“Las palmeras aman tener la cabeza en el fuego y los pies en el agua”, aseguraba un viejo adagio, y ante sus ojos se ofrecía la confirmación del proverbio, pues extendiéndose hasta casi perderse de vista en la distancia, alzaban sus penachos al cielo más de veinte mil palmeras, sin importarles que el calor resultara bochornoso, ya que sus raíces se hundían firmemente en el agua clara y fresca de cien manantiales e innumerables pozos.
Era en verdad un hermoso espectáculo, incluso con el sol cayendo a plomo, vertical y justiciero, desolador y agobiante, porque dentro, en el inmenso despacho oscuro, protegido del exterior por gruesos cristales y suaves visillos inmaculadamente blancos, el aire acondicionado mantenía siempre, de día y de noche, durante todas las épocas del año, la misma temperatura, casi gélida, que el gobernador Hassán-ben-Koufra exigía, sin discusión posible, para trabajar a gusto.
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