La pared de enfrente también estaba manchada de sangre. Las sábanas, revueltas, aún conservaban el olor del cuerpo de la mujer. Observé con tristeza la arruga que configuraba el contorno de su figura, allí donde ésta había yacido, apenas media hora antes.
- Menuda carnicería. -El agente judicial se tapó la boca con una mano para contener la arcada.
- Cuando llegué su cuerpo aún estaba caliente –le contesté con frialdad.
- ¿Cómo supo el asesino que le encontraría aquí?
Me encogí de hombros.
- Intuición, supongo.
- Tengo entendido que nunca anda demasiado lejos de usted.
Asentí.
- Es como una pesadilla…
Llevaba ocho años trabajando en la Fiscalía de la Audiencia Provincial de La Coruña cuando el caso llegó hasta nosotros. Sonreí un poco al evocarlo, y de no ser por la expresión de mis ojos, el agente habría pensado que era un recuerdo grato.
El tipo se llamaba Juan José Rivas y estaba acusado de matar a un camello de su barrio, un joven de dieciséis años al que encontraron en su sala de estar, desnudo y con el pecho ensangrentado. Le habían asestado doce puñaladas y marcado el rostro con una cruz infligida con un cuchillo de cocina, hallado en el salón con las huellas del acusado marcadas en sangre.
Juan José fue fácil de procesar. Al hecho de no tener coartada y de haber sido encontrado en posesión del arma homicida, se sumó su derrumbe durante los interrogatorios. Ni siquiera su abogado creía en su inocencia. Les propusimos un trato y lo aceptaron. Al poco tiempo ingresó en prisión.
No fue sino dos años después cuando nos dimos cuenta del grave error que habíamos cometido. Cuando otro camello apareció muerto en una nave industrial abandonada cerca del muelle, con la misma cruz ensangrentada en el rostro.
El abogado de Juan José interpuso un recurso extraordinario de revisión del caso ante el Tribunal Supremo, y lo ganó. Pero cuando fue a darle la noticia de su excarcelación, le encontró muerto en su celda. Un ajuste de cuentas, dijeron, habitual entre narcotraficantes. Sólo que ésta vez la víctima era inocente.
Dos meses después empezaron a llegar las cartas.
El primero en recibirlas fue su abogado. Murió unos días más tarde. Pese a que encontraron agujeros de bala en las paredes y el suelo de su cocina, ningún vecino oyó nada. Antes de rematarle, le torturaron cruelmente. Tenía cortes profundos en la cara interna de los muslos y una cruz en la mejilla. Quemaduras en brazos y piernas, y tres dedos rotos.
Murió desangrado, a causa de un disparo en el estómago.
El segundo en recibir la carta fue el Magistrado que presidió la sala. Es decir, aquel ante el cual llevamos el caso.
La misiva contenía una rima casi infantil, lo que hizo que no se lo tomara muy en serio:
De cara a la galería, el hombre mantuvo la calma. Salió en televisión diciendo que ningún criminal del tres al cuarto iba a amedrentarle, y que si tuviera que prestar atención a todas las amenazas que recibía, no tendría tiempo ni para ir a trabajar.
Su cadáver seguía luciendo la misma sonrisa confiada cuando lo encontraron, con la cabeza tres metros separada de su cuerpo, sobre la mesa del escritorio de su despacho oficial. Aquello sí que causó un gran revuelo y captó la atención de todas las autoridades gubernamentales. No se daba todos los días el hecho de que un asesino entrara tranquilamente en la Audiencia Provincial, y menos aún para dejar a un Magistrado en tal estado.
Mientras recordaba la sangre empapando la alfombra del despacho escuché un carraspeo. Alcé la cabeza y mis ojos toparon con la mirada más azul que jamás había visto.
- Buenas tardes, señor Ares, me llamo Bárbara, soy inspectora de la Brigada de Homicidios.
- ¿Madrileña?
- ¿Cómo lo sabe?
- Por su acento –alargué la mano hacia ella, cordial-. Encantado de conocerla.
- El gusto es mío. Quisiera hacerle unas preguntas sobre lo que ha pasado aquí.
- Adelante.
- Imagino que estará conmocionado…
Asentí.
- ¿De qué conocía a esta mujer?
- Ayer tomamos unas copas, en el bar del hotel… ya sabe. Los dos estábamos solos… En fin. La historia de siempre.
- ¿Qué hicieron luego?
- ¿Es un interrogatorio?
La pelirroja torció sus labios en una mueca valorativa.
- Si quiere verlo así…
- Subimos aquí e hicimos el amor.
- ¿Por qué abandonó la habitación esta mañana?
- Bajé a la piscina.
- ¿A las seis de la mañana?
Sonreí.
- Nado una hora antes de desayunar. Me abre el apetito.
