Al amanecer, el teniente Razmán se detuvo a repostar gasolina, vació el bidón, y lo volteó para que Gacel comprobara que no mentía.
—Se está acabando... —le hizo notar.
El targuí no respondió. Sentado en la trasera del vehículo observaba el horizonte que iba tomando forma, y la línea negra que se dibujaba ante ellos, quebrada e inarmónica. El macizo de Sidi-el- Madia se alzaba de improviso en la llanura, rojo y ocre, fruto de un inmenso cataclismo anterior probablemente a la aparición del hombre sobre el planeta, como si una mano monstruosa lo hubiera empujado desde los centros mismos de la tierra colocándolo allí por arte de brujería.
[...]
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