-    ¿Qué roca? No conozco a esa compañía.
-    Yo no me fío de ningún otro y usted debería hacer lo mismo señorita, en cuanto a urinarios se refiere.
-    ¡No!, jajaja, que con quién tiene contratado el teléfono.
-    Espere que lo miro… Con Alcatel señorita. ¿Pero por qué me preguntó usted entonces por el servicio?
-    Eso es la marca del teléfono. Olvide lo del servicio. Necesito saber con qué compañía telefónica tiene contratada usted la línea telefónica a través de la cual estamos hablando caballero – decía perceptiblemente consternada por la situación.
-    ¿Para qué lo necesita?
-    Para ofrecerle una alternativa.
-    ¿Es usted torera?
-    ¿Perdone?
-    Para darme la alternativa tendrá que ser usted torera señorita.
-    Entiendo – un largo silencio continuó a la afirmación – Quisiera ofrecerle una opción más económica a la compañía telefónica con la que tiene usted contratada la línea de teléfono señor.
-    ¿Y mi alternativa?
-    Ésa es su alternativa, su opción.
-    Ah, ya comprendo, y ¿qué es lo que me puede ofrecer usted entonces?
-    ¿Tiene usted sólo teléfono o también adesele?
-    ¿Qué es eso de adesele señorita?
-    Es para conectarse a Internet.
-    Pero ¿da corriente?
-    Cómo que corriente… - sin duda ya andaba ciertamente desquiciada.
-    Sí, señorita – continué – como me dice usted para conectarme pues me da miedo sufrir una descarga.
-    Mire, le voy a colgar porque usted no quiere escuchar mi oferta.
-    ¿De dónde?
-    ¿¿¿Cómo que de dónde???
-    De dónde pretende usted colgarme. Me parece de muy mal gusto que me amenace usted por teléfono.
-    ¿Quiere oír mi oferta o no?
-    No me puedo negar a oír señorita, otra cosa es que la escuche.
-    ¿Quiere entonces escuchar la oferta que puedo ofrecerle?
-    Por supuesto. Me encantaría.
-    Podemos ofrecerle llamadas nacionales ilimitadas y 10 megas de adesele por 19.95 al mes. ¿Le interesa?
-    No, lo lamento.
-    ¿Y para esto me está haciendo usted perder el tiempo?
-    No se equivoque señorita. Usted es la que hace que yo pierda mi tiempo escuchando una oferta que no he solicitado, usted, y los miembros de otras compañías, son los que hacen que muchos usuarios tengan que escuchar largas conversaciones absurdas que no les llevan a ningún lado. Usted es la que ha irrumpido en mi tiempo libre, no yo. Buenos días y hasta otra.
-    No se preocupe, no le volveremos a llamar.
-    Lo dudo…

Así han ido transcurriendo otras conversaciones similares, por unas u otras compañías y, quizá por eso, cuando el atroz timbre reverbera de pared a pared de mi humilde domicilio el pánico se apodera de mí y cientos de temblores recorren mi centro de gravedad, y aún así al final termino cogiéndolo.

-    Dígame – digo estoico, aguardando y preparando mi nueva charla desquiciante.
-    Hola Manolo, soy yo – me relajo, es una amiga – Mireya.
-    Qué susto me has dado pensaba que sería una compañía telefónica para agobiarme con promociones.
-    Es peor lo que tengo que contarte.
-    ¿Qué ha pasado? – me alarmo, me emociono.
-    Nada. Lo del cambio de orden de los apellidos, que me tiene seriamente preocupada – me explica y entonces mi gaznapirismo me lleva a las consecuencias evidentes si se llegara a poner en práctica aquello.
-    Eres malvada Mireya, sabes que sacaré punta a algo así llamándome tú.
-    Jajajaja – me responde regocijándose, deleitándose con haber sido ella la responsable de la apertura del tarro de las gaznápiras esencias – Espero con ansia el desarrollo que hagas… - y me cuelga.

No puedo más que permitir que mi enfermiza mente se congratule ante el descubrimiento que mi joven amiga me había hecho, pues no en balde su infancia, sin lugar a ningún género de dudas, habría estado cruelmente marcada (todavía más) por los ataques de todos y cada uno de sus compañeros de colegio en el caso de que sus padres no se hubieran puesto deacuerdo en el orden que debería tener los apellidos, pues entonces el desastre habría sido mayúsculo al ser el orden alfabético el que debería predominar según dictan ahora.

