...
...
...
Desnuda eres tan simple como una de tus manos:
lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente.
Tienes líneas de luna, caminos de manzana.
Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.
Desnuda eres azul como la noche en Cuba:
tienes enredaderas y estrellas en el pelo.
Desnuda eres redonda y amarilla
como el verano en una iglesia de oro.
Desnuda eres pequeña como una de tus uñas:
curva, sutil, rosada hasta que nace el día
y te metes en el subterráneo del mundo
como en un largo túnel de trajes y trabajos:
tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.
—Pero, ¿a ti qué te pasó? —me preguntó— ¿Lo sabes? ¿Cómo llegaste aquí? Porque yo no tengo ni idea.
—No —respondí impaciente—, ni siquiera sé dónde o qué es aquí.
Pensé que él, o ella, estaba más confundido que yo, lo que ya me parecía difícil, tomando en cuenta mi situación: yo sólo podía pensar en el odio hacia Carla, en su culpa. La rabia me inundaba. Ella era la causante de todo. Estaba seguro.
—¿Culpable de qué? ¿Qué es lo último normal que recuerdas? —insistió aquella voz a mi lado.
—¿Normal? —en ese momento me di cuenta de que había algo irregular en la situación, que yo no había hecho consciente. Claro, tanta blancura a mi alrededor, esa especie de niebla, tenía que haberme hecho sospechar que algo no iba bien. ¿Y Carla tenía algo que ver con esto?
Él me escuchó. Pudo oír mis pensamientos, o leerlos en mi cara. Fue entonces cuando intenté mirar la suya, y me di cuenta de que percibía su presencia como si estuviese dentro de mí. Podía sentirle, incluso oírle, pero no tocarle. ¿Estaba ahí? Pero, ¿dónde estaba? ¿Quién estaba? Un segundo después estaba fuera de mí, mirándome a los ojos, con un interrogante pintado en cada pupila. Algo no encajaba.
—Lo último normal —respondí haciendo un esfuerzo por destapar la memoria—, pues, venía discutiendo con Carla, mi mujer, ya sabes, discutiendo porque… bueno, por cosas —corté en seco la confesión. Podía detener las palabras, pero no las imágenes que a borbotones brotaban de mi mente.
Mis manos al volante. El asfalto frente a mis ojos. La voz de Carla. La línea blanca en el negro asfalto. Sus lágrimas. La mías. Los árboles girando a los lados. El pedal del acelerador temblando bajo mi suela, mi pierna tensa empujando al pie. Como una avalancha llegó a mi memoria: todo. Su confesión, mi dolor, nuestra tristeza. La humillación, la incontenible furia apoderándose de mi ser, consumiéndome como el fuego abrasa el papel.
—Todo pasó muy rápido —pensaba en voz alta—, y ahora lo siento de otra forma, es un dolor sordo. Tal vez ya ni me duele.
—Aquí ya no te va a doler más —me contestó con una sonrisa que imaginé en sus labios. Entonces pude verle, comprendí y, tras un suspiro, le solté:
—Así que esto era todo —observaba con nuevos ojos la niebla eterna—. ¿No hay nada más?
—No —me dijo tranquilo—, no hay más allá.
—Si lo hubiese sabido antes —le aseguré—, me habría ahorrado tanta iglesia y tanta rezadera.
“Mis padres son ateos, pero si los colores existen, también debe existir Dios”. Al comienzo, no asimilé las dimensiones de la frase. Mientras Sandra iba al baño, cerré los ojos y me esforcé en pensar que así los había tenido desde siempre. Supe que ni siquiera cabía decir que el mundo era negro. Sólo pude tener la certeza de que era monocromático, sin saber muy bien a qué me refería.
Sandra Bertorello Garay, ciega de nacimiento, acaba de publicar “Los sentidos del Yo”, un ensayo escrito en braille y de tirada insignificante, puesto que lo ha editado con sus propios recursos. Personalmente, espero que alguna editorial se interese en traducirlo para el público vidente y lo difunda como es debido, porque el tema, además de interesante, está enfocado desde una perspectiva ajena al común de los humanos y con una vehemencia perturbadora.
