viernes, 08 de enero de 2010
Caía la tarde cuando el asistente del capitán descubrió el cadáver.

Sus gritos, casi histéricos, se desparramaron por el oasis, e hicieron que los hombres arrojaran al suelo sus palas y acudieran corriendo para amontonarse en la pequeña barraca, de la que el sargento mayor tuvo que expulsarlos a empujones.

Cuando se quedó al fin solo ante el cadáver y el charco de sangre cubierto de moscas, tomó asiento en un taburete y maldijo su suerte. El hijo de perra que había hecho aquello podía haber esperado cuatro días.



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Publicado por 100x100reader @ 8:30  | Novela: Tuareg
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