Era un mar de cuerpos de mujeres desnudas, tumbadas al sol, con la piel dorada, a veces cobriza y hasta roja en las crestas de las cumbres más viejas, pero eran cuerpos inmensos, con pechos que superaban a veces los doscientos metros de altura, traseros de un kilómetro de diámetro, y largas piernas, inacabables piernas, inaccesibles piernas, por las que los camellos ascendían pesadamente, resbalando, chillando y mordiendo, amenazando a cada instante con flanquear y caer redondos hasta el pie de la duna para no levantarse más y concluir devorados por la arena.
Los gassi, los pasos entre una y otra duna, se convertían en un tortuoso laberinto, inexistentes la mayoría de las veces, o que volvían al punto de partida muchas otras y tan sólo el increíble sentido de orientación de Gacel y la seguridad de su criterio, les permitía avanzar hacia el Sur día tras día, sin retornar sobre sus propios pasos.
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