La cafetería en la que conversamos sobre sus teorías tenía un aspecto horrendo. Ninguna mesa era igual o parecida a otra, los manteles lucían diseños que no combinaban entre sí y la vajilla y cubertería parecían haber sido recolectadas en incursiones clandestinas a otros locales. En contrapartida, he de admitir que el sabor del café y su aroma eran inigualables. Aunque la vista casi me impidió apreciarlo.
Sandra Bertorello asume su realidad sin quejas. Tampoco agradece haber nacido ciega, pero, como buena optimista que es, sostiene que su discapacidad física ha sido una ventaja crucial para poder encontrarse a sí misma. El título de su obra, “Los sentidos del Yo”, anticipa sutilmente los dos temas que desarrolla este ensayo. Uno plantea las razones de existir como una unidad y, el otro, cuestiona si los procesos sensoriales son inherentes al ser.
Para obtener conclusiones sobre el segundo punto, se aventuró a experimentar otras limitaciones. Durante más de dos años y medio, vivió con la nariz y los oídos taponados. Además, usaba guantes y se sometía a largos periodos de ayuno. “No podía tomar prestados un par de ojos para entender una realidad distinta a la mía y, en consecuencia, conocerme más. Sin embargo, me era factible el dejar de oír y oler para alcanzar el mismo fin… Cuanto más se disipaba la presencia del exterior, mi conciencia aumentaba”.
“No me equivoco al sostener —lo he comprobado— que los sentidos no sólo no son parte de la esencia del Yo, sino que se encargan de alejarnos de él, porque su responsabilidad es la subsistencia y para ello deben estar atentos al entorno y a nuestras necesidades corporales. Pensar en el Yo distrae… Hay quienes proponen que el camino a seguir es el opuesto. Que contemplar la naturaleza es acercarnos a nuestra raíz. Quizá ambos caminos sean válidos, pero, dada mi circunstancia, sólo puedo optar por uno de ellos… Y para contar con un entendimiento amplio sobre algunos conceptos, no me queda más que confiar; como cuando dicen que no se alcanza a divisar la otra orilla. ¿La verdad depende del número de personas que lo afirman?”.
Cuando regresó del baño, no la vi venir. “Un día que mis padres exponían sus argumentos en contra de la existencia de Dios, intervine para poner en duda la de los colores. La anécdota no murió ahí, comencé a dudar sobre su capacidad de ver y me angustié al sospechar que ellos y el resto eran como yo y que el concepto de visión era un astuto juego de poder. Por lógica, mis paranoias cesaron ante algunas demostraciones irrefutables. Mal que bien, duraron lo suficiente para sembrar el deseo incontrolable por saber quién y qué era Yo”.
“Pese a la gran satisfacción que me da conocerme, no puedo evitar querer ver. Más por curiosidad. Me encantaría descubrir, entre otras cosas, los colores. Y reconozco que dudo, y que dudar me produce un poco de miedo. A veces creo que son un invento colectivo para hacer la vida más llevadera. O cabe la feliz posibilidad de que simplemente sea una incapacidad mía”.
(Podéis leer más cuentos de Rafael en su web No cuentos)
Resumen de la editorial: "Reina la Edad Oscura en tierras de Britania... ...un tiempo de caos y derramamientos de sangre. Hace mucho tiempo que las legiones romanas abandonaron las islas británicas y Uter Pandragón, el gran rey de la Britania Celta, está próximo a la muerte. Su reino se incendia en enfrentamientos entre los jefes tribales que se disputan su trono. Artorex, de padres desconocidos, es entregado a Antor y Livinia, los señores de una villa romana. Allí vive como un sirviente hasta que aparecen tres importantes caballeros que ordenan que sea adiestrado como un guerrero: en la espada y el escudo, en el caballo y el fuego, en el valor y el dolor. El país está sumido en una situación desesperada y las grandes ciudades orientales están cayendo bajo la amenaza de las hordas sajonas. Artorex se gana la estima de los guerreros celtas y al frente de los mismos derrota en varias batallas a los sajones. Con su carisma y sus dotes guerreras demuestra que sólo él es capaz de unificar a las tribus británicas. Pero para poder alcanzar su destino y llegar a ser el gran rey de los británicos, Artorex debe encontrar la corona y la espada de Uter. El futuro de Britania está en juego."
