Los cuatro hombres emprendieron la marcha al unísono, uno desde cada punto cardinal, con la orden expresa de coincidir a la medianoche sobre el targuí, acabar con él si no había otro remedio, y reemprender el camino para estar de regreso al amanecer.
El sargento mayor Malik-el-Haideri, no permitió que nadie ocupase su puesto, y antes de que los mosquitos comenzaran a despertar siguió las huellas que el fugitivo había dejado en el borde de la sebhka, y se adentró en ella, con su rifle en bandolera, aun convencido como estaba de que el sucio “Hijo del Viento” se había esfumado.
Cuándo lo había hecho, o dónde se encontraba en esos momentos, no podía saberlo, y se preguntaba cómo se las arreglaría para escapar a pie y sin agua del inmenso erg, si el pozo más próximo se encontraba a más de cien kilómetros, cerca ya de las estribaciones de las montañas de Sidi-elMadia.
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