- ¿Y no le parece extraño que el asesino atacara así a una desconocida? A fin de cuentas, no estaba sentimentalmente ligada a usted…
Me rasqué la nariz mientras agudizaba mis sentidos. Aquella mujer estaba sugiriendo algo que no me gustaba nada.
- No es la primera vez que ataca a alguien del entorno de sus víctimas.
- Lo sé –respondió la inspectora-, hace seis meses mató a la esposa del segundo magistrado de su Sala.
- Sí, y él se suicido. Una forma rocambolesca de vengarse, ¿no le parece?
- Ella estaba embarazada de siete meses. “Rocambolesca” no es la palabra que yo usaría.
Arqueé las cejas, sorprendido.
- No tenía ni idea.
- ¿Con qué le amenazó a usted?
Me removí incómodo. Aquellos ojos azules de mirada inquisidora eran muy difíciles de evitar.
- Si está llevando el caso ya lo sabrá…
- ¿Por eso se divorció? ¿Para evitar que hiciera daño a su familia?
- Oiga, estoy muy cansando… ¿No podemos dejar esto para otro momento?
- Claro, perdone mi falta de tacto. Hablaremos más tarde.
Tardé como quince minutos en sacar la sangre de debajo de mis uñas. El regusto amargo no se me fue de la boca en todo el día. Al mirarme en el espejo del lavabo descubrí unas sombras bajo mis ojos que me daban un aspecto un tanto tétrico. Sonreí para mis adentros y me pasé la mano por el pelo moreno, intentado despejar mi frente y aclararme las ideas.
Por la noche, al llegar a casa, tenía un mensaje de Bárbara en el contestador. La inspectora quería que nos viéramos para hablar del caso. Lo extraño es que no me cito en la comisaría, sino en una cafetería del centro de la ciudad.
Vestida como iba aquella mañana, hubiera vuelto loco a cualquier hombre. Llevaba un traje negro, unas botas altas, y el pelo cobrizo suelto, arremolinándose en torno a sus hombros.
- Buenos días –saludó vehemente.
- Encantada de verla de nuevo.
Hablamos de todo un poco. Y mentiría si dijera que no fue un desayuno agradable. Sólo al final volvimos sobre el tema del caso que nos ocupaba.
- Lamento ser pesada con esto, pero necesito saber si recuerda algo más de aquella noche. Quizá oyó algo o vio algo, fuera de lo normal… y no lo sabe.
- Lo siento pero no puedo decir nada más. No recuerdo nada.
Sus labios se distendieron en una sonrisa encantadora.
- Pobre,… menuda situación la que está viviendo –su mano se posó suavemente sobre la mía. Tenía un tacto frío, pero agradable.
Carraspeé.
- No es algo que le deseé a nadie…
- ¡Oh, vaya!, ¿ya es esta hora? –Dijo consultando su reloj-. Tengo que irme, pero si le parece bien seguiremos charlando después.
- Sólo si me deja invitarla a cenar.
De nuevo aquella curva insinuante en la comisura de sus labios.
- Claro.
Se despidió con una mirada que era en sí una promesa. No podía creerme tan afortunado. Una mujer con un cuerpo de escándalo y un cerebro tan deslumbrante como su figura, quería ligar conmigo. A mis cuarenta y tres años no se me presentaban a menudo esas oportunidades.
Pasé toda la tarde pensando en la cita. Pero incluso habiéndola recreado una y otra vez en mi imaginación, cuando la vi llegar, Bárbara superaba con creces mis expectativas
Los hombres de la barra del restaurante se giraron a su paso. Clavaron sus miradas en la tela carmesí del escaso vestido que sugería una noche de desenfreno. Era elegante y distinguida, a la par que seductora.
Yo estaba sentado, con las manos cruzadas sobre el regazo, envuelto en la luz rojiza procedente de la lámpara situada a mi izquierda. Mi gesto era apacible y cortés, casi solícito.
- Buenas noches –dijo ella tomando asiento frente a mí.
- Es increíble.
- ¿El qué?
- Esta más guapa cada vez que la veo.
Se echó a reír. Sus carcajadas sonaron como una corriente de agua: sinceras, naturales.
- Hasta donde sea posible intento causar esa impresión.
- Pues lo ha conseguido.
El postre lo tomamos en la habitación de un hotel cercano.
- Casi no hemos hablando del caso… -me dijo mientras le quitaba la ropa.
¿El caso? Me pregunté yo. A la mierda los asesinatos, en aquel momento no me importaba nada que no estuviera dentro de aquel cuarto.
- Descubrí cosas interesantes del Magistrado que llevaba el proceso…
- ¿Qué cosas?
- Que estaba instruyendo otro contra usted.