M. K. Hume es profesora de Historia y Literatura inglesa. Aunque ya ha escrito otros libros (también es la autora de la trilogía Merlín), El rey Arturo es un trabajo que recoge sus años de investigación y docencia. Y comento esto porque aunque ya se han escrito muchos libros sobre Arturo y sus caballeros, este libro está dotado de un punto de originalidad: Hume le roba todo el aspecto mágico y le convierte en un hombre de carne y hueso, con sus equivocaciones y debilidades.
También desaparece la imagen de los caballeros románticos y nobles al más puro estilo Richard Gere y aparecen las envidias, las matanzas y asesinatos crueles y las intrigas propias de señores con un cierto poder que quieren mantener bajo cualquier circunstancia.
Ha sido una gran sorpresa, porque aunque había leído la ficha de la editorial (que muy amablemente me enviaron desde Alianza Editorial, gracias Raúl!), al tener el libro en mis manos tuve una sensación (por la portada y los colores) que iba a estar destinado a un público juvenil. Y para nada, es un libro perfecto para los lectores con algo más de edad, especialmente para los amantes de la novela histórica.
Por cierto, es el primer libro de una trilogía que gira en torno a Arturo, o Artorex, desde su niñez hasta su reinado, etapa a la que se llega en las últimas páginas de este primer libro.
Es una novela larga, de 480 páginas muy bien aprovechadas. Nada de amplios márgenes para rellenar. Así que plantearos que os llevará unos días terminarlo. Pero no serán muchos, porque es una historia con fuerza que mantiene el interés desde principio a fin.
La historia se desarrolla en la Britania postromana, incendiada por las violentas batallas entre sajones y celtas, insegura por continuos conflictos tribales e influenciada aún por los últimos vestigios de la presencia de las legiones. El comienzo transcurre en la tranquila villa Poppinidii, en la que Arturo vive siendo niño. Pero poco a poco se va haciendo mayor, más sabio y sereno, y de la calma de la villa pasa a estar rodeado de la violencia de la fortaleza Venonae. Es un cambio al que merece la pena prestar atención, cómo se va transformando todo su mundo a lo largo de los años.
Y de los personajes también puedo decir buenas cosas. Aunque pasan muchos a lo largo de sus páginas, algunos tan conocidos como Morgana, yo me quedo con Gruffydd, leal esclavo celta, sencillo, íntegro y nada cómodo en la vida de la corte. Destaca un hombre justo y honesto en el ambiente en el que vive.
Aparte de la propia historia me ha gustado el esmero con el que se ha tratado: los inicios con letra capitular, los mapas y planos, las diferentes tipografías... Muchas veces el editar un libro en tapa blanda lleva a que estos detalles se descuiden y es de agradecer cuando se presentan.
Así que en conclusión, un buen libro de una autora que seguiré con total seguridad.
La empresa estadounidense iRiver ha puesto a la venta (07/17/2011) el nuevo lector de libros electrónicos iRiver Story HD, que integra la oferta de títulos de la plataforma Google eBookstore gracias a un acuerdo con Google.
De momento, la accesibilidad a la librería de Google está limitada a los EEUU. El dispositivo, que ya está disponible a través de la cadena Target al precio de 139,99 dólares (unos 100 euros), incluye una pantalla de tinta electrónica Pearl E-Ink de 6 pulgadas; teclado Qwerty y una resolución de 768 x 1024 píxeles (a diferencia del Kindle 3 con resolución 600 x 800) que mejora notablemente la calidad de la definición del texto, respecto de otros lectores con tecnología de tinta electrónica.
El dispositivo es totalmente compatible con la librería de Google, a la que se accede vía conexión Wi-Fi (y no 3G), y los usuarios disponen de toda la oferta, no sólo los libros de dominio público. Google eBookstore incluye los catálogos de unas 250 librerías independientes estadounidenses, además de unos 3 millones de libros digitales gratuitos.
Para más información sobre características y prestaciones del iRiver Story HD os remitimos a este post de Ars Technica.
Con esta apuesta por los dispositivos de tinta electrónica y lectura en formato ePub, Google se posiciona para competir con Amazon con el objetivo de hacerse con parte de su cuota de mercado en EEUU.
(Vía Actualidad Editorial)