Alcanzó el borde de la salina cuando el sol estaba ya muy alto, calentaba la tierra y empujaba a los mosquitos a sus refugios, bajo las piedras y los matojos.
Se detuvo y observó la blanca extensión que brillaba como un espejo a veinte metros bajo sus pies, hiriendo los ojos y obligándole a entrecerrarlos, pues la sal devolvía la luz con furia, amenazando con quemarle las pupilas aun acostumbrado como estaba, desde niño, a la violenta luminosidad de las arenas del desierto.
Por fin, buscó una gruesa piedra, la alzó con las dos manos y la dejó caer al fondo. Como esperaba, al llegar abajo la piedra quebró la costra reseca por el sol y desapareció en el acto. Por el hueco que había dejado surgió pronto, borboteando, una masa pastosa de color castaño claro.
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