Por eso de la equidad (o por la gilipollez incurable de algún individuo) se conseguiría amargar la vida a una chica sin tener ella culpa alguna, no está cargada de poca ironía la situación que por decidir que conservar el apellido paterno (en este caso “Desnudo”) es algo arcaicamente machista y, en consecuencia, optar por un apellido alfabéticamente anterior, el de la madre (en este caso “Amiano”) sería sin duda equitativo para ambos sexos pues así sólo el azar de la primera letra decidiría el debate entre padre y madre (curioso cuanto menos)

Yo desde luego no puedo más que imaginar al profesor del instituto, colegio o institución cualquiera pasando lista a los asistentes cuando tuviera que llegar a la pobre Mireya:

-    ¿Mireya Amiano Desnudo?
-    Presente (y el rumor de la sala llegando a las carcajadas más dolorosas pasando por todo tipo de estados de alegría contagiosa)

Claro que en función de la crueldad del orador la situación podría ser peor:

-    ¿Mire ya a mi ano desnudo? (esto se llamaría: “las pausas para un encabronamiento paulatino” porque sin duda el nivel de enfado de Mireya subiría considerablemente)
-    Ve te a to mar por el culo.
-    Fuera de clase (encima)

Pero claro, la situación sin duda siempre podría ser peor, pues su padre se apellida Desnudo, pero ¿y si se apellidara Enrojecido o Escocido? Pobre, triste y demoledora infancia y adolescencia le iba a esperar. Luego echaríamos la culpa a los padres, por ponerle a la pobre niña Mireya (que sin duda parte de culpa tendrían, pero no toda)

La lucidez de nuestros reprensentantes es francamente abrumadora pues personas con apellidos normales como Segura Fina podrían pasar a llamarse (Eva) Fina Segura (infinitamente más comercial e inolvidable) u otras composiciones al gusto de cada paladar. Aunque sin duda esto viene ocurriendo desde años inmemoriales y forman parte del anecdotario nacional, sin embargo es ahora cuando la picaresca se agudiza sabiendo que el orden establecido realmente dependería de un mero accidente como la primera letra de cada uno.

La igualdad, no obstante, es un tema complejo y sólo con resoluciones azarosas podremos estar seguros de que no somos sexistas ni parciales, pues puestos a no estar deacuerdo los predecesores en qué apellido debe primar bien podrían haber decidido nuestros representantes que le dieran el del juez que instara el caso por ejemplo (por supuesto se le daría el apellido alfabéticamente anterior de los dos que tenga el juez o la jueza), o el del hospital o clínica que vea nacer al retoño, o el de la villa, ciudad, pueblo o aldea que emita su partida de nacimiento (Entrepiernas o Borrachina entre otros)

Se me ocurre que ciertas familias de tradición y nombre histórico podría establecer como norma para acceder a la herencia de cada uno que cada miembro deba contraer matrimonio con alguien cuyo apellido sea posterior alfabéticamente, esto, que parece una soberana tontería sería indispensable para mantener el apellido eternamente y que jamás se perdiera, pero recortaría seriamente las posibilidades de encontrar marido o mujer (si te apellidas Ximelez lo llevarías jodido jodido)

Es cuestión de tiempo que otro tipo de acontecimientos se vean salpicados por la necesidad de no ser sexistas.

-    ¿Qué salió en la moneda? – Susurraría el sacerdote al monaguillo para saber cómo pronunciar la siguiente frase.
-    Cruz, padre – respondería.
-    Puedes besar al novio – diria entonces rotundo el cura en cuestión recordando que una cruz le obligaba a decir la frase así y no como era tradicionalmente en la prehistoria.

 

Rafael es el autor de Manual para el perfecto gaznápiro, del que hice la reseña hace unos meses. Ahora podéis conocer su blog entrando aquí.


Publicado por V @ 8:27  | Microrrelatos y cuentos
Comentarios (1)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Rafael Nebrera
viernes, 03 de diciembre de 2010 | 11:36
Vaya, gracias, qué sorpresa. En la página de seguidores a mi nombre en Facebook voy colgando más, uno por semana generalmente.

Un abrazo grande. ;)