Fue como una bofetada. Me aparté de su cuerpo semidesnudo, y supongo que tenía cara de estupor.
- Qué bien le han venido los asesinatos, ¿verdad, señor Ares?
Tragué saliva y me incorporé en la cama.
- No sé de qué habla.
- Oh, vamos…
- Nadie tiene pruebas contra mí.
- Sí que las tienen, señor Ares. Muchas. Un montón de informes que le acusan de prevaricación. Pero claro… supongo que nadie se acuerda de ellos, después de que el presidente de la Sala apareciera con la cabeza a medio metro de su cuerpo en su despacho oficial.
Me encogí de hombros.
- No sé qué esta insinuando…
- Yo no insinuó. Afirmo.
Eché una ojeada a la habitación. Estábamos los dos solos y la puerta cerrada. Cuando volví a mirar a Bárbara, la descubrí sonriendo.
- Sé lo que estas pensando –dijo, tuteándome por primera vez.
- ¿De veras?
Me costaba creer que pudiera mantener la calma cuando por mi imaginación surcaban mil formas distintas de asesinarla, con las herramientas de que disponía a mí alrededor.
- ¿Y sabiendo lo que sabes me has traído aquí para acusarme de asesinato múltiple? A un cuarto de hotel, en plena noche, y sin que nadie conozca tu situación.
- Te he traído aquí para contarte una historia.
- ¿Una historia? ¿Qué tipo de historia?
- La de una prostituta de lujo venida a menos, y un hombre llamado Juan José Rivas, que cuidó de ella durante años.
- Oh, Dios… no iras a decirme que era tu padre.
- Exacto. Mi madre trabajó varias veces para Moura, seguro que el nombre te suena. Era su puta favorita. Pero un día decidió dejar el oficio.
Y conoció a Juan José… el resto ya te lo imaginas. Cuando Moura se enteró de donde estaba, decidió vengarse, a pesar del tiempo transcurrido. Hizo que Juan José pareciera culpable de asesinato, y a mi madre la enterró en algún lugar tan remoto y escondido que todavía no ha aparecido su cadáver.
- Lamento tu pérdida.
- Seguro que sí. Aunque a ti te vino muy bien, ¿verdad? Usaste la muerte de mi padre para urdir una macabra venganza fantasiosa, y cargarte a todos los que estaban a punto de descubrir tu corrupción. Brillante.
- Gracias.
- Pero inútil a larga.
- ¿Me vas a detener?
- Oh, no, no…. Qué va. No me has dejado terminar la historia. He seguido tus movimientos muy de cerca estos meses, especialmente los bancarios. Y sé cuál es tu plan. Tienes dinero, y tienes planeado desaparecer, fingir tu propia muerte a manos del fantasma de mi padre y volver a empezar en algún lugar en el que nadie vaya a ir a buscarte. ¿No es cierto? El último crimen de ultratumba de Juan José Rivas va a darte el anonimato y la libertad, ¿me equivoco?
- En absoluto. ¡Bravo!
Estaba realmente admirado.
- Sólo hay una cosa que no comprendo. Habría bastado con matar a los dos Magistrados, y al fiscal de Sala para que el caso contra ti no siguiera adelante. ¿Por qué continuaste con esta farsa?
- Para que fuera consistente.
- Ya. O quizá… -añadió ella, con mirada intensa- porque no puedes parar.
Mi sonrisa se hizo más amplia. Decidí terminar lo que habíamos venido a hacer, antes de arrojar su maltrecho cadáver al vertedero.
- Reconozco que descubrí un talento que desconocía.
- Clavar un cuchillo en el vientre de una embarazada no me parece ningún arte.
- Te equivocas –contesté-, la muerte es un medio de expresión delicado y exacto. En el asesinato nada queda a la improvisación.
- Como esto…
- Eso es. Dime, ¿esta fuera la policía o sólo querías mostrarme lo inteligente que eres antes de morir?
- No hay nadie fuera.
- Entonces sabes que vas a morir. Aunque… -añadí divertido-, me gustaría terminar lo que habíamos empezado.
- No va a ocurrir ni una cosa ni la otra.
- ¿Por qué?
- Porque una gran diferencia entre tú y yo en éste momento.
- ¿De veras? ¿Cuál?
- Que yo no he probado el vino en la cena.
Me desperté en una oscura celda de algún lugar innombrable. Llevaba encima una camisa que olía a meados y unos pantalones raídos. Mis pies estaban desnudos y ennegrecidos. Intenté hablar pero de mi garganta no salieron más que unos sonidos guturales. Me dolía muchísimo la boca, más tarde sabría el porqué.
De pronto un rostro oriental se asomó al ventanuco enrejado de la puerta. No entendí una sola palabra de lo que me dijo.
