Bajo el hielo del glaciar hay una figura aquietada entre dos pasos. Toneladas de frío lograron aplacar su afán viajero y su hambre de cordilleras y hasta su rostro quedó convencido y pleno con la sonrisa del estoico. La cristalización alcanzó hasta lo más hondo, y es aquí donde se da la paradoja: que en el centro de su mente un pensamiento breve quedó paralizado («Lejos... más lejos...») y su terca persistencia hoy empuja al glaciar ladera abajo.