El girasol se viró hacia su compañero de fila y le observó durante un breve instante.
- Creo que no estamos solos en la pradera – le espetó, con aire misterioso.
Su colega ni se inmutó: no se movió un sólo pico de la corona de oro que bordeaba el botón de su cara.
El primer girasol tembló, como recorrido por un escalofrío. Bajó la voz, que ahora tenía un pequeño filo nervioso.
- Te digo que no estamos solos – repitió.
El segundo girasol cerró los ojos, cegado por la luminosidad del cielo. La brisa traía un zumbido de miles de insectos, que casi hacía vibrar la tierra roturada, listada y cubierta con una marea amarilla. Todos los girasoles de la parcela levantaban sus cabecitas doradas hacia el astro rey, sumidos en un silencio extasiado.
- Lo descubrí por casualidad el otro día. Escuché voces – avanzó el girasol parlanchín.
El segundo meneó sus hojas suavemente, gesto que el otro interpretó como de ánimo.
- No son como nosotros- continuó- Y hablan todos exactamente igual: es imposible distinguir a uno de otro. Tampoco creo que se les pueda diferenciar a simple vista. Son copias de un mismo modelo.
El segundo girasol observó de reojo la valla metálica que les separaba de la siguiente parcela de girasoles.
- Creo que planean invadirnos -apuntaba en aquel momento su vecino, casi al borde de la histeria.
El girasol callado dejó caer un reguero de semillas, como goterones de miel, en la tierra. Al otro lado de la valla, un congénere exactamente igual que él imitó su gesto en perfecta sincronía.