Poco después, dos hombres armados penetraron en la habitación y me agarraron de los brazos. Me levantaron y me sacaron a rastras de allí para meterme en otra sala, de paredes desnudas y grises, con una silla frente a una mesa.
No había objetos, ni cuadros, ni fotos, que pudieran darme indicación alguna de dónde me hallaba.
El que parecía ser un oficial de policía de rango superior se acercó hasta mí y arrojó un montón de papeles amarillentos sobre la mesa. Estaban desvaídos, viejos, como los billetes cuando pasan por la lavadora.
Al reconocerlos mi alma se hundió en un pozo de fría desesperación.
Eran la partida de nacimiento, el pasaporte y el DNI de un tal Diego Martín García. La personalidad que me había creado para empezar de nuevo y que Bárbara descubrió. Un nombre ficticio, un fantasma consistente, en el que iba a convertirme una vez zanjado el asunto de las muertes de Juan José.
Ahora los contemplaba sumido en una pesadilla.
El pasaporte estaba manchado de sangre, pero era una huella demasiado pequeña para ser mía.
El mismo hombre que lo había arrojado ante mis narices, colocó en la mesa una fotografía. En ella parecía una mujer morena, de rasgos orientales, degollada y sin más ropa que unas bragas. A su lado había un hombre inconsciente, con mi mismo atuendo y la cara vuelta hacia la alfombra.
- No puede ser.
La acusación la pronunció el oficial en el mismo idioma en el que antes habían hablado. No entendí nada. Pero no me hizo falta, sabía lo que estaba diciendo.
Me llevé una mano a la cara y noté que tenía el rostro hinchado y una herida en la mejilla. Palpé aterrorizado lo que parecía ser un corte en forma de cruz. Les pedí que me trajeran un espejo. Pero no lo hicieron.
Pedí un abogado y tampoco sirvió de nada. Por no traer, no me trajeron ni un vaso de agua. Sólo se turnaron durante horas para gritar cosas incomprensibles en un lenguaje extraño.
Al cabo de mucho tiempo, otro hombre entró en la sala. Éste dejó frente a mí un sobre sin remitente. Contenía una carta manuscrita.
Todavía hoy, diez años más tarde, la releo de vez en cuando, aunque sus palabras están grabadas a fuego en mi memoria.
Estimado señor Martín:
Le escribo para notificarle la repentina muerte de Ignacio Ares, ayudante del fiscal de la Audiencia Provincial de La Coruña. Su cadáver estaba tan carbonizado que tuvimos que recurrir a la identificación dental para confirmar su fallecimiento. Como sabe, un asesino en serie le estaba buscando. Confiamos en que tras esta muerte sus ansias de venganza se aplaquen.
En relación a su situación, lamento comunicarle que la embajada Española no puede hacer nada al respecto. Dada la cantidad de pruebas irrefutables encontradas en el escenario del crimen, que le acusan inequívocamente a usted de la muerte de la hija del general Xiao, ningún abogado o diplomático podrá reclamar la extradición a España. No obstante, esperamos conmutar la pena de muerte por la de cadena perpetua. Y le recomendamos que se declare culpable para apelar a la clemencia del Tribunal.
A título personal, espero que se recupere pronto de sus intervenciones dentales y de la reyerta que le causó las heridas que le marcan la cara. No volveré a ponerme en contacto con usted, y es inútil que usted intente hacerlo conmigo.
Atentamente, Bárbara.
Relato publicado originalmente en http://www.abretelibro.com. Puedes leer más cuentos y relatos de esta autora en su blog http://www.cuentosdenelly.blogspot.com/
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Autor: Asa Larsson Año: 2009 Género: Novela negra |
Hoy os dejo la dirección de una web en la que podéis encontrar libros para descargar de todo tipo: filosofía, medicina, música, informática, esoterismo, teatro, religión... También podéis encontrar novelas y poesía, algunas de ellas bastante novedosas.
Hoy se publicará el microrrelato ganador del Premio Museo de la Palabra, de la Fundación César Egido Serrano. Su título es "Hace días que llueve" y su autora es María Soledad Uranga, escritora argentina. Este es el primer fallo de un concurso que anuncio en el blog, pero tiene una explicación. ![]() |
Autor: Steve Alten Año: 2008 Género: Ciencia ficción |
Un grupo de 26 escritores reconocidos de ciencia ficción, entre ellos Ursula K. Leguin y Anne Harris, han decidido prescindir de las editoriales con las que trabajaban y publicar directamente sus trabajos en formato digital. Para ello han creado Book View cafe, donde editarán y publicarán sus propios libros. De este modo la venta se produce sin intermediarios y los beneficios llegan directamente a los autores. Aunque a efectos prácticos actuarán como una editorial, no publicarán novelas de autores que no pertenezcan a éste grupo.